Escritores de la web... Gonzalo y Raquel

15 septiembre 2022 · benamira

Manos escribiendo en un cuaderno sobre una mesa de madera

En esta nueva entrega de “Escritores de la web” recuperamos otro relato de uno de nuestros más recordados colaboradores, El Emir del Nacedero (Abel C. Benito Treviño), con quien abrimos esta serie. Se trata de “Gonzalo y Raquel”, la segunda de sus “Historias del sur de Soria”, publicada originalmente en la web de Benamira el 28 de noviembre de 2003. Por su extensión, en su día la repartimos en siete páginas; hoy os la ofrecemos completa. Sirva de nuevo como recuerdo a él y a su familia. Sin más os dejo con ella:

Historias del sur de Soria 2: Gonzalo y Raquel
(Relato trágico)

Prólogo. Ésta es mi gente

En el sur de Soria, con excepción de Medinaceli y Arcos de Jalón, lo cierto es que el resto de los pueblos (se les podía denominar aldeas), estaban habitados, en sus mejores tiempos por 12 a 15 vecinos, los pequeños, y 60 a 70 vecinos, los grandes.

Las distancias entre los pueblos colindantes no era excesiva pues se movía entre los dos y los siete kilómetros, más o menos.

Cuando sucedieron los hechos que se narran, en los años 50 del siglo pasado, todavía no se había producido el gran éxodo a la ciudad y los pueblos tenían sus casas llenas con familias numerosas. Unos, amos; otros, criados, llevaban una vida bastante monótona, trabajando en el campo hasta deslomarse. Asimismo, había unos pocos funcionarios, normalmente el cura y el secretario del ayuntamiento.

En esa época aún no existía la maquinaria agrícola que hoy contemplamos, y la tracción, la carga y el acarreo se hacía mediante acémilas (mulos, burros, caballos), lo que requería mucha mano de obra y, sobre todo, barata. No obstante, no se pasaba hambre, en general, aunque tampoco se permitían caprichos. Era la maldita postguerra.

La ocupación laboral era, en su mayoría, en tareas agrícolas, tales como el cultivo de cereales, patatas, y un poco de huerto, y ganaderas: ovejas y alguna cabra y vaca. Y poco más.

La persistencia en los mismos tipos de cultivos exigía cambiar las simientes periódicamente para que no se enviciaran (“enviciar”: echar las plantas muchas hojas y pocos frutos). Por ello, los labradores recorrían distancias considerables para conseguir en otros terrenos diferentes esas simientes renovadas.

De entre todos los pueblos de la comarca, Las Lomas era muy apreciado por la calidad del trigo y de la cebada que cultivaba, lo que invitaba a que los labradores de pueblos más o menos lejanos se acercaran hasta éste para conseguir simientes nuevas para su terreno.

Villarrica era un pueblo con una densidad de población parecida a la de Las Lomas, distante unas dos o tres horas, a paso de mula.

En esos tiempos circulaba muy poco dinero en monedas y billetes, y se acostumbraba a canjear unos productos por otros.

Los de Villarrica venían con sus mulas cargadas de sacos de patatas, muy apreciadas, para cambiarlas por trigo y cebada; y aprovechaban que en Las Lomas había un herrero de prestigio, para herrar a sus animales.

A cuatro kilómetros de Las Lomas, en un hermoso valle, estaba Nasayo, un pequeño núcleo con sólo seis casas, que dependía de Las Lomas, donde también los de Villarrica hacían sus canjes.

Esas buenas gentes eran muy agradables y amigos de bromas y chanzas, por lo que solían ser invitados a comer por los vecinos de Nasayo.

Entonces tenía yo 13 años y un enorme interés por todo lo que alejara el aburrimiento diario.

La comida con aquellos forasteros era una novedad que rompía la monotonía, pues siempre se contaban historias sucedidas en sus pueblos o en los pueblos vecinos.

Aquel año, 1951, finalizada la comida, sacaron sus petacas para liarse sus cigarrillos de picadura y charlar durante la sobremesa.

El tío Crescencio de Villarrica, dijo:

—Bueno, ya sabéis lo que ha pasado en Villarrica, ¿no?

Los de Nasayo contestaron que algo habían oído, pero no lo conocían con detalle, y le pidieron que lo contara.

Tanto el tío Crescencio como los otros dos que le acompañaban cambiaron el semblante, y de las risas y bromas pasaron al abatimiento y la tristeza.

—Mucho me duele porque la chica era de mi familia, pero os lo voy a contar despacio y minuciosamente porque no quiero que haya fantasías y falsedades.

Yo estaba sentado en un escalón, ligeramente apartado de la mesa y con los ojos y los oídos bien abiertos, me dispuse a no perderme ni una letra de toda la historia.

Capítulo I

—¡Qué buen mozo es este chico de El Espinar!, murmuró una viejuca de Villarrica al verle pasar por la calle principal.

Gonzalo se llamaba, y efectivamente era del citado pueblo, que distaba unos siete kilómetros. Con sus 20 años recién cumplidos, Gonzalo sobresalía por su prestancia y figura: alto, de cuerpo delgado, ojos de color miel y pelo castaño claro, ligeramente rizado, y nariz aguileña. Parecía un mancebo escapado de un lienzo del Renacimiento. Poseía la donosura y la gracia natural que, o se tiene, o no se adquiere, y, a pesar de su edad, era muy ingenuo y franco de carácter.

Como cada domingo, Gonzalo solía subir hasta Villarrica, ya que en El Espinar, que tenía pocos vecinos, apenas había fiesta y baile.

En Villarrica, Gonzalo tenía, entre los mozos, muchos amigos con los que pasaba buenos ratos en la taberna entre chistes y canciones, pues tocaba la guitarra con mucha soltura, hasta la hora del baile.

En una calle próxima a la Plaza Mayor del pueblo, y cerca de la Ermita de Santa Guiteria, vivía una acomodada familia de labradores (dos yuntas y un atajo de 300 ovejas) compuesta por los padres, Germán y Paula, y una sola hija de 16 años, llamada Raquel.

Dulce como la miel, Raquel se estaba despertando a la pubertad, modelando un cuerpo lleno de armonía; la cara era un óvalo perfecto, sus ojos verdes y su pelo rubio como el trigo maduro. Sus padres, a pesar del cambio que había dado su cuerpo, seguían considerándola como una niña y así la trataban, sin querer ver que su busto erguido, su estrecha cintura y sus torneadas piernas la habían convertido en una mujer y una real moza.

Se acercaban las Fiestas de la Virgen de septiembre, que eran las mayores del pueblo, tras terminar las tareas de la cosecha, y a todas las jóvenes del lugar se les notaba la inquietud y los nervios.

Raquel se reunía todas las tardes con las amigas de su edad, para dar un paseo por la orilla del río, y comentaban sobre los vestidos que estrenarían en la fiesta. Cuando la conversación derivaba hacia temas picantes, criticando a los mozos, Raquel se ponía como la grana y no se atrevía a hacer ningún comentario. Sin embargo, escuchaba con curiosidad las suaves procacidades de las más mayores, que le despertaban sensaciones desconocidas.

—Seguro que este año tus padres te dejarán ir al baile —le dijo su amiga Fe.

—No sé, no sé. Ya me gustaría a mí, pero piensan que soy una cría y dudo que me dejen.

—¡Venga ya!, Raquel, tú convences a tu madre primero, preguntándole a qué edad le dejaron a ella ir al baile. Si no quiere contestarte es que ya fue a tu edad, y si te dice que más tarde, le dices que los tiempos han cambiado mucho y que todas tus amigas irán. Todo ello con muchos besitos y arrumacos diciéndole que es la madre más guapa del mundo, y ya verás como ella misma convence a tu padre.

Así ocurrió. Raquel, el día de la fiesta, estrenó su mejor vestido y con sus mejores amigas, Fe y Dora, a las siete de la tarde se fueron a la Plaza Mayor al baile.

En esa época se estilaba que las mozas que no tuvieran novio serio se sentasen en los bancos de la plaza y los mozos se acercaran a sacarlas a bailar. Raquel sólo había visto de lejos a Gonzalo y le pareció guapísimo, pero nunca había hablado con él.

Llevaba un buen rato tocando la orquesta, contratada a propósito para las fiestas, y, por fin, los mozos se decidieron a sacar a las mozas. Raquel estaba sentada en un banco con sus amigas y otras dos chicas mayores, cuando vio que Gonzalo se acercaba de frente hacia ellas. Con curiosidad, se preguntó a cuál de las mayores invitaría a bailar.

Gonzalo llegó junto al banco y dirigiéndose a Raquel le dijo:

—¡Hola!, ¿quieres bailar conmigo?

Raquel se quedó confusa y se tocó el pecho con el dedo índice, como diciendo ¿es a mí?, y Gonzalo sonrió y le dijo:

—Sí, tú.

Cuando Raquel se levantó y le siguió hasta la pista de baile, el rubor le enrojeció las mejillas, y sus piernas comenzaron a temblar, pues era su primer baile con un chico mayor. Comenzaron a bailar un ritmo lento y al principio sólo hubo silencio, aunque Raquel pensaba que los latidos de su corazón debían oírse mejor que a la orquesta.

Gonzalo, al fin, mirándole a los ojos le dijo:

—Me llamo Gonzalo y soy de El Espinar. Yo vengo a Villarrica muy a menudo. ¿Cómo es posible que nunca te haya visto? ¿Cómo te llamas?

—Raquel —susurró.

Se quedaron en silencio, mirándose a los ojos, y así pasaron varios minutos hasta que finalizó la pieza de baile. Viendo que todas las parejas se separaban, Raquel se apartó de Gonzalo para volver junto a sus amigas, pero éste, suavemente, la sujetó por el brazo, preguntándole:

—Raquel, ¿por qué no te quedas conmigo de pareja de baile?

Confusa, no supo qué contestar, pero como la orquesta comenzara otra pieza, Gonzalo la cogió por la cintura y siguieron bailando.

—Bueno, Gonzalo, sólo este baile, porque tengo que ir con mis amigas. Además mis padres me han dicho que no me eche pareja y así evitaré murmuraciones.

Siguieron mirándose a los ojos y rápidamente notaron cómo sus almas se enamoraban, cómo se abría para ellos un mundo nuevo lleno de gratas sensaciones.

Ellos seguían abrazados, aunque la orquesta había finalizado la canción. No se hallaban en este mundo, sino en la sublimación del amor. Sus miradas eran tan penetrantes y ardientes que no necesitaron palabras para prometerse amor eterno.

Se acercó a ellos su amiga Fe, quien con gesto preocupado, les dijo:

—¡Estáis locos! Eso que hacéis es terrible. Vamos Raquel, vente conmigo ahora mismo, y tú haz el favor de no sacarla a bailar en el resto de la tarde.

Se fueron hasta el banco de piedra donde se sentaban sus amigas y Fe la amonestaba:

—Raquel, eres una boba y una ingenua. Ya han comenzado todas las viejucas a criticarte. Como se enteren tus padres estás lista si crees que vas a salir esta noche.

Y es que así eran las cosas en esa época en los núcleos rurales.

No obstante, Raquel no quiso bailar con ninguno de los mozos que fueron a sacarla, y Gonzalo se apoyó en la pared del frontón, junto a la orquesta y tampoco bailó con ninguna otra. Sus miradas se encontraban con tal intensidad que no necesitaban palabras para sentirse unidos en cuerpo y alma.

En el baile de noche, su amiga Fe sólo dejó que bailaran cuatro veces alternas, a lo largo de la sesión, Gonzalo le dijo a Raquel:

—Raquel, quiero verte a todas las horas de todos los días. Estoy completamente enamorado de ti.

—Y yo de ti, Gonzalo. No sabía qué era el amor, pero ya no podría vivir sin ti.

Quedaron de acuerdo en que Gonzalo subiría desde El Espinar todos los días que pudiera, a últimas horas de la tarde, para verse cuando Raquel salía a pasear con sus amigas.

No tardaron mucho tiempo en enterarse de esta relación los padres de la muchacha, por lo que se pusieron muy serios y le prohibieron salir de casa. Raquel, pasados unos días sin poder ver a Gonzalo, enfermó hasta tal punto que asustó a D. Germán y Dª Paula, sus padres. Tras hacer unas pesquisas, se enteraron de que Gonzalo era un buen chico con buena fama, y que tenía la posibilidad de heredar la hacienda de su tío, por lo que decidieron autorizar el noviazgo.

Y así, por fin, vinieron los días más felices para la joven pareja.

Capítulo II. El crimen

Cerca de casa de Raquel, vivía en una vetusta casa un mozo viejo, llamado Indalecio, aunque algunos le llamaban Endelecio, y casi todos con el apodo de “Gocho” (cerdo, en Asturias).

El citado Gocho vivía con su vieja madre en condiciones de higiene desastrosas, tanto en lo que se refiere a su ropa como a su persona. De ahí el mote.

Físicamente era desagradable y contrahecho, con pelo ralo y ojos pequeños y huraños. Era de corta estatura pero muy macizo, con brazos y piernas muy fuertes. Aunque fuera fiesta o domingo, siempre vestía su traje de pana y sus abarcas. Se juntaba a los otros mozos del pueblo, para alternar con ellos, pero maldita la gracia que les hacía por su grosera manera de comportarse.

Cuando veía que había chicas jóvenes cerca, solía entonar, con su desagradable voz, unos cantares groseros y malsonantes, y al terminar la canción soltaba una risotada estridente mirando hacia las mozas, como diciendo que era el más macho y ocurrente de los mozos, y sin percatarse de que todas le tenían auténtico asco y temor.

Raquel, cuando iba por agua a la fuente, necesariamente tenía que pasar por la puerta del Gocho, y procuraba hacerlo a toda prisa, pues a menudo el mozo salía de su casa y mientras la seguía unos metros, le decía:

—Cada día que pasa estás más güena, cordera. Tienes que ser mi novia por la madre que me parió.

Raquel, sin contestar ni mirarle, salía corriendo hacia la fuente, llena de repugnancia. No quiso contárselo a Gonzalo para evitar una pelea entre ambos.

* * *

Habían pasado cuatro meses desde las Fiestas de Verano, cuando se conocieron, y un domingo de enero Gonzalo subía andando, alegre y con su guitarra a la espalda, desde El Espinar.

Ya se veía Villarrica a menos de un kilómetro y las escasas luces del día se iban apagando, cuando del borde del camino, de entre unos chaparros, apareció el Gocho y dijo:

—Para, Gonzalo, que quiero hablar contigo.

Gonzalo, sorprendido, le contestó:

—Hombre, Endelecio, vaya susto que me has dado. ¿Qué quieres?

—Quiero que no veas más a Raquel, porque esa mujer es para mí.

—Pero ¿qué dices, Gocho? Estás loco. Raquel me quiere a mí —dijo riéndose, pensando que se trataba de una broma.

El Gocho se iba acercando, con la mano escondida en su espalda, mano que empuñaba una navaja cabritera de cinco muelles. Dijo:

—Te lo he advertido y tú te ríes, pero ya no te vas a reír más.

Y agarrándole de la chaqueta con la mano izquierda, comenzó a darle navajazos en pecho y vientre. Hasta siete heridas, todas graves y dos mortales en el corazón.

Gonzalo no pudo oponer ninguna resistencia, ya que nunca esperaba lo que iba a sucederle. Herido de muerte, cayó lentamente al suelo, sobre su guitarra, y con la cara serena, aún pudo, en su último suspiro, decir:

—Adiós, Raquel, te espero en el cielo.

Su cuerpo quedó tendido en mitad del camino y sobre él, en su pecho y vientre siete manchas rojas parecían siete rosas.

El Gocho, en la penumbra de la tarde, huyó del lugar dando un gran rodeo, de forma que media hora después entraba por la puerta trasera de su casa, para salir inmediatamente por la puerta principal, al objeto de ser visto por otros vecinos y tener así una coartada.

Capítulo III. La prueba

Raquel no había dado demasiada importancia al hecho de que Gonzalo no viniera a verla ese día, pues pensó que su tío le habría encargado alguna tarea a última hora.

A la mañana siguiente, unos pastores descubrieron el cuerpo frío de Gonzalo, y avisaron inmediatamente al alcalde de Villarrica.

Fe, la amiga de Raquel, que era además hija del alcalde, se enteró enseguida de la triste noticia y rompió a llorar con amargas lágrimas, por el afecto que le había cogido a Gonzalo, y pensando cómo podría decírselo a Raquel.

El alcalde mandó a dos jóvenes del lugar para que, en sus bicicletas, fueran hasta Villalta del Ducado, que era el pueblo cabecera de la comarca, para avisar del crimen a la Guardia Civil, al Juez y al Médico Forense. Asimismo, otro mozo fue enviado a El Espinar, para avisar al Sr. Sotero, tío de Gonzalo.

El alcalde llamó a su hija Fe, y le dijo:

—Tienes que decírselo a Raquel, hija.

—Papá, se me parte el corazón.

—No tienes más remedio, así que anda y díselo con delicadeza, antes de que se entere por algún bestia.

Fe ahogó sus lágrimas y fue a casa de Raquel. La escena fue conmovedora. Al enterarse, Raquel lanzó un grito de desesperación y angustia y cayó desmayada.

Mientras tanto, habían llegado al pueblo la Guardia Civil, el Forense y el Juez, que ordenó el levantamiento del cadáver y su traslado a la Sala de Reuniones del Ayuntamiento, donde el Forense, después de examinar el cuerpo de Gonzalo, decidió que no era necesaria la autopsia, ya que las causas de la muerte eran evidentes. Al menos tres cuchilladas eran mortales de necesidad.

El Juez autorizó el entierro, que se decidió que fuera en el cementerio de Villarrica, con el consentimiento del Sr. Sotero, tío de Gonzalo.

El velatorio se instaló en la propia Sala de Reuniones del ayuntamiento, por donde empezaron a desfilar todos los habitantes de Villarrica y El Espinar, permaneciendo alrededor de la caja unas cuantas viejas que no cesaban de musitar oraciones.

Raquel fue atendida y reanimada por el propio Médico Forense y, en absoluto silencio, sin lágrimas, se incorporó de la cama y pidió que la llevaran junto al cuerpo de Gonzalo. No volvió a pronunciar palabra alguna, los ojos abiertos, sin pestañear, y el semblante hierático e inmóvil. Se acomodó en una silla junto a la cabecera del cadáver de Gonzalo, dispuesta a permanecer allí hasta el entierro.

Intentaron despegarla del lugar sus padres y amigas, pero con gesto desabrido se negó reiteradamente, y se mantuvo junto a Gonzalo hasta el día siguiente, por la mañana, que se celebraba el entierro.

Resultaba patético contemplar, en un frío y nuboso día de invierno, aquel desfile silencioso. En cabeza, el Hermano Mayor de la Cofradía y dos vecinos portando la cruz y los ciriales, después el ataúd a hombros de cuatro jóvenes, y detrás el cura párroco con los monaguillos, que rompía de vez en cuando el silencio de la marcha con los latines propios de esta ceremonia y que sonaban así:

Requiens cantipace, Cuando celibamundi sum aeternum, etc.

Detrás del cura y los monaguillos, marchaban los más cercanos al difunto, su tío Sotero y Raquel, apoyada en sus amigas Fe y Dora, a pesar de que entonces no se acostumbraba a que las mujeres fueran hasta el camposanto, sino que se quedaban rezando en casa del difunto. Raquel impuso su voluntad y dijo que acompañaría el cuerpo de Gonzalo hasta la sepultura.

Llegados al cementerio, los que portaban el ataúd lo apoyaron en el borde del hueco de la sepultura. El silencio del duelo era impresionante y todos miraban a Raquel esperando que se derrumbara moralmente y comenzara a llorar desconsoladamente. No ocurrió así. Siguió con su rostro sereno y serio.

El cura se preparaba para decir el último Requiens in pace y otras imprecaciones, rociando el ataúd con el hisopo de agua bendita.

Solamente interrumpía esta serenidad la tos de algunos presentes, entre ellos, el Gocho, que se había situado muy cerca de Raquel, con cara compungida.

Una de las veces que el Gocho estornudó, se sacó para limpiarse la nariz un moquero del bolsillo, pero al sacarlo cayó también al suelo un pañuelo de seda primorosamente bordado, que pisó rápidamente para que no lo viera nadie y que cogió disimuladamente después. A pesar de todo, Raquel lo vio, sintiendo un gran mazazo de dolor. Sin embargo, no hizo ningún gesto ni pronunció palabra alguna. El pañuelo lo había bordado ella misma con todo el cariño de su corazón, y se lo había regalado a Gonzalo la semana anterior.

Capítulo IV. La venganza

La Guardia Civil se hallaba desorientada realizando pesquisas sin ser capaz de descubrir al autor del crimen.

Raquel estuvo sin salir de su casa durante quince días, sin hablar con nadie, salvo lo imprescindible, con gran angustia de sus padres. Seguía sin derramar una sola lágrima, con el rostro serio y los ojos entornados, como si se preparara para alguna acción.

Pasado este tiempo, volvió a salir para ir por agua a la fuente, y el Gocho que vigilaba todos los días su paso, se le acercó para decirle:

—Oye Raquel, que siento lo del Gonzalo, y que si necesitas compañía o consuelo, aquí me tienes.

Raquel se paró y miró directamente a su innoble cara.

—Muchas gracias, Indalecio, me hace mucho bien lo que me dices, porque sé que tú me aprecias de verdad.

El Gocho se quedó tan pasmado y sorprendido que no acertó a decir palabra alguna.

* * *

Metidos ya en febrero, se encontraron de nuevo junto a su casa.

—Raquel —dijo el Gocho—, ya es hora de que te olvides de ese chico, y si quieres, yo te puedo acompañar a pasear para que te distraigas.

Raquel le miró a la cara, con una sonrisa cautivadora, y utilizando el diminutivo que le daba su madre, le dijo:

—Mira, Inda, me gustaría mucho salir contigo, pero la gente murmuraría si nos vieran juntos tan pronto. Si acaso podríamos vernos lejos del pueblo.

El Gocho, en su simpleza, se sintió en el cielo; Raquel continuó:

—¿Qué te parece si esta tarde preparo una buena merienda y nos encontramos en Los Breñales? (breñal: tierra quebrada entre peñas y poblado de maleza). Mira, tú te vas allí a las cuatro y me esperas junto a la paridera del tío Cosme. Yo iré una hora más tarde, y así no sospechará nadie.

No hace falta decir la alegría del Gocho, que se fue a su casa y miraba continuamente el reloj, esperando la hora acordada, para salir corriendo a la cita.

Raquel, después de comer con sus padres, se dispuso a preparar una pequeña cesta de mimbre, donde metió algunas viandas y un trozo de hogaza. También cogió, del cajón de la mesa de la cocina, el cuchillo matancero, de 30 centímetros de hoja, y lo escondió en la cesta, tapándolo con una rodilla (paño basto de lienzo).

Cuando terminó, se sentó en su habitación mirando fijamente una fotografía de Gonzalo que tenía apoyada encima de la cómoda, junto a su cama.

A la hora prevista, Raquel cogió un gran mantón negro de su madre, en el que se arrebujó y, con la cesta en el brazo, marchó hacia el paraje de Los Breñales.

Al llegar a la cerrada de la paridera del tío Cosme, vio al Gocho que paseaba impaciente. Al verla dijo:

—Menos mal que has venido, porque ya creía que me ibas a engañar.

—Inda, ¿por qué eres tan mal pensado? Anda, acércate.

El Gocho se sintió tan feliz que se aproximó a Raquel con los brazos abiertos.

Babeando se aproximó a pocos centímetros de Raquel, quien había empuñado por debajo del mantón el cuchillo matancero, y con toda su energía y rabia se lo clavó de abajo a arriba, entrando por el bazo y partiéndole en dos el corazón.

—¡Toma, maldito y muere!

El Gocho abrió unos ojos desmesurados, al ver cómo asomaba de su pecho el mango del cuchillo. Sus rodillas se doblaron y cayó de espaldas completamente muerto, mientras brotaba de su cuerpo un charco de sangre negra.

Epílogo. La tristeza

Lentamente, Raquel abandonó el lugar sin dirección determinada. Al poco rato, rompió a llorar desconsoladamente y todas las lágrimas que no había derramado desde la muerte de Gonzalo, afloraron a sus mejillas, mientras daba profundos suspiros de dolor.

Caminó largo rato entre la maleza y el pedregal, y comenzó a soplar el frío cierzo de febrero que traía una fuerte ventisca de agua y nieve.

Raquel se refugió bajo la cornisa de una gran piedra, y se dejó caer al suelo, apoyándose sobre la dura pared. Se tapó la cabeza con el mantón, y permaneció inmóvil, con la vista, llena de tristeza, dirigida al cielo.

Al cuarto día, de frío e inanición, lanzó su último suspiro.

Aún tuvo tiempo para susurrar:

—Gonzalo, amor, subo a tu encuentro.

Veinte días después su cuerpo fue encontrado por unos cazadores. Debido seguramente a los hielos, su rostro aparecía más bello que nunca.

Una sonrisa iluminaba su cara.

* * *

Cuando el tío Crescencio terminó su relato, un silencio pesado como el plomo se adueñó de la estancia, y las lágrimas de los presentes resbalaban lentamente por sus atezados rostros.

Yo quedé muy impresionado y desde el inicio había grabado literalmente en mi memoria toda la historia. He tardado más de cincuenta años en decidirme a repetirla.

* * *

Retranca del escribidor

Querido lector: Así lo contó el tío Crescencio y así lo he transcrito. Únicamente se han cambiado los nombres de personas, pueblos y parajes.

Aún hoy, si sientes curiosidad, puedes acercarte hasta Villarrica. Allí preguntas por Alejo, el viejo sacristán, y le pides la llave del camposanto. Dentro del mismo, junto a la tapia de la derecha, verás dos tumbas muy juntas con grandes losas de piedra. Sobre cada una de ellas reposa una estatua yacente. Estas estatuas tienen las manos unidas y los rostros inclinados, una hacia la otra. Limpia la maleza del pie de dichas tumbas y leerás:

GONZALO Y RAQUEL

1951