Hay un lugar en Mauritania llamado Ben Amera (BenAmira en muchos textos) que comparte nombre con nuestro querido pueblo. Se trata de un monolito gigantesco situado en pleno desierto del Sáhara, considerado el mayor monolito de África y el segundo (o tercero, según las fuentes) más grande del mundo, solo por detrás de Uluru en Australia.
Ben Amera se eleva unos 633 metros sobre el suelo del desierto y, según los geólogos, podría ser incluso mayor que Uluru si se contase la parte de la roca que permanece enterrada bajo la arena del Sáhara.
La coincidencia de nombres no es casual del todo: el prefijo «Ben» en árabe significa «hijo de», y era común en la toponimia tanto del norte de África como de Al-Ándalus. De ahí que existan tantos lugares en España con nombres como Benamargosa, Benamejí o, por supuesto, Benamira.
Cerca de Ben Amera se encuentra otro monolito más pequeño llamado Aïsha, a unos 20 minutos en todoterreno. La leyenda mauritana cuenta que Ben Amera y Aïsha fueron pareja, pero se separaron tras una traición, y las rocas más pequeñas dispersas entre ambos monolitos son sus hijos.
Durante siglos, los comerciantes que cruzaban el Sáhara utilizaban estos monolitos como punto de referencia para orientarse, encendiendo hogueras en su superficie para guiar a las caravanas. Hoy en día, Ben Amera se encuentra a solo 4 kilómetros de la vía por la que circula el famoso Tren del Mineral de Hierro, que une Nouâdhibou con Choûm y está considerado uno de los trenes más largos del mundo.
Para llegar hasta el monolito se necesita un 4x4 y un conductor experimentado, ya que no hay carreteras pavimentadas más allá de la ruta que va de Atar a Zouerrat. En el año 2000, una docena de artistas internacionales celebraron el cambio de milenio tallando esculturas en las rocas que rodean la base de Aïsha.
Puedes encontrar más información en Wikipedia y ver su ubicación exacta en Google Maps.