En esta nueva entrega de “Escritores de la web” volvemos a El Emir del Nacedero (Abel C. Benito Treviño), con quien abrimos esta serie. Recuperamos “Tragedia gitana”, la cuarta de sus “Historias del sur de Soria”, publicada originalmente en la web de Benamira el 4 de junio de 2004. En su día la repartimos en ocho páginas y el “Romance gitano” que la acompañaba quedó en una página aparte; hoy os ofrecemos las dos juntas y completas. Sirva de nuevo como recuerdo a él y a su familia. Sin más os dejo con ella:
Historias del sur de Soria 4: Tragedia gitana
(Relato trágico)
Prólogo: ¿gitanos en Soria?
Corría el año 1957 cuando yo estaba sirviendo a la Patria, como voluntario, en el Ministerio del Ejército, en Madrid. En el dormitorio colectivo de la tropa, coincidió conmigo, en la litera vecina, un chico de Arcos de Jalón, llamado Antonio Sánchez Mairena.
Aquellos lectores que han realizado el servicio militar saben la gran cantidad de horas perdidas sin cometido alguno, que unos dedican a leer, otros a jugar a las cartas y otros a charlar.
Antonio y yo, tumbados en las literas, pasábamos horas y horas hablando de cosas de nuestros pueblos. Cuando me enteré de que era natural de Arcos de Jalón, le dije que yo era de Benamira, lo que nos hermanó bastante durante todo el tiempo de la mili. Un día, al decirle que su segundo apellido me sonaba raro, me contó que era gitano. Bueno, tercerón, es decir que su padre era payo y su madre gitana. Él había seguido la senda de los payos y, salvo en su pueblo, nadie sabía su procedencia. Yo le comenté que me parecía raro que en Arcos de Jalón hubiera gitanos y, Antonio que era un mozo culto que tenía el Bachiller Superior y además era muy estudioso de los temas que le afectaban de su procedencia familiar, me aclaró:
—Ese es el gran error que tiene la población paya. Siempre creéis que los gitanos únicamente son andaluces. Te voy a contar algo sobre esta raza.
Pequeña historia de gitanos
La historia de los gitanos arranca del S. XV. En 1447 estaban ya en Cataluña y en 1462 en Castilla. Enrique IV de Castilla les da cartas de fianza en sus viajes a Jaén y Andújar a “dos condes de la Pequeña Egipto, que se llaman el uno don Tomás y el otro don Martín con un centenar de personas, hombres, mujeres y niños sus naturales y vasallos”.
En 1489 los tenemos en Madrid, donde se comienza a ver su verdadera condición de vagos y pícaros. No es de extrañar que en 1499, los Reyes Católicos en su Pragmática de Medina dispongan obligarlos a trabajar: “que los egipcianos que andan vagando tomen oficio y se asienten en un plazo de sesenta días... y que quienes no lo hagan deben salir de mis reinos dentro de otro plazo igual”.
Por mostrarse insumisos y enemigos del trabajo, siguen otras Órdenes regias en 1525, 1528 y 1539. Se dedican al hurto y viven de la venta de las cosas hurtadas. Es cuando comienzan a ejercer la cuatrería (robo de acémilas), y hurtan el ganado de labor y los pollinos de los pastores.
Cuenta mi compañero de mili, Antonio, que en 1695, Carlos II decreta que se les dedique a la labranza pues no los quiere ver en oficios, en particular el de herrero y prohíbe que posean ganado caballar y armas de fuego.
Por último, Carlos III dictó una Pragmática en 1783, disponiendo que no se les dé tal nombre, ni tampoco el de “castellanos nuevos”, que se avecinen y sean admitidos en todos los oficios y destinos a los que se apliquen, incluso al de mesonero. Y como la mayoría se encontraba en Andalucía, ordenó que fueran distribuidos por otras regiones.
A raíz de esa última disposición, muchas familias gitanas abandonaron el sur y se instalaron, entre otras, en las provincias de Soria y Guadalajara y sobre todo, en aquellas poblaciones donde se celebraban ferias de ganado. Dejan su vida nómada y se acomodan, compraron casas y echaron raíces, aunque para ganarse la vida mediante el chalaneo se desplazan continuamente por toda la comarca. Muchos trabajan como herreros en pueblos como Adradas, Monteagudo, Almaluez y Utrilla, y todos conservan sus ancestrales costumbres.
Como decía Cervantes en la Gitanilla:
“No hay gitano necio, ni gitana lerda; que como sustentar su vida consiste en ser agudos, astutos y embusteros, despabilan el ingenio a cada paso y no dejan que en ninguna manera críe moho...”
En el norte de Guadalajara y sur de Soria, en pueblos como Atienza, Sigüenza y Maranchón o Almazán, Arcos de Jalón y Medinaceli residieron familias adineradas gitanas, especialistas en el trato de ganado caballar, mular y pollino. Famosos han sido los tratantes de Maranchón y Almazán que surtieron de ganado de faena a toda una gran región agrícola.
La guerra civil de 1936-1939, y la posterior mecanización del campo determinaron el cese de su actividad y su empobrecimiento, obligando a la gran mayoría a emigrar a otros lejanos lugares.
Antonio Sánchez Mairena
Ahora voy a hablar de mi amigo Antonio.
Era muy poco frecuente que algún miembro de una familia gitana se casara con un “castellano” (así denominaban a los payos) y debido a esa endogamia y a la imposibilidad de dar cobijo a las descendencias, solían los más jóvenes y sus familias emigrar hacia el sur.
Yo escuchaba con gran atención las eruditas y documentadas explicaciones de Antonio y, en una ocasión, le dije:
—Me resultan extraños dos aspectos. Uno, que a lo largo de generaciones, con lo prolíficos que son los de tu raza, no hubiera rechazo o, como se dice hoy, xenofobia de los otros vecinos, por superpoblación. Y otro, que no fueran más frecuentes los matrimonios entre payos y gitanos.
Me contestó:
—Ya te he dicho antes que la costumbre era que en el domicilio familiar se quedara el hijo mayor con toda la hacienda y los demás se buscaran la vida en otros lugares. Periódicamente se formaban caravanas de familias que se desplazaban a la búsqueda de un lugar de asentamiento. Seguro que por tu pueblo, en los años 40 y 50, e incluso en los 60, pasaban a menudo caravanas de gitanos con sus carros, ofreciéndose para arreglar paraguas, pucheros, etc. y para hacer cestos de todo tipo. Solían estacionarse a las afueras de la población, en un prado y cerca de algún riachuelo, donde encendían sus fogatas y danzaban y cantaban sus peculiares canciones. Debido a su mala fama, todos los vecinos metían las gallinas en casa y cerraban sus puertas. Y con razón.
—En cuanto al matrimonio entre payo y gitana o al revés, era muy difícil que ocurriera, dada la formación cultural y religiosa de cada pueblo. La familia gitana tiene unos valores culturales muy “sui géneris”. Se cuida y vigila mucho a las mujeres solteras y a casi todas las prometen sus padres en matrimonio con otro gitano cuando son aún muy niñas.
Siguió Antonio con su relato:
—Mi caso es muy especial. Te lo cuento: Mi madre era una Mairena de la familia Mairena Abascal, establecidos en Arcos de Jalón desde hacía más de ciento cincuenta años y era una familia calé con mucha solera y muy respetada. Mi abuelo, Juan Mairena Abascal era tratante de mulas y caballos por toda la zona desde la aragonesa Ariza a la soriana de El Burgo de Osma.
Y llegó el año funesto de 1918, cuando la gran epidemia de gripe diezmó familias enteras. Toda mi familia se contagió y falleció en pocos días. Únicamente quedó viva mi madre Rocío, de dos años de edad en aquellas fechas, que fue recogida por una familia de payos vecina de casa. El negocio de mi abuelo se hundió en la ruina.
—Mi madre creció en el seno de esa familia paya, fuera de la influencia gitana, hasta el punto de que ella misma nunca se consideró de esa raza. Terminó casándose muy joven con el hijo mayor, mi padre, de esta familia de acogida. Como verás esa es la causa de mi apellido gitano.
Allá por los años cuarenta se instaló en Arcos de Jalón otra adinerada familia gitana, cuyo patriarca era Martín Moreno Heredia, que se dedicó a lo mismo que mi familia gitana, es decir, al trato y chalaneo de ganado.
Casi todas las familias coincidían durante la celebración de las Ferias de ganado en diversos pueblos. Famosas eran las de Almazán y Sigüenza.
Instalaban sus carromatos cerca del ferial y mientras los patriarcas y sus hijos de cada familia chalaneaban en los tratos, las mujeres y los niños pequeños se reunían en entrañable algarabía.
Baltasar de los Jarales era el patriarca de la gitanería de Almazán y, por ello, el responsable de la buena instalación de las otras familias, así como de organizar, a primeras horas de la noche, la gran calderada de carne de cordero y patatas, base principal del jolgorio que se dilataría hasta altas horas de la madrugada.
—Y ha llegado el momento, mi querido amigo, de que te cuente una historia triste y cruel que sucedió a principios de los años treinta, que muy poca gente conoce, pues se ha procurado mantener en secreto. —Y me previno—:
—Lo que te voy a contar no se lo he contado a ningún payo porque no quiero descubrir el mundo oculto de la raza gitana. Lo hago porque te aprecio y veo lo interesado que estás. Te ruego que no lo difundas por lo menos en cuarenta años.
(Yo he cumplido. Ya han pasado más de cuarenta años y creo que ha llegado el momento). Ahí va:
Tonio Montoya, Carmela de los Jarales y Rafa Montoro
D. Baltasar tenía seis hijos varones y una sola hembra. Carmela.
Carmela de los Jarales, desde la edad de tres años había sido prometida a Tonio Montoya Frade, de los Montoya de Sigüenza, por acuerdo de sus respectivos padres. El de Tonio Montoya, ya en el momento del compromiso, y según costumbre, había pagado al de Carmela, el “precio de la boda”, que garantizaba el buen trato que se le daría a la novia y también como indemnización por la pérdida de una hija.
Y así iban pasando los años y los niños siguieron con sus respectivas familias hasta que alcanzaran la edad núbil, que entre los gitanos, en aquella época, se estimaba sobre los 16 años para las mujeres y 17 para los varones. En 1932 Carmela era ya una mocita de 15 años de edad que reunía en cara y cuerpo todas las perfecciones de su raza: alta, de pelo largo, negro como el azabache, ojos grandes y reidores y cara bonita de pómulos salientes. Su tipo, a pesar de su escasa edad, era cadencioso como el de una mujer mayor.
Y en escena aparece otro importante personaje: era payo y en realidad se llamaba Argimiro Rafael Gerúndez Montojo. A consecuencia de la gripe de 18 se había quedado huérfano, y fue recogido por su tío D. Andrés, que no tenía hijos y era propietario de una hacienda de cierta enjundia en el pueblo de Morón de Almazán. Además de las tierras de labor, tenía una pequeña ganadería de reses bravas de tercera categoría.
Desde los ocho años Argimiro disfrutó del bienestar que le prodigaba su tío, dedicándose a la escuela y a la ayuda en las tareas de administración de la tierra. Siempre se sintió atraído por la lidia de reses bravas, y su afición fue apoyada por su tío, que era un gran entusiasta a la Fiesta Nacional.
Ya con 12 años se atrevía a lidiar pequeños becerros y destacaba por su valentía y gracia. Con 13 años se vistió de luces en las Fiestas de Calatayud, enfrentándose a un novillo de 240 kilos, al que cortó las dos orejas. Fue entonces cuando se decidió a seguir la profesión de torero. Y lo primero que hizo fue cambiarse el nombre, ya que, según decía, el de Argimiro y sus apellidos no eran propios de un cartel de toros. Pasó a llamarse Rafa Montoro.
El flechazo
1932. La República ya está consolidada.
En Almazán se celebran las Fiestas de Agosto, entre cuyos actos destaca la presencia en los carteles de Rafa Montoro, por dos tardes consecutivas. En aquellos momentos Rafa Montoro tiene 18 años y desde hace cinco ha ido recorriendo las plazas de toros de las provincias de Zaragoza y La Rioja, y había conseguido algunos éxitos. Su tío Andrés, que lo apoderaba, tenía previsto que tomara la alternativa en la temporada siguiente para las Fiestas del Pilar, en Zaragoza.
El hecho de que Rafa Montoro fuera de la vecina localidad de Morón, y además propietario de un magnífico tipo, con buena estatura y cara agraciada, hacía que todas las mocitas, payas y gitanas, estuvieran prendadas de su apostura y gallardía.
15 de agosto. Fiestas de la Virgen. 5 de la tarde.
La plaza está a rebosar. En barrera de sombra, Carmela de los Jarales y sus amigas contemplan la corrida. Durante el paseíllo de Rafa Montoro aplauden entusiastas y Carmela queda absolutamente impactada.
Al salir de un natural, el novillero, en su desplante, mira hacia el público y descubre a Carmela. Queda tan prendado de su belleza que se olvida del morlaco y sólo el aviso del grito de la multitud impide que le alcance. Esa tarde Rafa Montoro consigue un rotundo éxito cortando cuatro orejas. Durante la vuelta al ruedo y al pasar a la altura de Carmela, la mira descaradamente y ésta le arroja una rosa roja que llevaba prendida en su pelo. El torero tira al suelo los ramos de flores que llevaba, recoge la rosa y después de besarla la ondea al viento.
Por la noche se celebraba una gran fiesta en la finca del apoderado y tío de Rafa, D. Andrés, a la que fueron invitados, además de todas las fuerzas vivas de Almazán, la familia de los Jarales, ya que había prestado desinteresadamente los caballos de los picadores y las mulillas del arrastre.
Desde el primer momento, los dos jóvenes no dejaron de mirarse disimuladamente hasta que Rafa se acercó al corro que formaban varias mocitas amigas de Carmela. Enseguida alborotaron con sus risas al resto de invitados.
Una pequeña orquesta interpretaba bailables y cuando Rafa quiso invitar a Carmela a bailar, uno de sus hermanos, que no le quitaba ojo, se acercó y agarrándolo del brazo, le dijo:
—Lleva cuidado, Montoro, que la Carmela es sagrá, que está prometida a un Montoya, y la pena es capital.
Aún así buscaron la oportunidad de verse a solas cuando, avanzada la noche, casi todos estaban muy borrachos. Rafa y Carmela se escondieron del resto, tras la enramada del jardín. Se cogieron sus manos, mirándose fija e intensamente a los ojos y con la voz alterada, dijo Carmela:
—¿Sabes que estoy prometida?
—Sí, me lo ha dicho tu hermano, pero a mí no me importa.
—¿Sabes que lo nuestro es imposible?
—Eso no lo acepto. Hablaré con quien sea, lucharé hasta el final, pero ya no podré vivir sin ti.
Carmela le miró profundamente a los ojos y, poco a poco, se fundieron en un profundo y apasionado beso de entrega mutua.
Cupido había hecho un buen trabajo.
Los dos sabían a lo que se enfrentaban pero era tal su locura que siguieron buscándose y encontrándose a escondidas. Se veían en casa de una vieja bordadora, que había sido aya de Rafa, con la excusa que ella había dado a su madre de que quería aprender a bordar. Y sucedió lo inevitable, la Carmela se entregó a Rafa en cuerpo y alma.
El inicio del drama
¡Qué aciaga tarde de noviembre! Había celebrado una fiesta con sus amigas para festejar sus dieciséis cumpleaños, y al finalizar ésta, Don Baltasar llamó a su hija para decirle que se fuera preparando para su boda con Tonio Montoya, que debía celebrarse en el plazo de un mes.
A Carmela se le cayó el mundo encima. Le aterrorizaba pensar que su idilio con Rafa había finalizado. Ella sabía, además, aunque había tratado de ignorarlo, la importancia que los gitanos dan a la virginidad de la novia, y se sumió en una profunda depresión. Como se pasaba el día llorando desconsolada en su habitación, su madre trataba de saber lo que le sucedía y la animaba diciéndole:
—Hija, no llores más. Todas hemos pasado por esta situación y te aseguro que no es tan desagradable.
—Mamá, yo no quiero a Tonio, ni me gusta, ¿por qué no le dices a papá que anule el compromiso?
—Eso es imposible, hija mía. Tu boda está concertada desde que tenías cinco años, y los Montoya pagaron el “precio de la novia”. Anular el compromiso generaría una cruenta guerra entre ambas familias. Así que anímate, sal a la calle y distráete con tus amigas.
Con gran sorpresa de la madre, Carmela se arregló y le dijo que se iba a bordar a casa de la vieja.
Como todas las tardes a esa misma hora, Rafa Montoro la estaba esperando, y después de abrazarse desesperadamente, al enterarse de la inminencia de la boda, le dijo:
—No te vas a casar con Tonio, yo lo impediré aunque tenga que matarlo.
—No cariño, ni tú ni yo podemos evitarlo. Sé lo que pasará. Cuando Tonio descubra en la noche de bodas que no soy virgen, la familia Montoya me devolverá a mi padre y exigirá la devolución del “precio de la novia”. A partir de ahí puede suceder cualquier cosa. Las familias se enemistarán y se odiarán a muerte, y lo más seguro es que mi padre o alguno de mis hermanos nos maten a ti y a mí para limpiar su honor. Es la costumbre gitana.
—No voy a consentirlo —dijo Rafa—, te robaré y te esconderé.
—Me encontrarían y tú perderías la vida. He pensado que para evitar la vergüenza de la boda, le voy a contar a mi padre lo nuestro. Él no tendrá más remedio que deshacer la boda, pero antes de todo esto, te tienes que alejar del pueblo. Vete a Zaragoza o a Barcelona y escóndete, pues mi padre y mis hermanos te buscarán para matarte.
—Está bien si no hay otra solución. Me iré lejos, a América, donde puedo tomar la alternativa como torero. Pero llegará un día en que volveré a buscarte para casarme contigo. Júrame que me esperarás.
Aún, sin palabras, permanecieron más de una hora abrazados y enfebrecidos por la pasión.
Al día siguiente Rafa Montoro, después de consultar con su tío Andrés, salió en coche hacia La Coruña, para embarcar en el “Ciudad de Cádiz” con destino a Méjico.
Unos días después y tal como le había dicho a Rafa, Carmela le contó a su padre su relación con el torero.
Don Baltasar no dijo ni palabra. Agarró fuertemente de la muñeca a Carmela y la llevó a las cuadras. Allí le ató las dos manos a una argolla del techo y con una vara de fresno comenzó a golpearla con enorme furia. Carmela, al principio, trató de no quejarse, pero su padre golpeaba una y otra vez. La espalda y aún la cara y las piernas era un amasijo de sangre y carne destrozada. Los gritos de Carmela fueron oídos por su madre que bajó a las cuadras y tras un fuerte forcejeo, consiguió arrancar la vara a su esposo. D. Baltasar le dijo:
—Candelas, llévate a esta mala hija de mi presencia. No quiero volver a verla. La encierras en el piso de arriba bajo llave. No volverá a salir de esta casa hasta que se muera. Te hago responsable.
Tras una borrascosa reunión de los patriarcas, los Montoya y los Jarales, juraron que si se encontraban en alguna feria podría haber sangre. Y sucedió lo ineluctable. En las ferias de Maranchón se encontraron el primogénito de Los Jarales y un Montoya. Se retaron a muerte y detrás de las cuadras, tras violenta pelea, cayó herido de muerte el de los Jarales.
Meses más tarde, Juani Montoya, de diecisiete años, apareció tirado en una cuneta de la carretera de Alcuneza, con el pecho cosido a puñaladas.
El dolor y el luto de las dos familias levantaron un muro que hurtaba a la Guardia Civil la más mínima pista acerca de ambas muertes.
Lo inevitable
1934. Habían transcurrido dos años desde que Rafa Montoro se había ido a las Américas y Carmela seguía encerrada, como si fuera un calabozo, en su casa paterna.
El torero había tomado la alternativa en la feria de Cali. Después recorrió todas las plazas de Perú, Colombia y Venezuela, durante dos años, con suerte alterna y decidió volver a España.
Con sus veinte años se había convertido en un mozo guapo y consentido al que muchas mujeres adulaban y pretendían.
En los primeros tiempos de su estancia en América, Rafa Montoro se encontraba muy triste pensando en Carmela. Pero el tiempo y la distancia fueron ablandando sus sentimientos y llegó el momento en que apenas si se acordaba de ella.
Después de dos años alejado de España sintió una profunda nostalgia y decidió volver. Olvidando sus promesas a Carmela, había establecido relaciones, con intenciones matrimoniales, con Gladys, la hija del dueño de la Plaza El Torero de Méjico, la más grande del mundo.
En los carteles de las Ferias del Pilar de Zaragoza se anuncia la confirmación de la alternativa del famoso (¿?) torero Rafa Montoro. Para la tarde del día 11 de octubre de 1934, se anuncia la siguiente corrida:
Cayetano Ordóñez, Niño de la Palma
Cagancho
Rafa Montoro, que confirma su alternativa
Lo apadrina el Niño de la Palma y Rafa tiene una buena tarde, tal vez porque el ganado había sido manipulado y afeitado en los corrales por criados de su tío D. Andrés. Para festejar su triunfo, se organizó una fiesta en el Hotel Comercial, donde se hospedaba con su novia Gladys, que duró hasta las tres de la madrugada.
La tarde del día anterior solicitó habitación, en la misma planta que el torero, un individuo muy bien vestido, joven y con buen aspecto. En recepción dijo llamarse Antonio M. Vargas (más conocido como Tonio Montoya).
Media hora después de finalizar el jolgorio de la fiesta, Tonio llamó a la puerta de la habitación de Rafa Montoro, y cuando éste la abrió, creyendo que algún invitado había olvidado algo, se encontró con un desconocido que le clavó en el pecho una navaja cabritera de más de doce centímetros. Rafa retrocedió con cara de sorpresa y Tonio le clavó el arma tres veces más. Aún tuvo fuerzas para preguntar:
—¿Por qué?
Tonio le contestó:
—Me robaste la novia y el honor.
Gladys comenzó a gritar desesperadamente por lo que acudió personal del hotel, que llamó a la Policía. Cuando las fuerzas del orden llegaron, encontraron a Tonio Montoya de pie junto al cadáver de Rafa Montoro, con el gesto de quien ha cumplido con su deber.
Epílogo
El juicio por el asesinato de Rafa se celebró a principios de 1935. Tonio Montoya fue declarado culpable y condenado a la pena de muerte. Pena que se ejecutó en la cárcel de Torrero, al amanecer de una fría madrugada de febrero mediante garrote vil.
Y a todo esto, ¿qué había sucedido con Carmela?
Esos dos años transcurridos desde la marcha de Rafa a América, los pasó encerrada en una habitación de la planta superior de la casona de su familia. Pasó por muchos estados de ánimo hasta que se resignó, soñando con el momento en que viniera a rescatarla su adorado Rafa.
Su madre, que le tenía pena, le daba revistas para que se entretuviera. En una de ellas leyó el regreso de Rafa, y se enteró de que venía acompañado de su novia. Veía las fotografías tomadas en el puerto de Barcelona, sonriente junto a una bella señorita. Carmela entró en una especie de sopor, incapaz de soltar una lágrima y así permaneció hasta que días después leyó en otra revista el asesinato del torero.
Cuando su madre le subió la cena, se encontró muerta a Carmela en un charco de sangre con las venas cortadas y gesto de asco y dolor.
* * *
Nota del autor: Esta es la historia que me contó mi amigo Antonio Sánchez Mairena, muerto de cáncer hace más de veinte años.
No hace mucho tiempo recorrí los pueblos que se citan y traté de contactar con algún viejo gitano para que me la confirmara, pero no fue posible. Ya estaba casi desesperado de poder conseguir un testimonio, cuando en Maranchón, en una residencia de ancianos, encontré a una vieja gitana, medio ciega y casi sorda a la que a gritos le pregunté si recordaba la historia del torero y la gitana. Después de mucho insistir, solo conseguí que me dijera lo siguiente:
—Malhaya sea el torero y malhaya la Carmela.
Romance gitano
La familia Los Jarales
en Almazán tiene cuna
desde que aquel rey maldito
los desterró desde Osuna
Su patriarca, Baltasar
tiene un capital saneado
con su negocio de sal
y sus tratos con ganado
La saga de los Carmona
que en Sigüenza pican alto
recorren el sur de Soria
sin esconder su pasado
En Sigüenza se ha instalado
comprando una casa grande
que a todos ha impresionado
El payo Rafa Montoro
mocito fino y juncal
en el arte de los toros
brilla con luz singular
Carmela de Los Jarales
niña oliva y azafrán
con vestido de lunares
va a la plaza de Almazán
Torea Rafa Montoro
su amor de virgen gitana
amor secreto y fogoso
dulce como una fontana
Al salir de un natural
Rafa Montoro la mira
fijándose en su retina
la imagen de una vestal
Rafa Montoro, ¡cuidado!
que la Carmela es sagrá
no juegues a enamorarla
que la pena es capital
Gitanos de toda Soria
vigilan sus amistades
pues está ya prometía
por deseo de sus padres
Antonio Carmona Frade
Gitano de calidad
Se la ha pedío a sus padres
para unión matrimonial