Escritores de la web... Pritia «la tonta»

15 noviembre 2023 · benamira

Escritores de la web

En esta nueva entrega de “Escritores de la web” volvemos a uno de nuestros más recordados colaboradores, El Emir del Nacedero (Abel C. Benito Treviño), con quien ya abrimos esta serie. Recuperamos otro de sus relatos de la serie “Historias del sur de Soria”, publicado originalmente en la web de Benamira en marzo de 2004. Sirva de nuevo como recuerdo a él y a su familia. Sin más os dejo con él:

Historias del sur de Soria: Pritia “la tonta”
(Relato para adultos)

Fue curioso lo de Pritia. Nunca nadie sospechó que sabía más que Briján.

No lejos de Barahona, sus padres eran labradores con una buena hacienda y poseían docenas de hectáreas en vegas y montes, así como una buena ganadería de ovejas y vacas. Empleaban, claro, a varios criados y pastores.

Pritia era la mayor de las tres hermanas. Candonga y Melania se llamaban las otras dos.

Desde su más tierna infancia se las arregló para seguir chupando de la teta de su madre, aunque se hallara ésta criando a Candonga y después a Melania. Descubrió que si no dejaba de llorar o se negaba a comer cosa alguna, su madre terminaba dándole el pecho. Y así hasta los seis añitos de edad.

Pritia era mucho más guapa que sus dos hermanas y cuando sus maestros o sus padres trataban de regañarla por algo que hubiera hecho mal, abría sus enormes y bellos ojos y con gesto alelado lanzaba tan profundos suspiros y gimoteos que necesariamente sus maestros o sus padres se arrepentían de haberlo hecho.

Así fue como consiguió que todos sus allegados y amigos la consideraran una “inocente” algo retrasada en su desarrollo mental. “Pritia, la tonta” la llamaban.

Fue creciendo y mientras sus hermanas se deslomaban ayudando a sus padres en el cuidado de cerdos, gallinas, ordeñando las vacas y otras tareas propias del negocio familiar, a Pritia nunca le encargaban nada fatigoso, pues siempre lo hacía tan mal que muchas veces era muy laborioso arreglar los desastres que provocaba. “Pobrecita, es tonta y bastante desgracia tiene”. Se pasaba el día jugando con sus amigas o tumbada en su cama oyendo música en la radio.

Y fueron pasando los años y las tres hermanas se convirtieron en lozanas mozas. Eso sí, Candonga y Melania, bastante rústicas y descuidadas en su vestido y aseo personal: los pelos de sus piernas y axilas parecían las púas de un erizo. Pritia, que seguía ofreciendo el aspecto de una criatura desasistida, tenía todo el tiempo del mundo para cuidar su figura, por lo que el contraste con sus hermanas resultaba hiriente.

A Candonga y Melania las pretendían dos mozos del pueblo, algo rudos pero muy trabajadores y, a pesar de que ellas eran muy jóvenes, su padre accedió a la boda. Caray, ¡qué boda! Duró tres días con sus tres noches. Los trescientos invitados se comieron treinta corderos, cien pollos cebados, cochinillos asados... Numerosos y deliciosos guisos y sesenta arrobas de buen vino y varios toneles de cerveza, más numerosas cajas de licores. Frutas, dulces y pasteles endulzaban los postres. Vamos, que las bodas de Camacho a su lado no fueron más que un aperitivo tomado en el ambigú.

Unos músicos contratados al efecto deleitaban las comidas y amenizaban los bailes hasta la amanecida. Pritia lo pasó muy bien, ya que por ser la mayor de las hermanas, todo el mundo la llenaba de consideraciones y halagos.

Poco tiempo después, durante un duro invierno, sus padres enfermaron de neumonía y fallecieron casi al mismo tiempo. Pritia se quedó sola y triste en la destartalada gran casa familiar, ya que sus hermanas se habían instalado en otros caserones. Bueno, sola, sola, no quedaba, pues también en ella vivían una vieja mucama que realizaba las tareas de limpieza y cocina, y su marido, que desempeñaba las funciones de capataz de la hacienda.

En casa de Pritia, en la parte más pobre y apartada del edificio también dormían dos criados y dos jóvenes pastores. Uno de esos pastores, Zenón se llamaba, era un mozo joven y arrogante, de carácter abierto y muy jacarandoso al que Pritia miraba desde hacía algún tiempo con muy buenos ojos. Ella solía darse un paseo a caballo, montada sobre una preciosa jaca rubia de su propiedad y, ¡qué casualidad!, siempre terminaban encontrándose en las tierras altas, donde Zenón pastaba el rebaño de cabras.

—Hola, Zenón.

—Buenas tardes, amita.

—Anda, siéntate a mi lado y cuéntame cosas.

Y pasó lo que tenía que pasar: ... (puntos suspensivos a rellenar por las mentes malpensadas y retorcidas de los lectores, “mentes de grapa”, vamos).

Bueno, sigamos... Transcurrido un tiempo prudencial de luto y sentimiento por el óbito de sus progenitores, las hermanas de Pritia se conchabaron y decidieron que, al no haber testado su padre, era el momento de repartir la herencia.

Las dos hermanas, feas pero ladinas, desde el día siguiente al entierro, se reunían para ver la forma de quedarse con lo mejor de la hacienda familiar y dejar a Pritia sólo las migajas.

—Pritia es medio lela y podemos coger el santo y la limosna si somos listas. Que se quede con las tierras altas y las cabras que no valen un duro y el resto para nosotras a partes iguales.

Con meliflua y obsequiosa actitud hablaron largo y tendido con su hermana mayor, y Melania le decía:

—Pritia, cariño, tenemos que hacer tres partes de la herencia de papá, porque así lo exige la ley. Mira, hemos pensado que como nosotras ya somos agricultoras y ganaderas, un reparto justo y conveniente podría ser el siguiente: Candonga se quedaría con las fincas de la nava y del valle así como con el hatajo de ovejas; yo podría tener las fincas de los prados y las vacas, y para ti, como te gusta tanto dar paseos a caballo por la zona serrana, hemos pensado que te quedes con todas las tierras altas y el rebaño de cabras, y además, como eres la mayor, te quedes con la casona de la familia (que, por cierto, estaba hecha una ruina y necesitaba una profunda y cara reforma).

A Pritia, que no quería problemas, le pareció bien el reparto y así se acordó bajo notario. Pasaron los meses y Pritia parecía cada día más lozana por la buena vida que llevaba, y sus hermanas cada día aparecían más recomidas y cetrinas.

El pastor Zenón iba adelgazando ostensiblemente hasta el punto de que sus amigos estaban preocupados por su salud. Cumplió los veinte años y fue llamado a filas. La víspera de su partida para cumplir sus deberes en África fue especialmente dolorosa y placentera a la vez. Toda la noche permanecieron abrazados, jurándose amor eterno y que se esperarían y respetarían hasta su regreso.

Y... ¡Vaya por dios! Habían pasado apenas un par de meses cuando llegó al pueblo el nuevo secretario del ayuntamiento, al haberse jubilado por edad el anterior. Leopoldo Antúnez y Fernández de Arístegui se llamaba. Maduro, de treinta y cinco años, viudo y sin hijos, solicitó esa vacante por estar lejos de la ciudad y así poder vivir con paz y tranquilidad. Su físico era reconfortante para las mozas y casadas del lugar: estatura mediana, rostro sereno y aspecto de patricio romano por unas pocas canas que nevaban sus sienes.

Aunque un tanto introvertido, una de sus aficiones preferidas era la geología y la búsqueda de restos arqueológicos. Entre las pertenencias que se trajo consigo había un gran baúl que contenía un completo laboratorio químico. Le apasionaba salir por las tardes y los sábados y domingos que no tenía que atender la secretaría y se iba, montado a caballo (se compró uno manso y viejo), hacia lugares lejanos del pueblo en busca de antiguos asentamientos humanos, o minerales raros.

Pritia, cuya casona estaba en la Plaza Mayor, enfrente del ayuntamiento, se apercibió rápidamente de su existencia y como era un poco tonta, según decían, había olvidado a Zenón y sus promesas y todos los días se acicalaba con sus mejores galas y se hacía la encontradiza con Leo (así le llamó desde el primer día). Poco a poco, Leo, demostrando su inevitable condición de hombre, empezó a fijarse en su bonita cara y su hermoso cuerpo, y se inició una relación. Pritia le dijo un día:

—Como te gusta tanto la naturaleza, ¿por qué no vienes un día a mi finca de las tierras altas? Verás qué contrastes y paisajes tan bonitos.

Quedaron para el domingo siguiente. Pritia preparó una cesta con exquisitas viandas para la merienda y ambos, a caballo, marcharon hacia la sierra que se encontraba a más de una hora de camino. Charlando y riendo pasaron una tarde inolvidable.

—Tenemos que repetirlo, dijo Leo.

¡Y vaya si lo repitieron! Pritia desgranó con Leo toda su capacidad de seducción (y al decir “toda”, quiero decir “toda”). Las afiladas lenguas de las vecindonas comenzaron a murmurar sobre esa relación que, decían, era pecaminosa. Tales murmuraciones eran propiciadas y alentadas por la propia Pritia a través de su vieja criada. Así que un buen día se plantó ante Leo y, muy mojigata ella, le espetó:

—Mi fama, mi honra y mi buen nombre están siendo vituperados y arrastrados por el lodo. No me atrevo a salir a la calle. Estoy desesperada. Todo el mundo piensa que nosotros...

Inevitablemente y sin apenas darse cuenta D. Leopoldo Antúnez y Fernández de Arístegui cayó en la ladina trampa tendida por Pritia.

—Cariño, esto lo arreglo yo. Nos casamos y ya está.

Y así sucedió. La boda fue todo lo contrario que la de sus hermanas. Asistieron los íntimos y algunos amigos, y el banquete se dio en el Hotel del Parador.

Un amigo de Zenón le escribió, dándole noticia de lo sucedido, y el pobre enamorado con el corazón destrozado juró que nunca más se acercaría a ese pueblo.

Pritia era inmensamente feliz. Seguía sin dar golpe y toda su actividad se resumía en aparecer guapa ante su esposo para que éste la sacara a divertirse continuamente y le comprara vestidos y galas.

Un domingo, poco después del enlace, fueron a la finca de la sierra y Pritia le dijo:

—Conozco un lugar secreto, desconocido para todos, que descubrí por casualidad y quiero que tú también lo sepas.

Entre breñas, chaparros y zarzas caminaron un buen rato hasta que, de pronto, apareció un claro sin matorrales, en forma de cráter volcánico, de no más de cien metros de diámetro. El lugar impresionaba por su silencio y belleza. Los materiales arrojados por el volcán habían formado figuras de lava negra que parecían personas y animales. Había también rocas de varios colores.

Leo casi se quedó sin respiración al contemplar esa maravilla. Por su afición a la geología se entusiasmó ante tanta variedad y se entretuvo en admirar las formas y los materiales. Ya anochecía cuando Pritia dijo:

—Tenemos que ir de regreso, pues está anocheciendo.

—Sí, vámonos—contestó Leo—, pero antes voy a recoger trozos de algunas rocas de colores para analizarlas en mi laboratorio.

Durante varios días, Leo se encerró en una habitación con sus probetas y ácidos y estuvo investigando la composición de las rocas. Al coger una de ellas, de color verdoso, se le cayó al suelo y con el golpe se desprendió una cáscara rugosa, apareciendo en su interior un trozo de cristal verde purísimo. Leo sometió al cristal a un minucioso examen y al final pudo dictaminar:

—Se trata de silicato de alúmina y glucina teñida de verde por el óxido de cromo—.De pronto se puso rígido y pensó: “¡Dios mío!, yo creía que solamente existía en los Montes Urales y en Colombia, y resulta que aquí, en la Sierra de Barahona, en el periodo triásico, una pequeña chimenea de un volcán arrojó a la superficie todo este compuesto”. Llamó a Pritia y, emocionado, le entregó el cristal diciendo:

—Toma, ¡cógelo! En este momento tienes en tus manos una esmeralda extraordinaria por su pureza y tamaño, de valor incalculable. Mañana iremos a por más y viajaremos a Soria para registrar el yacimiento y hablar con el trust de joyeros.

Así lo hicieron y, de acuerdo con el trust, se inició la explotación del hallazgo de unas esmeraldas tan bonitas que eran solicitadas por todo el mundo. Leo y Pritia se hicieron en poco tiempo inmensamente ricos y se fueron a vivir a un palacete de la capital.

Epílogo

Ya sé, ya sé. Esto es como un cuento y, por tanto, es necesario que tenga un final pleno de moralidad o, al menos, de moralina como “el mal siempre paga”, “la virtud vence” y todo eso: o sea, la moraleja.

Pues no, lo siento. Según mis noticias, Leopoldo y Pritia siguen disfrutando de su enorme riqueza, dándose la gran vida y siendo protagonistas indispensables en la vida fashion de la beautiful people de Marbella, Saint Moritz, Montecarlo, etc.

Las gentes de su pueblo, que la conocieron desde niña, al verla aparecer en las revistas del corazón, suelen exclamar:

“Caray, con la tonta de Pritia”

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NOTA DEL AUTOR: Este relato me lo contó, sentados en un banco de la plaza, una mujer muy vieja, con aspecto de abuela, de las de moño alto y prieto, y vestida con su toquilla y sayas negras. Me juró que todo era cierto y que sucedió en un próximo pueblo, que yo, como siempre, prefiero ocultar.