Entre mayo de 2003 y octubre de 2005, Raúl García Huerta publicó semanalmente en la web de Benamira una serie de artículos bajo el título «Cosas de Benamira». En ellos recogía con cariño y detalle las costumbres, los personajes, las historias y los rincones de un pueblo que, como tantos otros de la España rural, veía cómo su mundo se transformaba.
Aquellos textos se convirtieron en el alma de la web original y en un testimonio único de la memoria colectiva de Benamira. Hoy los recuperamos íntegramente para que sigan vivos.
Cosas de Benamira 1
En los años 50 del pasado siglo había en Benamira 46 casas habitadas y 17 casas vacías. No obstante era un pueblo que sonaba más que los demás. Por la naturaleza de sus gentes era un lugar bullicioso y fanfarrón con baile todos los domingos y fiestas de guardar, grandes partidos de pelota a mano, dos tabernas, timba de juego en el reservado y muy dado a todo tipo de celebraciones. Benamira era un pueblo con marcha al que acudían los de los pueblos limítrofes en busca de diversión.
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Había baile los domingos y fiestas de guardar. Para anunciarlo y convocar a la juventud se salía de ronda; los mozos acompañaban a la música en un pasacalles de jotas cantadas en las paradas establecidas. Salón, la casa-concejo. Músicos, del pueblo, hechos a sí mismos. Instrumentos, laúd y guitarra. Ritmo, chin chin pon. San Miguel, la música de aire, con menor virtuosismo que la de viento. En alguna ocasión se han visto dos bailes en la Plaza Mayor a un tiempo.
Por algún motivo entre mozos, mozas y matrimonios jóvenes hubo desavenencias, se formaron dos bandos y cada uno tenía su música y su baile. Eran los tiempos de La Compañía del Tuerto, grupo lúdicohumoristicofestivojacarandoso que se formó en el pueblo. El baile terminaba también con una jota que sólo los más animosos bailaban.
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El paredón mal orientado y la plaza empinada y con el suelo nada liso saben de enconados desafíos y briosos partidos de pelota a mano que llenaban las tardes de los días de fiesta. Buenos pelotaris, por nombrar a los mejores fueron el Victoriano Ballano, el Teodoro, los Lázaros: Peña y Donoso, el Emilio García; y de tiempos no tan lejanos, Carmelo, Frutos Merodio y Paco Cabra. La pelota dura y viva como una bala.
La mano desnuda, sin más defensas que los callos de la esteva o de la azada. Las fuerzas entre contrarios siempre equilibradas. Y el alma empeñada en cada tanto en ser mejor que la del contrario. Y se cerraba la plaza con sogas acarreaderas en los laterales para evitar estorbos y peligros cuando el partido sobrepasaba la cota de "interesante", o cuando, además de la apuesta, iba en ello "la honrilla del pueblo"; sobre todo contra Alcolea.
Con otros pueblos no había rival.
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...recios hombres. Castas bravas de las tierras duras. Agarrados a la vida sobriamente llevan su dignidad con donosura; en el duro vivir y en el cruel oficio regios hasta en el vicio. Donde hay tejas se fornica y si hay personas hay vicio. Dos cantinas para menos de 200 habitantes tenían al pueblo bien servido. En ocasiones perdíamos los papeles a pie de mostrador y con ellos, la cabeza. De ésto, algo sabemos todos, aunque unas fueron más sonadas que otras.
Una tarde se presentó en el pueblo el Matamala de Anguita con su flamante camión a hacer un porte. Una vez cumplida la misión procedía ir a echar un trago a la taberna invitado por los que recibieron el servicio. El trago se alargó hasta hacerse la tarde noche y la lucidez desvarío. Cuando el camión salió del pueblo de vuelta a Anguita, tomó mal la primera curva que encontró, la de la cuesta, y fue a volcar al cerrado del tio Eustaquio.
Al conductor no le pasó nada, pero el camión nuevecito quedó destrozado.
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Siendo las tierras tan parcas en productos, tanto en variedad como en cantidad, había dinero para pocas alegrías; hasta el punto de ir a comprar a la tienda con huevos, haciendo de éstos moneda de cambio. No obstante los domingos o cuando hacía al caso se formaba la partida al "subastao" hasta las tantas de la madrugada en la taberna, fuera de las miradas de los curiosos, o en la posada, con el dinero fresco de los que vivían del trato. del naipe es el tabaco, pero no puede decirse que los ceniceros estuvieran a rebosar poque no se conocía el uso del cenicero.
La costumbre en el juego era apostar la consumición, pero el "subastao" es para jugarse dinero contante y sonante. Sólo en la fiesta mayor - tres días al año - se jugaba el dinero tan rápido y tan al azar como a cara o cruz en el juego de las chapas o a la carta más alta o aproximada en la banca. Organizadores de estos juegos eran el "baratero" y el "banquero" respectivamente.
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Benamira, en medio de su trajinar diario, era dado a festejos y celebraciones; tanto a las del calendario como a los actos improvisados fruto del momento y de la imaginación. Me vienen a la memoria las cortas veladas del pueblo animadas por los peones en los días de la siega. La fatiga era mucha y las noches cortas, pero la gente tomaba el fresco en los poyos y poblaban las calles antes de retirarse a descansar.
Como los segadores eran del sur, los rasgos de su folclore eran el sonido de la ocarina, el rasgueo de la guitarra, las palmas a contratiempo y el baile y el cante flamencos, inusados en estas tierras. Y se me grabó la puesta en escena de dos segadores haciendo uno de hombre desengañado y el otro de mujer infiel que, bailando un flamenco no sin arte ambos, imprecaba malhumorado el primero comiéndole el terreno al segundo, "la bailaora", que a su vez, con sus gestos, hacíase la sufrida e inocente.
Todo ello rememorando aquella inolvidable canción de Manolo Caracol que dice: Quien te puso "Salvaora" que poco te conocía; el que de ti se enamora se pierde "pa toa la vía". Si bien el hecho que se relata no es originario de Benamira, el pueblo era el caldo de cultivo.
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Benamira está cerca de ninguna parte, es decir, lejos de cualquier capital de provincia: Soria, Zaragoza, Madrid... Sin embargo parece encontrarse en el ombligo del territorio nacional. Su término municipal ha estado marcado desde siempre por el paso de los grandes proyectos que constituyen un tributo al progreso: el paso de los rebaños trashumantes, el Camino de los Arrieros, la N. II con las líneas de telèfono y telégrafo adosadas a la misma, el oleoducto Rota-Zaragoza, los modernos repetidores de la telefonía móvil y por último, el ferrocarril de Alta Velocidad; agresión brutal éste a los parajes con identidad y nombre propio en mis tiempos de la academia "Las Parideras".
Igualmente los cielos de estos páramos son surcados una y otra vez por aeronaves de todo tipo, desde los cazabombarderos de las Bases de Torrejón y Zaragoza a los grandes aviones que llenan de tachones el límpido azul de las tardes limpias. De hecho nuestro espacio aèreo cuenta, en su capítulo de accidentes, con dos aviones siniestrados, uno en suelo de Sayona y otro en Villaseca.
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El domingo estuve en mi pueblo y no quiero guardar para mi las gratas impresiones que me embargan. En primer lugar la carretera -el ramal desde Esteras- ancha, lisa, bien marcada en las orillas. Perfecta. El campo, verde y exuberante como nunca lo había visto, muestra los yermos empradecidos, verdaderos pastizales echados de menos en otros tiempos; y los sembrados prometedores, aunque cargados también de la incertidumbre de si llegarán a puerto.
El pueblo, lindo y cuidado presume de fuentes y nacederos rumorosos, caudalosos y de rosales: las rosas reventonas que no caben en si de colorido y lozanía adornan las calles por doquier. Y por último sus gentes. Los benamireños que han sabido crear un lugar y un ambiente idílico cada uno en su casa y todos fuera de ella. La hermandad, la familiaridad que en Benamira se viven son mucho más que la amistad o la camaradería ya de por si deseables.
Y es así porque aún los más mayores están llenos de ilusión, cargados de ideas, de proyectos, de mejoras en beneficio de todos, no creando así barreras entre los más jóvenes y menos jóvenes. Una nota negativa. Se echa en falta El Ärbol de la Cigüeña, otra casa más cerrada. ¿Cuánto adornaría la cigüeña el lugar? Nos hacemos la idea porque siempre la hubo.
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Las suaves ondulaciones del terreno, los moderados montículos que bordean las vegas, cunas del río, borran la monotonía de las llanuras sin límites. Cada cerro, cada cuesta, barranco, planicie, acequia o ribazo tiene su entidad y su nombre.
Las Llaves pacen careadas unas ovejas; en tanto el tio Agustín sube con las suyas, delante de ellas, sujetándolas, alineadas, sin adelantar una un paso más que la otra por la umbría de Los Hornos.
Los Cerrajones canta un gañán y de cada besana nos llega un ¡ vuelve, ven ! que las yuntas se toman con calma. Todo está en su sitio, todo es apacible y moderado...
del otro lado de los montes llega el ronco y poderoso silbido del tren. Como una premonición, el berrido de las últimas moles a carbón nos ha avisado siempre de que hay otros mundos. Que si por necesidad hay que abandonar el pueblo, ahí está él, el tren, para nosotros, para llevarnos a nuevas tierras, para abrirnos nuevos horizontes.
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Intentos hubo, tiempos ha, de convertir los Prados de Esteras, el Prado de Benamira y las dehesas colindantes en camino de asfalto para evitar la dura cuesta de Esteras. En dos ocasiones, que yo recuerde, se removió el asunto y anduvieron los topógrafos con sus jalones, miras y goniómetros trazando, midiendo y clavando estacas en el suelo que decían por dónde había de discurrir el nuevo tramo de la N. II. De aquellas tardes llegamos tarde a la escuela buena parte del alumnado por quedarnos a observar el extraño hacer de aquellos hombres extraños tan fuera de contexto. Lejos de regañarnos Doña María, la Maestra, elogió nuestro interés por una actividad tan científica y creadora de progreso; queriendo ver en nosotros, por tan simple detalle, alumnos aplicados y futuros ciudadanos de provecho. Lástima de que tal proyecto no llegara a realizarse.
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En las tertulias ocasionales que se forman en el pueblo siempre, en algún momento de las mismas, surgen comentarios sobre los cambios profundos que nos ha tocado vivir. Pues bien, de todos los cambios sufridos por todas y cada una de las entidades del lugar ninguno tan bestial como el del Camino de los Arrieros: de senda de herradura útil para una recua de burros en retahíla ha pasado a Ferrocarril de Alta Velocidad.
Pensad un poco y veréis la ocasión perdida de enriquecernos todos en el negocio del siglo, puesto ahí, ante nuestras narices y que no hemos sabido ver. Comprando un buen paquete de acciones de la empresa "Camino de los Arrieros", tiradas de precio cuando la circulación era nula y el mantenimiento de las instalaciones cero, hoy se habrían revalorizado en la medida del coste de construcción de cada metro de ferrocarril, más un canon a cobrar de por vida a Aragón y Cataluña por pasar por las Praderas del Zacho.
que sepa que haga cuentas.
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Como se ve en el libro "Las cartas muertas" referido a Benamira concretamente, los años 40 y 50 del siglo pasado fueron bien duros en cuanto a penurias económicas y estrecheces del vivir diario se refiere. Los críos de la posguerra andábamos locos por hacernos con cualquier objeto de metal en desuso para comprarnos a cambio nuestras chucherías: gaseosas, olivas, cacahuetes, confites, etc. Si el metal era cobre o latón tenía verdadero valor.
Las fuentes para conseguirlos eran las vainas de bala que se encontraban en cantidad en la cuesta de las eras del Teodoro, porque a las afueras del pueblo habían practicado el tiro las tropas acantonadas en el pueblo durante la guerra civil, y en menor medida los casquillos de los cartuchos de caza y de las bombillas. Por su parte los mayores recogían pieles de conejo, trapos y hierro viejo que los venduriegos tomaban a cambio de mercancía.
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Las únicas industrias que se daban en el pueblo eran hacer yeso, sacar piedra y destilar espliego. Las dos primeras eran para uso propio impuestas por la necesidad de ser autosuficientes; la siega del espliego reportaba algún dinero en efectivo. Los materiales para edificar eran piedra y yeso que se extraían de las canteras y se acarreaban arrastras con el rastrón. Para arrancar la piedra viva se utilizaban barrenos de dinamita, técnica que había que dominar.
La obtención del yeso llevaba otro proceso: armar el horno, hacer la leña suficiente para quemarlo, convertir en polvo las piedras deshidratadas y acribarlo. Las piedras de yeso quemadas se machacaban con el rodillo o a golpes con una maza de madera de base amplia y mango flexible de mimbre, la machaca. En el remate de eras hasta el comienzo de la sementera se recogía espliego. Un industrial lo pagaba a 10 pesetas la arroba y lo destilaba en un alambique junto al río.
Dicho artilugio era desmontado al final de campaña.
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Vestigios de la campaña del espliego eran grandes montones del mismo cocido y seco aromatizando el ambiente, y las calderas desmontadas y abandonadas a la intemperie hasta el año siguiente. Una de las calderas tenía fondo y era pesada, la otra era un suplemento de la primera, abierta a los dos aires y más ligera. Ésta la hacíamos rodar los chicos caminando dentro de ella como hemos visto en algún número circense.
En una ocasión la ocurrencia fue ponerla en su natural posición, llenarla de espliego y prenderle fuego. El resultado fue una gran chimenea vomitando llamas a buena altura y la chapa al rojo vivo, aunque tal efecto no se apreciaba a simple vista. Lo apreció el Frutos (Fructuoso Merodio) que intentó volcar la caldera empujándola con las palmas de las manos desnudas. Nunca vi a nadie hacer tantas cosas a la vez: chillar, correr, llorar, brincar, soplar, aventar, sacudir, mojar, jurar, perjurar y maldecir.
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...todo se ve del color... del cristal con que se mira.
Dejó dicho Campoamor. En el plano de lo humano todo es relativo y está sujeto a condición. Una tarde cayó por Benamira uno de los hijos del tío Cirilo de Villaseca, se juntó con algunos jovenzanos en la Peñagorda (cabecera de la plaza) y se formó una tertulia. Él era ya fraile escolapio y miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (ahí es na). La conversación discurrió haciendo comparaciones entre las dos poblaciones: Benamira, municipio autónomo con los servicios mínimos y alguno más y Villaseca, barrio o caserío dependiente de aquel. tan claro, a nuestros ojos, el montón de razones para inclinar la balanza a nuestro favor, no encontrábamos palabras para rebatir las suyas en favor de Villaseca.
Él escolapio veía el caserío de donde era originario con los ojos con que nosotros veíamos a nuestro pueblo. Lo que se nos hacía extraño e incomprensible era que una mente tan preclara defendiera una causa a todas luces perdida...Vista a través del cristal de nuestra óptica, claro.
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Doce oficios, trece miserias. Bueno, pues él los tenía todos: agricultor, ganadero, tabernero, hornero, dulero, carretero, barbero, carnicero, destilador del espliego y cazador. Medios: el macho zaíno y la mula torda, cuatro "piazos", sesenta ovejas, un carro convencional, un volquete, una camada de hurones y un hijo por cada oficio. -Fue ganadero y no tenía parideras. -El único puesto de bebidas en la romería de la Virgen del Robusto era su carro. -De hornero esquilmó el término de aliagas, hasta el punto de tener que robarlas en los yermos de los pueblos colindantes. -En la construcción de la carretera de Aguilar a Anguita acarreaba piedra.
Para ello se compró un volquete. Un carro muy resistente,apropiado para tal uso, que vasculaba la carga. -De barbero trabajaba al fiado. -Por necesidad fue asiduo a la caza, como fuente de alimentos no por deporte; por eso usaba más el hurón que la escopeta, siempre bajo la sospecha de la guardia civil. Estas circustancias y otras que se podrían nombrar vienen a encomiar la lucha por vivir del tio Pedrito.
Nadie nunca ha reconocido su sacrificio y su brega; pero, por mi, que al menos se le ha de nombrar por internet.
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Gran invento este. ante mi: pueblo ahogado por la arboleda. dehesas desde el alto del cerro de Monteagudillo. plaza vacía y el campanario truncado. mesa llena de níscalos. otoño en el arroyo. rana en la palma de la mano. Pepe sacando las patatas. perros de Pedro en el balcón. la Juliana y a la Basi que las encuentro por todas partes... leo "Un gato me mira entre desconfiado y pedigüeño". "Un bando de palomas cigzagea entre los árboles del Ojuelo".
"El otoño se ha establecido en el valle de Wallamira". "El tío Calixto va haciendo camino pensando hacia atrás". "Cada puerta que se cierra guarda la esencia del que se fue". "Benamira supo estar con las familias que lloraban la pérdida de sus seres queridos". "El murmullo de los chorros de la fuente". "Las hojas vuelan ingrávidas como el plumón de un jilguero". "Se percibe el olor de la corteza de los árboles, de las hojas mojadas, del roble que arde en el hogar"...
en las castañuelas y se oye la jota de Los labradores, seria, grave, bien entonada, cantada por los benamireños, tras una velada de las suyas, con el espíritu alegre y los cuerpos cumplidos. "acabóse" que decían nuestras madres. es Benamira. al ordenador percibo a mi pueblo con todos los sentidos.
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Era por la calor. Las ovejas se asestaban al poco de salir el sol y ya no pacían. La alternativa era el pastoreo nocturno. El pastor volvía del revés el orden de las cosas y cerraba por la mañana, dormía por el día, soltaba al ocaso y apacentaba toda la noche. La noche imponía. Sus silencios y susurros, sus sombras y reflejos, la oscuridad y su misterio hacían de ella una mala amiga. Y más en las horas profundas en las que las cabrillas y los astilejos se alzaban claros y rutilantes.
Cuando el rocío enfría los huesos, el sueño aprieta, el rebaño se tiende cansado de vagar y en el aire destaca el canto del ruiseñor entre los innumerables sonidos insondables del mundo en tinieblas. En estas horas que preceden al alba tuvo lugar la aparición. Debajo de las parideras del Campo en dirección a la Nava de Anguita, en la penumbra, se alza del suelo, a mi parecer, un gigante que me puso el miedo en el cuerpo.
Un hombrón armado, sin camisa, el torso desnudo, sin ropa de abrigo y con sombrero de paja no me cuadraba en aquel lugar, en aquel momento y de tal guisa. Cuando la incertidumbre se disipa todo resulta congruente. Se trataba de Valerio Merodio que, cuando venía al pueblo de visita a casa de su hermano, salía a cazar al caer la tarde y pasaba la noche donde le cogía. Es que...
En tiempos fui emperador,
fui déspota y no hubo quejas.
Mis súbditos, las ovejas.
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La costumbre hace ley. Desde siempre la juventud se arrogó unos derechos que la tia Simona nunca quiso reconocer. Los jóvenes en busca de compañía con quien pasar el rato fuera de casa, salían a la plaza aún en contra de todas las inclemencias climatológicas; pero había que buscar un techo que hiciera la estancia posible o más llevadera. El portal de la tía Simona reunía todas las condiciones. Está en la plaza al lado de la fuente.
No era la entrada habitual de la vivienda. Los dueños eran bastante condescendientes. Y tenía calefacción. La casa tiene otro portal al Callejón más usado como entrada a la vivienda que el que nos ocupa. Sin embargo éste era el acceso a la cuadra y el calor del establo caldeaba el ambiente. Desde los chicos-chicos a los mozos-mozos se adueñaban del portal casi a diario. Y entre juegos, charlas y bromas se producía un torrente de voces, risas, golpes, gritos, patadas y portazos; que cuando sobrepasaba los límites de lo aguantable salía la dueña a echarlos a cajas destempladas, pero sin rencor.
Al instante la tía Simona volvía a sus aposentos y la canalla al portal. ¡Cuanta guerra tendrían que soportar el tío Julián y la tía Simona toda la vida! Sin embargo nunca se molestó a los animales de la cuadra, ni se quejaron los dueños de que les faltara nunca nada de los enseres que en el portal había.
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Nuestros mayores tienen entre sus recuerdos el fragor que en las noches de verano producía el croar de millares de ranas en la laguna de Villaseca. A diez kilómetros a la redonda el sonido ronco de la laguna acallaba el canto agudo de los grillos en el barbecho y el armónico sonar de los cencerros en la cambronada. Villaseca es una llanura con los bordes elevados cuyas aguas sin salida ocupaban las tierras supuestamente más fértiles.
La finca reunía mejores condiciones para la ganadería que para la agricultura, pero las circunstancias mandaban robar al yermo, morder a la naturaleza hasta el último surco que mejorara las condiciones de vida. Se impuso la desecación. Y por una mejor o peor entendida defensa de intereses el proceso tuvo su intríngulis, pues un concierto tácito con el caserío vecino no llegó a efectuarse. Se construyó una gran zanja que desaguara en el Barranco de Sayona y a la hora de darle salida al tal paraje los de Sayona no lo consintieron.
Entonces los quiñoneros de Villaseca condujeron las aguas hasta el Blanco,paraje de la propia finca a mayor distancia, donde las aguas se sumían y la laguna, desangrada, encontró la muerte. Malditos los tiempos en los que unas yugadas de tierra de labor tenían mayor importancia qu el hábitat natural de los moradores de la charca. Quiñonero: dueño de un quiñón. Quiñón: parte que tiene uno con otros en una cosa productiva, por ejemplo, tierras.
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Los pilares en que hoy basamos lo que entendemos por una buena educación son la comprensión y el respeto a los demás, el diálogo, un espíritu crítico y libertad del individuo. En mi niñez lo que se estilaba era obediencia, sumisión y acatamiento, la letra con sangre entra y estacazo y tente tieso. Nunca vi a un chico opinar junto a los mayores y menos llevar la contraria en ningún asunto. Ya lo decía Miguel Gila: "Antes había diálogo.
El padre le pegaba un bofetón al hijo y éste sabía lo que quería decir. Había comunicación" Si no al castigo físico yo tenía un gran temor a las regañinas de mi padre y de mi abuelo, guardando las ovejas de crío, cuando el careo no les parecía el adecuado, cuando hacías algún daño en los sembrados, si se ahogaba una res en el río o te multaban los guardas de los términos vecinos o de los cotos. Y no había excusa ni justificación posibles.
Sólo quedaba el recurso de aguantar el chaparrón. Un día me multó el guarda de Esteras por dejar al ganado entrar dos palmos más del mojón - cualquier desviación de dinero imprevista era un golpe a la economía doméstica. ¡Qué disgusto! No sentía las 25 ó 50 pesetas que pudiera suponer la multa, sino cómo decírselo al abuelo y ver como se lo tomaba. No me atrevía a darle la noticia llanamente y de sopetón, quería que me encontrara llorando desconsolado y así él me preguntaría la causa de tanta aflicción.
Como de sentimiento no podía llorar, se me ocurrió tirarme piedras al pie desde lo alto de la pared de un cerrado; pero ni por esas conseguí que el llanto me embargara para inspirar compasión y lástima.
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Pinchando acá y acullá en Benamira.Com y casi sin quererlo, la impresora me muestra una fotografía en blanco y negro que difícilmente se puede identificar, a no ser porque lo hace el pie de foto: "La fuente del Zacho". La susodicha está un tanto abandonada. Veo la pared deteriorada, la maleza que la invade y el tocón del olmo corpulento que ornó su cabecera durante un siglo. El olmo único y consustancial a la fuente fue plantado por Bonifacio Peña, el tio Sastre (las obras quedan); se hizo frondoso bebiendo las aguas que afloraban por su pie e hizo del nacedero lugar acogedor para pastores y yunteros.
Una epidemia propia de la especie acabó con todos los olmos y éste no gozó de privilegio alguno. Se secó y hubo que talarlo, perdiendo la fuente un poderoso elemento decorativo. Ya que la línea del AVE no la ha hecho desaparecer por muy poco y, para celebrarlo, se podría pensar en devolver al manantial su antigua personalidad plantando un árbol allí donde ya lo hubo. Ojalá surja de nuevo un "tio Bonifacio" que, como su nombre indica, deje la estela de su "buen hacer" por otro siglo más, por lo menos.
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Aún no se veía en el horizonte la huida en masa. Nada hacía presagiar la agonía del pueblo con el final de los 1900. El vivir era monocorde y cíclico: la sementera, la provisión de leña, el pastoreo, barbechar, binar, abonar, la escarda, la recolección y vuelta a empezar. El trabajo tenía como fin proveerse de lo más básico y una cierta visión de futuro. De estos desvelos surgían obras y proyectos, ampliaciones y mejoras en los patrimonios.
Edificios que yo he visto construir: la casa del tio Pedrito, la del José Pérez, la del Mariano Pérez y la del tio Cosme; los gallineros, verdaderas instalaciones industriales y las parideras del tio Félix de las Hoyas, la del Altillo del tio Antoniejo y la de la Higuera del Mariano Pérez. En este ir hacia adelante el Mariano Algora construyó unas eras donde ahora está el depósito del agua. En el movimiento de tierras para allanar y nivelar el suelo, quedaron al descubierto unas sepulturas de tiempos inmemoriales que no se respetaron, ni se catalogaron, ni el dueño hubiera estado de acuerdo en perder el solar "por tan poca cosa".
Eran dos o tres fosas rectangulares, poco profundas, revestidas de losas por completo y cubiertas también por losas. Los restos (huesos, pelo, tejidos...), en buen estado de conservacion en principio por no tocar la tierra, se desintegraron al contacto con el aire. Un estudio del hallazgo habría aportado interesantes datos culturales sobre la población de la zona.
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Hace frío. Cae la tarde con un sol vahido y sin fuerzas, preludio de una noche descaradamente estrellada y gélida. Sólo siete chimeneas de todo el caserío exhalan su penacho de humo recto e inmóvil, testimonio de las familias que, acortando el calendario cuatro fechas, elegimos el pueblo para despedir el año. Y decidimos hacerlo al modo ecológico de los platos y labores que aquí se daban en otros tiempos.
En el patio de la escuela que fue y ya no lo es, arden unas gavillas de támaras y unos maderos. Hecho el rescoldo, dos grandes sartenes en sendas trébedes untan y doran las migas con su característico siseo. Oro viejo enmascarado por el rojo pimentón y aromas que nos retrotraen a la lumbre en la losa allá en la infancia. En otra sartén con patas de buena alzada, la gran fritada de magras con ajos y pimientos verdes dan personalidad a la intendencia.
Las raseras no paran. Sobre todo orden y concierto y fuera las prisas, que no son buenas. La bota inquieta nunca está en el mismo sitio. Yo arrimo unos somarros a las ascuas y la gente no tarda en imitarme. Debilidades de crío. En la tercera estación, completando la media luna alrededor de la gran hoguera, nos encontramos en el entierro de la matanza: costillas, lomos y tallos a partes iguales, oreados unos y adobados otros, se fríen en un mar de aceite.
De vez en cuando hay que dar la espalda a la lumbre porque se queda helada. Las hambres marcan la hora. Las migas, con uvas moscatel. La carne, untando pan. El "adobao" de la olla, "pa probalo na más". Todo condimentado, además, con el olvido de lo que la salud prohibe y el sentido común aconseja. De algún sitio surgen varias fuentes de rodajas de naranja espolvoreadas de azúcar que estaban a la intemperie (especialidad de la Juliana).
El agridulce frescor desengrasante y digestivo da un respiro a los estómagos. Pero a no tardar, más platos y más fuentes de gachas, buñuelos, orejones, rosquillas, nueces con miel y leche frita. ¡Límpiate, lector, que se te escurre la baba! Y música y cánticos y baile... La noche avanza y hay que seguir porque no tiene desperdicio. Una corta salida a la calle hace reaccionar al cuerpo y desembota los sentidos.
Para descanso del esqueleto los mayores nos sentamos a jugar una brisca, a ver quien paga el chocolate. Menos mal que la Felisa tenía unos pelillos, un bis-bisejo que nos ha dado la partida. El chocolate, con migas, al amanecer. Y no esperamos la salida del sol para no tener que darle cuentas. En todo, sólo un mal detalle: el de no ser cierto. ¡Inocentes!
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Años 40 y 50 de mil novecientos. Los mayores no celebraban la Navidad. Un hecho más esperado y más trascendente animaba estas fechas: la matanza. El cerdo era el dios de la casa. Un dicho lo expresaba así en forma de chascarrillo: - Un cochino es el gobierno... - Date preso por desacato a la autoridad. -...de una casa de familia. Llenar la despensa para todo el año era un hecho importante y motivo de celebración.
Las parentelas se ayudaban en las mil tareas a realizar y lo celebraban después en una gran cena de familia con velada hasta la madrugada. Únicamente la chiquillería esperaba con ilusión la Nochebuena por el aguinaldo y los Reyes por poner el zapato. Haciendo las cosas al pie de la letra, el día 24 chicos y chicas por separado pedían el aguinaldo casa por casa cantando villancicos y tocando las zambombas.
Por la tarde se quemaba en la plaza la leña que, con antelación y durante varias tardes después de salir de la escuela, habían traído del monte con mucho esfuerzo, barro y frío. Para los Reyes ponían el zapato al exterior de la ventana y se acostaban pronto. A la mañana siguiente examinaban con ilusión el contenido. PERO NO PODÍAMOS MOSTRAR NUESTROS REGALOS porque tanto el aguinaldo como los reyes se componían de los cuatro productos tópicos y típicos de la Navidad: higos, castañas, mandarinas y guirlache.
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Una agricultura basada en el monocultivo del cereal, que sólo multiplicaba por siete la simiente enterrada obligaba a buscar otros apoyos que hicieran posible llegar a fin de año; y eso a fuerza de ser casi en todo autosuficientes (o lo produces o careces de ello). De esto nos hablan una serie de construcciones que hoy vemos en ruinas porque ya no tienen sentido: cortes, huertos, gallineros , palomares, colmenares y parideras.
En medio de aquella precariedad de medios siempre hubo quien se buscó la vida emigrando; pero también entre los que apostaron por la casa paterna hubo iniciativas. Si bien todas las casas tuvieron su gallinero para disfrute propio, los más inconformistas construyeron instalaciones que bien podrían calificarse de verdaderas granjas avícolas; naves con gran capacidad cuyo objetivo era la produción de huevos en cantidad para comercializarlos.
Gallineros importantes eran los de los Portales y alguno más en el pueblo. Después hubo quien, no conforme con lo hecho, se embarcó en ampliaciones que supusieron vagones de ladrillos a colocar: la nave nueva del Lázaro Peña, la del Rubén, la del Antonio Donoso y la del Mariano García. ¿Y cómo alimentar a cientos de gallinas?. Con los productos de la tierra, aún no existían los piensos compuestos. Como una ayuda vitamínica recuerdo yo el uso de harina de hígado de bacalao (de olor nauseabundo) y la cascarilla, conchas de moluscos y caparazones de crustáceos marinos molidos, como aporte de calcio para dar consistencia a la cáscara del huevo.
De Cifuentes venía a menudo una camionetilla, que no furgón, a comprar los huevos. La vendedora contaba: dos manos, media docena; y el tio Huevero los embalaba en cajas: tanda de huevos, capa de paja.
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Y quiero plasmar aquí algunos recuerdos, algunas imágenes viejas grabadas en la memoria fotográfica de la infancia, imágenes indelebles relacionadas con los gallineros, las obras más importantes realizadas en el pueblo. Dicha calidad de imborrables tendrá su razón de ser; quizás sea la importancia que yo, entonces y en aquel contexto, les pudiera dar. Soy consciente de que dichas imágenes fuera de mi, de su tiempo y de su circunstancia de nada valen, a no ser el de servir de mera curiosidad en el presente, pero ahí van.
En cierta ocasión se hallaban mi abuelo y mi padre con algún albañil obrando en el gallinero que tenían en Los Portales. Para el abuelo, en cuestiónes de trabajo, nunca tenía bastante, nunca se hacía lo suficiente. Yo, de muy corta edad, me encontraba con ellos y en un momento dado, ajeno a la preocupación que podía originar, sin decir nada y sin que ellos se percataran me vine a casa. Cuando echaron cuenta del crío no aparecía por ninguna parte.
La reacción del abuelo fue: ¡"Me cagüen la Ustaquia, tres hombres paraus por una mierda crío"! El gallinero era una nave no muy grande con un piso, una planta abuhardillada que nunca se usó para nada y que se convirtió en un criadero de ratas; un paraíso donde nadie las molestaba, con alimento permanente en la planta de abajo. Mi padre pensó que la manera de acabar con aquella plaga era llevar el gato y encerrarlo con ellas.
Resultado: las ratas se comieron al gato. Antes de que Esteban echara sus miras, plomadas y niveles en la casa de piedra que lleva bastante adelantada, ya las echaron en el mismo lugar su padre y su abuelo en la construcción de una importante nave para gallinas. Los cimientos y la primera altura de las paredes eran de piedra. Piedra de la cantera que hicieron en La Viña, encima del primer pozo para las basuras.
El acarreo de la misma lo hizo Ricardo Treviño, de Esteras (hermano del Antón q. e. d.) con una camioneta a estrenar que era un primor. La impresión fue el mal estreno que se le dio, pues la caja de madera y las cubiertas quedaron destrozadas por las piedras y el mal camino.
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El Lázaro Peña quiso añadir una nave a los edificios que ya tenía en los Portales. Para no restar superficie a la tierra de labor, ganó terreno a la cuesta mediante una explanación en la cabecera de la finca. Si ganó 20 m. cuesta adentro, con un talud al fondo de 8 a 10 m. de altura, en una longitud de 40 a 50 m.(el ancho de la finca), el movimiento de tierras vino a ser de unos 4000 m3. , Álvaro Cabra Burriel. , una carretilla de mano. , un pico y una pala. , el necesario para fumarse 800 cuarterones de tabaco, como el gran fumador que era.
Otra figura inolvidable en la citada obra fue el abuelo Bonifacio (el tio Sastre), que con su burra acarreó toda el agua necesaria para amasar los materiales de unión. Tenía el tio Sastre una pollina toda blanca que era la mansedumbre acemilada(no se puede decir personificada). Aparejada con unas aguaderas portadoras de cuatro cántaros, traía el agua desde el río viaje a viaje, de sol a sol, durante muchos días.
Llenaba debajo de la huerta del tio Nemesio y la figura ecuestre del tio Bonifacio se hizo familiar, Portales arriba y Portales abajo, siempre a caballo en su burra con carga o sin ella, hasta formar parte del paisaje. Los gallineros tenían un recinto cerrado, más o menos grande, con las paredes rematadas por una alambrada que en ferretería aún se le da ese nombre: de gallinero. Unas barras de hierro verticales, de trecho en trecho, le servían de soporte.
Dichas piquetas habían sido usadas en los frentes de la guerra civil en el tendido de alambres que cortaran el paso al enemigo. Abandonadas después, los aprovechados sólo tuvieron que recogerlas pasados los incidentes de la guerra. Años después corrió la voz de que el Gobierno, no muy sobrado de medios, iba a recoger todo aquel hierro y la gente se apresuró a retirarlas hasta que pasara la fiebre. El hecho cobra importancia por la gran utilidad de estas barras en el pueblo, no siendo éste su propósito.
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En los días lluviosos de absoluta calma y temperaturas amables los rebaños se concentraban en las cambronadas del Campo, los pastos idóneos en "tiempo suave". Una mañana húmeda de aquellas nos hallábamos el tio Josecillo y yo de conseja en la Hoya del Moro, la experiencia con la ignorancia, echados en el suelo en tanto las ovejas pacían plácidamente. Yo me entretenía arrancando unas briznas de hierba y él me regañó porque restaba pasto al ganado.
¡Arrancar un pellizco de hierba era falta digna de reproche! ¡Tiempos miserables! Si alguien capaz de leer el futuro nos hubiera dicho en aquel entonces que unas potentes rejas, no tiradas por mulas ni por bueyes, darían la vuelta a aquellos yermos quebrando la raíz del cambrón, que unas máquinas con el diablo dentro partirían Los Hornos en dos, que unos monstruos de hierro se comerían el Morrón de Peñarrubias y que en su caminar borrarían el Barranco del Señor, Valdesancho, las hoyas del monte de Villaseca...
Lo hubiéramos tachado de loco,loco. No obstante ya se percibían indicios de cambios profundos. El tio Josecillo (José Yagüe) aún vio a los todoterreno americanos correr por El Campo, ante la mirada atónita de los pastores, en los preparativos previos a la construcción del oleoducto. Razón hay para calificar todo esto de "menoscabo a las libertades", que para pasar de una a la otra parte del término sólo han dejado dos o tres agujeros a modo de gatero o conejera.
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En el año 1962 fui nombrado maestro interino de la escuela de niños de Villafeliche. Villafeliche es un pueblo de la ribera del Jiloca, a medio camino entre Calatayud y Daroca, que ha contado siempre con molinos para la fabricación de pólvora. Yo alternaba con los jóvenes y asistía alguna vez a las cenas que improvisaban en las bodegas. En estas veladas conocí a un aragonés muy mayor, corpulento, abierto de carácter y alegre que, conservando las dotes que su constitución pregonaba, no tenía inconveniente en alternar con la gente moza, arrancándose a menudo con una jota de estilo.
Al decirle yo de dónde era, dónde estaba mi pueblo, enseguida me nombró Esteras y el Parador y a su dueño el tio Telesforo. Este hombretón, retirado ya del trabajo, había sido carretero de largas distancias. Cargaba su carro de pólvora en Villafeliche y la llevaba al puerto de Cartagena (Murcia), base naval de la Armada Española. El camino hasta Madrid era la N. II y uno de los puntos de parada y fonda, el Parador de Esteras; incluso nos relató una de sus peripecias allí vividas: cierta noche se declaró un incendio en la posada con el carro de pólvora a corta distancia, al parecer el fuego no llegó a tan peligrosa mercancía.
¿Qué no sabría este hombre de esfuerzos, trabajos, soledades, posadas y mesoneros? El tio Telesforo era hermano de la tia Braulia de Benamira; y una hermana de ambos, la Roja le decían por ser rubia, se la llevaron de criada D. Mariano Tomás casado con Dña. Paz, secretario él y maestra ella en Benamira
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La chiquillería a la que yo pertenecí vivió de forma grata la influencia de la carretera general y del Parador de Esteras por su cercanía a Benamira. La carretera nos tenía informados de los últimos avances en automoción: los camiones "chatos", los "aigas" y las motos con sidecar... En ocasiones nos íbamos en pandilla a la cuesta del Collado a ver los coches. Una vez el Luis del tio Cecilio exclamó con todas sus fuerzas "¡Ay mi madre, con qué cibera baja!" Nosotros quisimos entender que era la tia Marieja, con sus patejas cortas, la que bajaba tomando las curvas del Collado a toda velocidad, con el consiguiente recochineo.
Y el Parador hacía que nos llegara a los críos un reparto de caramelos de forma esporádica. Las circunstancias se confabulaban de la siguiente manera. De la tia Braulia casada con el tio Marcos (pastor a sueldo toda su vida) fueron Clarencio, Máximo y Agustín. Como en casa nada había no pararon en casa y se buscaron la vida en Madrid. Clarencio fue "chaufer" de una familia acomodada de la alta sociedad con título de nobleza.
En sus desplazamientos de Madrid a Barcelona solían parar en Esteras, quizas influídos por el conductor: por la cercanía a su casa y por ser sobrino del dueño. Clarencio aprovechaba el descanso de sus señores para acercarse a ver a sus padres. Y se presentaba en Benamira con un coche negro imponente: cuadrado, con el maletero en chepa, las cubiertas pintadas de blanco y la rueda de repuesto en el estribo.
Hasta el mozo- conductor impresionaba por su cuidada figura vestido de librea. Los chicos corríamos a la plazuela donde llegaba con el coche (puerta del tio Eloy) porque su presencia era una novedad y porque repartía caramelos.
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Corrían los años mil novecientos diez y algo. D. Mariano Tomás secretario de Benamira se hizo la carretera y se puso la luz eléctrica antes que en ningún otro pueblo de la zona. Dos importantes obras. En los pueblos solía ocurrir que el promotor de iniciativas y de proyectos que mejoraran la calidad de vida de los mismos era el secretario: por un mejor conocimiento de las leyes, de los procedimientos municipales y de los estamentos a dónde recurrir.
Así los miembros del gobierno municipal solían delegar en el secretario. No sé si es éste el caso de Benamira con Don Mariano. No tengo tela de juicio. El hecho es que el pueblo solicitó a la capital de provincia la construcción de la carretera y la Diputación Provincial la hizo; pero el gasto fue a modo de crédito que el pueblo tuvo que devolver. Hasta amortizarlo la Administración pasó un recibo de color verde, para distinguirse de los demás, a cada uno de los vecinos. El papel decía: "Reintegro al Tesoro Público por anticipo a caminos vecinales, 80 céntimos" (céntimos de peseta). El importe era anual y lo cobraba el recaudador junto con la contribución. La carretera era de piedra y recebo.
Y en mis recuerdos entra que el mantenimiento lo hacían los vecinos; cada uno machacaba el número de montones de piedra asignado, rellenando y parcheando después el firme. Machacaban la piedra de pie y una a una, con unas macetas de mango largo y flexible.
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Desde los altos de Maranchón, por Laina y Velilla de Medinaceli, discurre un riachuelo con el nombre de Río Blanco que, antes de unirse al Jalón por Somaén, origina un salto de agua que se aprovechó para instalar una pequeña central eléctrica, La Chorronera. Esta empresa suministra energía a los pueblos de la cabecera del Jalón y por ende a Benamira. En sus comienzos y a tono con los tiempos el tendido eléctrico era muy precario; cualquier nube o ventolera echaba por tierra los postes y nos quedábamos sin luz una o varias noches.
El candil y el "veluche" siempre a mano. Si bien la luz eléctrica llega a Benamira en las primeras décadas del siglo pasado, mediado el siglo solamente se hace uso de la electricidad para el alumbrado, y eso desde el anochecer hasta el alba. No había aparatos eléctricos ni se echaba la electricidad por el día; únicamente dos o tres receptores de radio "pero de día no funcionaban". Los críos que no teníamos nada claro el fenómeno de la electricidad asociábamos "la corriente" con la noche; de forma que una bombilla o una radio encendida a plena luz del día nos parecía antinatural.
El tio Bonifacio, además de sastre y estanquero, era el lucero; el que echaba y quitaba la luz y arreglaba alguna avería. Una imagen repetida a diario era la tia Felisa, su mujer, camino del transformador a bajar o subir las cuchillas que encendían el alumbrado. Permanecer un rato demás sin razón a oscuras nos traía a las mientes a la tia Felisa. La restricción de energía era tal que la compañía hizo instalar en las casas un limitador de corriente, el "cacharro" le llamábamos, que no permitía más de tres bombillas encendidas a la vez.
Si se encendía una más empezaba a hacer ruido y las bombillas una intermitencia rápida y molesta. Se paraba el efecto tirando de una anilla. Y quiero nombrar a una víctima de la corriente eléctrica por deconocimiento de su peligrosidad: la madre de la tia Basilisa. En mala hora se averió el transformador y la alta tensión entró en las casas, se quemaron los "cordones" , la tia Elena quiso retirar el que cayó ardiendo encima de la mesa y murió electrocutada (descanse en paz).
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Los pies desnudos sobre alfombras de paja. Los brazos al viento como aspas de molino, curtidos en las mil tareas unos y haciendo de tripas corazón otros, se agitan incesantes dando vida a un hormiguero convulso y nervioso: carreras, gritos, silbidos, cantares y campanillas, amenazas y reniegos marcan el son a trillos y horcas, cribas y harneros, escobones, bieldos, rastras y rastrillos, trallas, yuntas y rodillos; todo con un mismo fin: llenar los costales, poner los desvelos de toda la añada a buen recaudo bajo el techo de la cámara.
En un espacio reducido, la esperanza de todo el año tendida al sol es tratada con reverencia y esmero, con mimo rayano en la avaricia: cada grano, hebra de azafrán. Hacinas, parvas y montones se tienden, se recogen, se tapan y encumbran con la atención en el ambiente, en la nube traidora, en el viento favorable... Las mujeres sin rostro barren, acriban, aventan, desechan la paja y la granza; chicos y chacos hacen equilibrios en el trillo a la vez que intentan, a disgusto, sacar de su modorra al macho Noble, a la mula Roya.
El abuelo refalda, replega, anima y reniega -"son unos flojos"- y para sus adentros cubica y compara la hacina enhiesta con las de años anteriores: "aquella, 30 cargas más" -piensa. Todo le parece poco. En tanto el gran supervisor, el hombre, el padre de familia, el dueño a todo atiende: parvas, montones, yuntas y agosteros; y todo lo ventea: rocíos, calores, fuerzas y desmayos, nublados y calmas, auras y vientos...
Que nada se malogre, que todo alcance su fin... fin de esta fiebre llegaba con el barrido de solares y caminos. Solares hoy sin uso y olvidados, pues ya nada rompe su silencio, ya no están en la memoria. de las eras: eras del Barranco, de la Cigüeña, del Altillo. .
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Barrer solares y "recoger los caminos" suponía "rematar de eras". Los accesos a las eras acumulaban un buen tajo de paja que se perdía en el acarreo. Metida la última "anguera" en el pajar se cerraban las "piqueras" y se recogía la que cubría los caminos. Todos los hombres en una mañana de "hacendera" rastrillaban y barrían todos los accesos y amontonaban el "pajuzo" en la "colá del Prau Cerrau". Acto seguido se subastaba en la "Casa-Concejo" -siempre había alguien interesado en el "pajucero" para hacer de él un buen "muladar"- y el importe se gastaba en vino y salchichón. En una ocasión he visto yo declararse un incendio en el camino del Barranco en plena trilla y vi que el remedio fue proporcional a lo que había en juego: dejando todo a un lado, los esfuerzos se centraron en controlar aquello reduciendo el fuego al lecho del barranco y retirando la paja que había ardido.
Recuerdo que a la hora de la comida se quedó un retén vigilando un posible resurgir del siniestro. En la siega, con la "mies" seca en las manos y en la era durante la trilla, se fumaba y nunca ocurrió nada irreparable. Ello me dice que cuando los posibles causantes de un incendio se juegan con su negligencia sus propios medios de vida, no cometen la más mínima imprudencia. ¡Cuantas veces han vuelto los pastores sobre sus pasos al no tener la certeza de haber apagado bien el "candil" de la "paridera"! En una ocasión por los pinares del noroeste de Soria: Salduero, Vinuesa, Covaleda...al ver aquel emporio de riqueza, aquel colosal depósito de madera, tuve el mismo sentimiento que el que acabo de expresar: "aquí nunca se declarará un incendio" .
Porque estos pueblos de gran riqueza maderera vigilarán con mil ojos sus pinares desde el valle y el más recóndito de los barrancos hasta el último pino que domina la cumbre. Los pinos allí son gigantescos, recios y rectos como cilindros perfectos que se pierden en las alturas, en un terreno llano y en laderas practicables, a los que el hombre cuida y respeta como a un ser desprendido y generoso al cual todo se lo debe. Ahí los pinares cuidados, vigilados, con una tala al centímetro controlada y en constante repoblación.
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Mientras Benamira fue pueblo de labradores no disfrutó del agua corriente en las casas, de manera que hubo de proveerse el líquido elemento de una y única fuente pública estratégicamente situada en el centro del pueblo. A la fuente viajaban sin cesar, a lo largo del día, cubos, cántaros, calderos, botellas, botijas, cantimploras, yuntas y acémilas. En este continuo ir y venir la fuente se convierte en punto de encuentro, a veces ocasional y a veces intencionado, de labriegos, de comadres, mozos y mozas, de pretendientes y de enamorados, de chismes y requiebros, dimes y diretes...
Se convierte en suma en agencia de noticias, en manantial de relaciones sociales. Ésta es una segunda función que la fuente cumple tan necesaria o buscada como poco reconocida. Si sus aguas apagan la sed, apaciguan ansias y sudores y atemperan los cuerpos, los encuentros, el diálogo, los cortejos, los secretos y las confidencias son la gimnasia del espíritu que evita soledades, aviva esperanzas y desahoga los ánimos haciendo partícipes a los demás de nuestras inquietudes y desazones.
¡Servicio completo el de la fuente que remedia los cuerpos y seda los ánimos! ¿Nos hemos preguntado alguna vez cuánto favorece las relaciones sociales el grifo mudo de nuestro cuarto de baño? La fuente recoge varias vetas de agua de la parte alta del pueblo y las canaliza hasta la plaza. Allí dos caños rumorosos, primeros saludadores de los que al lugar se acercan, llenan y revasan dos pétreos pilones que lo mismo sirven de palangana que de abrevadero.
Las aguas siguen su bienintencionado curso para formar, unos metros más abajo, el lavadero público. Es éste un estanque excavado en el suelo revestido de grandes sillares. El agua a ras de tierra obliga a lavar de rodillas y la falta de cubierta, a aguantar las inclemencias del tiempo - se techó cuando ya no tenía función que cumplir. El lavadero ejercía su función social similar y distinta a la de la fuente.
Distinta porque el grupo al que convocaba era homogéneo: sólo mujeres de parecida edad y porque la permanencia en la realización de la tarea es más larga. Ello daba lugar a comentarios, disertaciones y diatribas de mayor embergadura. Por otra parte quiero pensar que si bien el lavadero, en sentido estricto, combatía la suciedad y las impurezas haciendo de los trapos sucios ropa limpia, en sentido figurado podía ocurrir lo contrario: que allí se mancharan conductas, conciencias e historiales sacando a la luz del día los trapos sucios y no precisamente para lavarlos. Uno de los mentideros.
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Junto al lavadero discurría otra corriente de agua que afloraba allí mismo, "Los Chorrillos", en la que un remanso a propósito servía de fregadero. Hasta él llegaban las mujeres al mediodía con el balde lleno de cacharros y, de rodillas, quitaban los "morros" a los pucheros y sartenes con arena, esparto, brío y paciencia. La última estampa de la lavandera en el río la contemplé en Arbujuelo, pueblo vecino que disfruta de abundantes manantiales.
Si bien es ésta una labor nada recomendable, la nostalgia la idealiza y queda en el recuerdo orlada de gracia y poesía. El agua no siempre ha sido un bien seguro en Benamira. Tiempos hubo de sequía en que la fuente se quedó muda y sin uso y los críos hacíamos de los pilones escondite en nuestros juegos. Hubo que buscar soluciones. Fue por allá por los años 1950 cuando cada vecino se procuró su propio nacedero; quiero pensar que por falta de un proyecto común.
El hecho es que aparecieron pozos artesianos por calles, corrales, huertos, gallineros y hasta en las cuadras. Muchos tuvieron agua dentro de su propiedad y otros hacían viajes a la fuente de San Roque con el cántaro y la botija o con las caballerías para abrevar. De entonces datan los pozos que aún no se han cegado. En otros periodos de sequía extrema he visto tomar soluciones a nivel de municipio, bien revisando las tomas de agua y cañerías de la fuente pública o buscando otras corrientes.
Así se hizo una fuente junto a la pared de los huertos con las aguas del "Chorrillo", hoy desaparecida; la fuente que aún vemos junto al lavadero que toma las aguas del callejón del tio Pedrito; así como el pozo cubierto al pie de la fuente de la plaza que llenaba los pilones con una bomba manual. Más tarde una bomba eléctrica mandaba el agua a los caños. Después el progreso. El Altillo dejó de ser útil para las eras y le asignaron la misión de meternos el agua en las cocinas, al tiempo que nos permitió cagar en retrete.
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En toda época, lugar y situación cada persona muestra un comportamiento acorde con su preparación, con lo que la vida le depara o con el momento que vive; así las distintas edades de la vida tienen una forma de actuar que vista desde fuera, desde otro contexto resulta extraña o incongruente. Lo que intento decir me lo hizo entender el tio Agustín estando de conseja en el alto de las Cumbres. Contaba de un criado en una casa de labranza que se quejaba continuamente de la vida de trabajo que llevaba y de la envidia que le producía la existencia regalada del hijo de la casa, un niño de pocos meses, que nada aportaba al bien familiar: "yo ando todo el día atareado, sin tiempo para un respiro, todo el provecho es para el amo y en pago nunca veo una sonrisa, una palabra amable, ni manifestación de agradecimiento alguno.
Sin embargo para el crío todo son mimos, regalos y carantoñas cuando nada produce y no hace más que su santa voluntad". El amo de oir día tras día esta cantilena, le propuso al criado que le libraría de todo trabajo con una condición: que tenía que repetir todo lo que el niño hiciera, imitándole en todo y a todas horas. En principio el criado se mostró encantado pensando en la buena vida que le esperaba y empezó la jornada al día siguiente imitando todos los movimientos del bebé: andar a gatas, subirse a las sillas, meterse en los charcos, revolcarse, hacerse sus necesidades encima, llevarse a la boca todo lo que caía en sus manos, dejarse limpiar por el ama o las criadas, corretear continuamente, saltar, andar a la pata coja, dormir con el dedo en la boca, etc. etc. duró el primero y segundo días; al tercero pidió volver a la situación anterior, al puesto del que había renegado, porque aquella vida regalada que él envidió no era vivir; que era más trabajosa, humillante e insufrible que todos los trabajos de la casa juntos.
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Aunque el ambiente en el que se vive sea restringido, cosido de prejuicios, autoritario, lleno de carencias por falta de recursos materiales, en un pueblo de 50 casas como era Benamira, la infancia se vive como niños, la adolescencia como inmaduros y la juventud con brío y osadía. Aquí y en todas partes. Pues bien, si hoy todo el mundo huye a las playas, también en aquellas condiciones los jóvenes sentíamos la necesidad de bañarnos y disfrutar del agua en medio de las calores del verano. Las circunstancias no acompañaban.
En contra estaban las tareas de la recolección, la inexistencia de piscinas o algo parecido y la actitud de los padres totalmente contraria a que nos metiéramos al agua. No obstante hacíamos una presa en Las Puentes, en el río que baja del "Prau Cerrau" y se formaba una balsa que era nuestra piscina con cieno en el fondo y carrizo y zarzas en las orillas. Al mediodía después de "tirar los pantalones" - era la señal de haber hecho la digestión - nos bañábamos totalmente en cueros -sólo varones.
Más bien era "chaporquear" en la ciénaga, pues no había ni espacio ni profundidad que permitieran la natación. Se practicaba el nudismo. Bañadores no había y no era cuestión de mojar los calzones para poder ponértelos después. Los padres eran totalmente contrarios a esta práctica achacando al agua todo tipo de males y enfermedades. La postura más drástica era la del tio Cosme que a los suyos los tenía amenazados con bajar a por ellos y subirlos a casa con la ropa debajo del brazo y a punta de tralla, como buen carretero que fue. Otra forma de refrescarnos durante la trilla después de comer era echarnos agua en la plaza, con la fuente a mano, en una guerra de todos contra todos hasta que el tio Cecilio rompía el juego; porque era el primero que venía con las mulas a abrevar para enganchar a trillar.
La parva tenía que estar hecha antes de ponerse el sol.
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Haciendo balance de las condiciones económicas del pueblo, a juzgar por lo que hasta ahora se ha dicho, el fiel de la balanza se inclinaría del lado de la pobreza, de la escasez a que nos sometían una agricultura exigua y una ganadería siempre con hambre. Sin embargo se daban signos muy generalizados de bienestar y de holgura que ahí estaban, al parecer sin razón, porque no se correspondían con la precariedad manifiesta. Y hablando de la igualdad, casi a rasero, entre todas las haciendas de la localidad: todas se atendían con una yunta y todas se remediaban con la matanza de dos cochinos.
De la figura del criado, del pastor, del agostero, sirvientes a sueldo propios de haciendas de más envergadura. De la amplitud y comodidad de la vivienda, verdaderas casas de labranza; y de la farolada de hacer la siega con peones expertos venidos de otras regiones. El equilibrio en la posesión de la tierra se debía, a mi ver, a dos razones: al sistema paritario de la transmisión de bienes y al escape constante de personas a la ciudad.
El hecho de heredar todos los hijos por igual evitaba hacer a nadie de más o de menos respecto a otros. Cada uno tenía sus posesiones y para atenderlas precisaba un mínimo de instalaciones. De aquí que la casa, además de la vivienda habitual, comprendía otras dependencias igualmente necesarias: el portal, primera y principal estancia multiusos; cuadras desahogadas para dos o tres caballerías; el pajar, sustento de la cuadra y de la hornacha, dormitorio de mendigos y segadores; cochiqueras para los cerdos; gallinero; cámara, ocupada por las trojes y los trastos; cernedor-despensa donde se amasaba y se guardaba el pan y la matanza.
Además todas las casas tenían "el cuarto de la estufa" independientemente de la cocina de hogar bajo. Era la estancia más caliente y acogedora; un auténtico cuarto de estar donde se jugaba, se hacían todo tipo de labores, se entonaban los cuerpos y hacía de comedor porque en ninguna otra parte se estaba tan a gusto. En contra la cocina gastaba más leña y con un tiro tan amplio como la inmensa chimenea, no se caldeaba.
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Analizando las consecuencias de las distintas formas de la transmisión de bienes en otras regiones, vemos que son la explicación de hechos sociales, hechos palpables que, en frío, se pregunta uno su razón de ser sin hallar respuesta. En algunas zonas de Aragón el sistema de herencias es el de mayorazgos: el hijo mayor es el heredero universal de tierras, ganados, muebles e inmuebles y a los hermanos se les compensa con un oficio, unos estudios o con dinero.
El sistema tiene la virtud de mantener íntegras las haciendas por indivisas; pero tiene otras consecuencias no tan positivas. El heredero tiene el matrimonio asegurado; en seguida encuentra novio o novia respaldado por la casa a heredar: Casa Chías, Casa Rivera, Casa Solans, etc. Por contra buena parte de los no herederos permanecen solteros toda la vida, y si se quedan en la casa paterna lo hacen en calidad de sirvientes a cuenta, nada más, de la comida y el alojamiento.
Una vez oí quejarse a uno de lo triste que resulta vivir en la casa natal sin ser dueño "ni de abrir una puerta" sin el consentimiento de otro, aún venido de fuera como es el caso de los cuñados y cuñadas. "Os tiones d´a montaña" que nombra Labordeta en alguna de sus canciones. La casa de estos solterones, como la de otros trabajadores a jornal, se reduce a la mínima expresión: una planta baja para todo o bien de varias plantas pero con la anchura de la puerta por fachada nada más.
Como no son propietarios, aún en el medio rural en que viven, no necesitan las estancias nombradas en la casa de labranza. El sistema en Castilla se podría calificar, de entrada, como más justo: todos por igual, todos tienen su parte de herencia, todos podrán casarse, unir sus pequeñas haciendas y vivir de ellas. Pero se da una constante división de las heredades, hasta llegar a un minifundió en tan alto grado que una máquina no puede maniobrar dentro de los límites de una finca.
Este problema lo remediaban en parte los labradores de la yunta haciendo canjes con parcelas vecinas y uniéndolas después. Al punto de una división extrema de la propiedad, el Estado tuvo que tomar cartas en el asunto y proceder a recomponer las fincas mediante una concentración: la Concentración Parcelaria.
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Características de estos pagos son las vegas con las hazas tendidas desde el exiguo riachuelo hasta la línea del yermo en las cuestas. Fajas de tierra, linde con linde, como la ropa multicolor en el solano. Fajas cuya angostura aumenta de generación en generación en atención a herencias y particiones. Difícil desorillar sin pisar tierra del vecino. Difícil hacer labores distintas al sentido longitudinal del haza...
Y verter siempre en el mismo sentido no es hacer buena labor. No se puede trabajar de esta manera. Mover a base de sangre y de riñones la yunta, la azada y la hoz ya no es rentable. Portar a lomos todo tipo de cargas por caminos de herradura es lento y penoso. Los tiempos empujan y hay que seleccionar semillas, combatir plagas, criar un trigo más panificable, que así lo exige el Servicio Nacional del Trigo.
Hay que gastar dinero y el volumen de cosecha de cada hacienda es una nimiedad. Llegan noticias de que en otros pueblos el Estado está poniendo remedio al suelo hecho trizas, que reagrupa las parcelas que parecen sembradas a voleo. Rumores del descontento de los propietarios, que todos creen haber recibido menos de lo que entregaron. Pero se impone una solución urgente. Benamira no puede esperar a que le toque el turno.
En el año 1963 se pagaron los segadores a 300 pesetas, peón y día; precio que el rendimiento de las tierras no podía pagar. Hay que hacer algo, pensaba la gente con las manos a la cabeza. Al año siguiente se compraron dos segadoras atadoras, con ellas y entre todos hicieron la siega de todos. Estas máquinas pesadas de tracción animal y los campos y caminos sin ninguna preparación para tales tecnicismos pueden dar idea de las penalidades y fatigas pasadas.
Pero era el sistema; había que adoptar nuevas formas de trabajo: asociación y cooperativismo. Con este nuevo espíritu el pueblo pasó en dos, tres años del arado romano al Nuffield, el más moderno tractor inglés.
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Por aquel entonces el Estado promovía la formación de Agrupaciones Sindicales en agricultura. Grupos de al menos cinco labradores asociados a los que concedía créditos blandos para la compra de un tractor y sus aperos. Se hizo popular el Land con su pop, pop, pop característico y el humo en volutas en forma de roscos creciendo al ascender. Tenía un solo pistón y si se forzaba se volvía girando alrevés y las marchas normales se tornaban marcha atrás, ocasionando no pocos sustos. Por la necesidad y alentados por las ayudas estatales se gestó la idea, no de un Grupo Sindical, sino de una cooperativa en la que formar parte todo el que quisiera, en un régimen cooperativo en toda regla: aprobación de estatutos, reconocimiento jurídico, renta para las tierras aportadas, trabajo en común, asignación de un salario... funcionó.
El Estado adelantó mucho dinero, la tierra producía más y las ovejas criaban más años. Las cosas se hicieron bien. Asistieron a cursillos sobre cooperativismo en Soria, visitaron varias cooperativas en Burgos, la información recogida se expuso y se discutió largo y tendido en varias sesiones del Concejo; porque hubo que establecer y aprobar unos estatutos por los que regirse la sociedad con el asesoramiento y la aquiescencia de las autoridades provinciales.
Enseguida se notaron mejoras entre los cooperativistas. El trabajo con las máquinas resultaba más llevadero y siempre con el apoyo de sus iguales ya que se formaban brigadas de trabajo. Las tierras estaban mejor trabajadas, se abonaban con largueza y las ovejas se cebaban sin medida -la nave nueva del tio Sastre llegó a llenarse de cebada. Y en fin, económicamente se pasó de un régimen siempre exiguo e incierto al cobro mensual de un sueldo prefijado y seguro.
Se cambió el modelo agrícola retraído y conservador por otro más parecido al industrial del dinero más fácil y por ende, más consumista.
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Como un perro que sale del agua Benamira se sacude la modorra de medio siglo y con ella las formas de vida caducas. El pueblo experimenta cambios con gran celeridad. Las viejas estructuras no sirven y dan paso a otras más acordes con los tiempos. Se vendieron las mulas y se arrinconaron los aperos a la yunta referidos. La cuadra, el pajar, la cámara y las eras pierden sentido; se borran caminos y se trazan otros nuevos.
El edificio del horno público con el anejo de la antigua fragua utilizado como leñera se convirtieron en cochera para los tractores; aunque se conservó la instalación del horno propiamente dicho por si había que volver a utilizarlo - el tio Gregorio de Fuencaliente servía el pan a la zona desde su tahona de Torralba; su hijo Mariano Atance sabe mucho de esto. Con esta obra se perdió para siempre el árbol con el nido de la cigüeña.
El ronroneo de los tractores sustituye a las campanillas y a otros sonidos más ecológicos al despuntar la mañana. Un armatoste engulle las hacinas para no verse harto jamás. La cosechadora jubila en dos años a las máquinas que la precedieron. Con todo la juventud siguió imparable la huída a la ciudad. Algunas anécdotas de los comienzos de la Cooperativa del Campo "San Miguel". Un día espléndido de verano. Sayona. Mariano Cabra conducía la cosechadora y yo ataba los sacos.
Los hierros ardían. En la pradera del horno había un trigo como nunca y los sacos se llenaban en menos tiempo que empleaba en atarlos; y cuanto más se colmaban peor se ataban. ¡Mal día pasé, vive Dios! Todo adornado por algún que otro golpe en los riñones por los malditos hierros. Al anochecer estábamos debajo de las casas, en el lado de la solana. La máquina salvó un regato que no vimos dando un bandazo espeluznante.
Un susto, pero seguimos adelante. A los tres minutos el motor se para. Asombro. Indagamos la causa ya de noche y echamos en falta el depósito del gas-oil. Iba en lo más alto por encima de nuestras cabezas sujeto con dos pletinas metálicas que abrazaban el recipiente. En el vaivén se rompieron y el depósito voló por los aires. Cada cosa quedó donde quedó y a esperar un nuevo sol. Con las obras de transformación del horno llegamos a las vísperas de San Miguel y no había orquesta contratada - recuerdo la plaza llena de astillas de arreglar las maderas para la citada obra - y el Constantino y yo cogimos el tren una noche para bajar a Ateca y mirar de encontrar música.
No muy duchos en el orden de las estaciones, nos bajamos en Bubierca. Él se adelantó y cuando se dio cuenta del equívoco, nos volvimos al tren ya en marcha; pero Constantino se subió al coche de Correos y tuvo que bajar hasta Ateca en la escalerilla, agarrado con ambas manos y sin poder fumar.
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Y le llegó el turno a Benamira de beneficiarse de la Concentración Parcelaria. Se hizo la concentración al tiempo que en los pueblos vecinos. El proceso no se vio obstaculizado ni siquiera empañado por las envidias, el descontento o las reticencias de las gentes, porque no se dieron; porque estaban convencidos de que cualquier agrupación de la propiedad en el campo sería mejor que nada. Los técnicos del Ministerio de Agricultura clasificaron y tasaron todas las tierras, las de labor y los baldíos de todos los predios y parajes.
Con esto se calculó el valor de cada heredad; se redujo a dinero y se dio el mismo valor en parcelas nuevas a cada propietario. Esto que queda dicho en cuatro líneas se me antoja de una complejidad extrema: clasificar, medir, calcular, amojonar junto con el gran despliegue de medios para construír los caminos, cunetas, alcantarillas y puentes. Estos caminos amplios y firmes enlazan con los de los términos municipales colindantes y forman así una red para el tránsito de todo tipo de vehículos; importante alternativa a la red general en casos de emergencia.
No hace mucho presenciamos una prueba del Campeonato Nacional de Rallys para automóviles por estos caminos. Para atender a posibles reclamaciones hicieron una reserva de tierras con el nombre de "la masa". Tierras propiedad del municipio con las que resarcir a algún lote descompensado si lo hubiera. Para darnos idea de lo disperso de la propiedad y de la necesidad de la Concentración sólo unas cifras. Según certificaciones catastrales del año 1964 que tengo en mis manos, las tierras de mi familia en los términos de Benamira y Esteras eran 241 fincas.
Los títulos de propiedad expedidos por la Concentración con fecha de 1987 son 21. ¿Por qué no se pusieron todas en una, dos o tres parcelas? Porque todos habían de recibir tierras de las distintas categorías; porque había que atender a la cantidad y a la calidad para ser justos. Por último decir que una foto de los asistentes a aquel cursillo sobre cooperativismo que en algún otro momento nombré, está fechada en 1964.
Lo cual nos dice que desde este año que se gestó la cooperativa hasta el 87 que se dio por finalizada la Concentración Parcelaria, Benamira llevaba 20 años trabajando sus tierras en común adelantándose a los tiempos.
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Siempre hemos conocido las tierras de labor de Benamira como propiedad de quien las trabajaba y del duque de Medinaceli los baldíos. De hecho los ganaderos pagaban las "hierbas" al duque y la "rastrojera" a los labradores. Los yermos del duque comprendían los prados: del Prado Cerrado hasta el Caño, al pie del cerro de Monteagudillo y de camino a camino a ambas orillas del río, el de la Higuera y el de Pinazo. Tiempo hubo en que las yuntas eran de bueyes y junto algún recrío pacían estos yerbazales y de noche se echaban a las Dehesillas, paraje rico en hierba fina y cerrado, donde las reses no podían hacer ningún daño.
Eran los tiempos en los que el río estaba poblado por nutrias y los lugareños llevaban gorros de estas pieles. El pueblo compró los yermos al duque. En mi cabeza revolotea la cantidad de 750000 pesetas como precio pagado por el término. En alguna ocasión la habré oído decir. Dicha cantidad la pagaron los vecinos a partes iguales. Acto seguido lo dividieron en parcelas y se las repartieron. Esta asignación de tierras no llegó a tomar carta de naturaleza porque en seguida se obviaron los mojones y los límites por la Concentración Parcelaria para establecer otros nuevos. De esta transación de propiedades fueron los arroturos de los prados y del Campo.
Al desaparecer los bueyes se labró el prado desde el pueblo hasta el Caño y las dos o tres "suertes" que cada uno labraba seguían siendo del duque. Desaparecieron las mulas y se labraron los prados de la Higuera y de Pinazo que se vedaban para la dula. Se despobló el lugar de gentes y los yermos de ovejas y se arrancaron de raíz las cambronadas del Campo, obra ya del tractor. Prados y cambronadas eran los pastos más valorados por los ganaderos.
Aquéllos para los días "ásperos" y éstas para el tiempo "suave". tio Agustín, mi abuelo Antonio,el tio Segundo, el Rojo, el Perico, el Vacas, el San Roque y tantos otros pastores de casa o a jornal preguntarían hoy por estos pagos y no los reconocerían. Porque a mi me pasa. El Campo no es el Campo, la Higuera no es la Higuera, el Caño ha desaparecido...
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PATRIMONIO FORESTAL DEL ESTADO DEL CONSORCIO ENTRE EL PATRIMONIO FORESTAL DEL ESTADO Y EL EXCMO. SR. D. LUIS JESUS FERNANDEZ DE CORDOBA Y SALABERT, DUQUE DE MEDINACELI, DOMICILIADO EN MADRID, para la repoblación del predio de su pertenencia denominado DEHESILLAS Y CERRO DE MONTEAGUDILLO, HOYAS DE VALDEVERNARDO Y LOMA DE PINAZO, radicante en el término municipal de BENAMIRA provincia de SORIA, de una extensión aproximada de 143 Has. 1ª.- Se establece un Consorcio entre el Patrimonio Forestal del Estado y el Exmo.
Sr. D. Luis Jesús Fernández de Córdoba y Salabert, Duque de Medinaceli, al objeto de proceder: ).- A la repoblación forestal de los terrenos pertenecientes a su actual propietario que los aporta al Consorcio, que se describen en la Base segunda, a la conservación y mejora de las masas que se ceen y en su día a su aprovechamiento. ).- A la conservación, mejora y aprovechamiento del arbolado existente actualmente en los terrenos de referencia, ya sea expontáneo o procedente de repoblaciones artificiales anteriormente realizadas. 2ª.- Los terrenos a los que este Consorcio afecta son los que se describen a continuación por sus límites, superficie y estado forestal en que se encuentran, así como descripción de su título o inscripción en el Registro de la Propiedad, según certificados del mismo. Los límites aproximados son los siguientes: .- Prado de la Higuera y labor de Marcelino García. .- Labor de Vicente Barbero, camino de Anguita y Aguilar, heredades de Angel Celada y otras. .- Término de Aguilar. .- Mojonera y labores de Garbajosa. La finca se encuentra completamente rasa. Se encuentra inscrita en el Registro de la Propiedad de Medinaceli con los límites anteriormente expresados. Los terrenos serán puestos a disposición del Patrimonio Forestal del Estado, para la ejecución de los fines del Consorcio, mediante acta detallada extendida por duplicado. 3ª.- El suelo continuará perteneciendo a su actual propietario que lo aporta al Consorcio, salvo que del mismo pudiera hacerse al Patrimonio Forestal del Estado, o con autorización de éste. El arbolado existente al formalizarse el Consorcio, como el que se cree durante su vigencia, pertenecerá al Patrimonio Forestal del Estado. Tanto el suelo como el vuelo serán inscritos en el Registro de la Propiedad en la forma dicha por cuenta de sus dueños respectivos, mediante el expediente o documentacion pertinente para la inscripción del vuelo a favor del Patrimonio, obligándose al paticular a cuanto se precise al efecto. Este es un fragmento de una copia en mi poder del documento original que dormirá en los archivos municipales.
Consta de 11 condiciones o BASES y mostrándose de acuerdo ambas partes, lo firman, por el Duque de Medinaceli,\" su administrador con poder suficiente\" D. Victorio Hernangil Hernangil en Almazán a 15 de abril de 1955. Y por la Dirección General del Patrimonio Forestal del Estado, el Director General, en Madrid a 12 de septiembre de 1955. En las notas manuscritas al margen se ve que las tierras que los pinos ocupan pasan a ser también propiedad de los vecinos de Benamira, partidas en suertes.Día llegará en que haya que desempolvar estos papeles para ver su situación.
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Lloro los montes pelados;\ los bosques ausentes;\ , quien los ha talado;\ , si han faltado siempre.\ de ruindades,\ fértil en pobreza,\ de sus deidades\ hacen los cielos bondades\ mayo se despereza. Un bien escaso a tener en cuenta por nuestros abuelos fue la leña. El término de Benamira carece totalmente de arbolado, si descontamos la alameda junto al pueblo y la zona de matorral de roble atóctono que se da en los lindes con la finca de Villaseca.
Siempre le hemos llamado el monte porque no disponíamos de otro más frondoso, de robles esbeltos o de otras variedades de árboles de más envergadura. ¡Qué envidia de los pueblos limítrofes que pueden contar con la encina, el pino o el roble marojo! Un bien escaso y comunal había que administrarlo. Estaba prohibido cortar chaparros e incluso hacer támaras. Solamente disponía de leña el que tenía robles dentro de alguna finca propia. Cada año se elegía una zona del monte, se dividía en partes iguales y, a sorteo, se concedía una a cada vecino; su "montón" que podía talar y hacer acopio de leña para el año; con el miramiento de dejar todas las guías posibles de roble en ciernes, para una más rápida regeneración del matorral. A la familia que convivía con los abuelos se le concedía medio montón más. En los meses de noviembre y diciembre se hacía "la corta".
Los cobertizos se llenaban de leña recia y las calles de rimeros de támaras. Otros sistemas de ahorrar leña eran la estufa y la hornacha. La estufa proporcionaba un ambiente cálido y acogedor en la estancia de su nombre, "el cuarto de la estufa". Y todo con cuatro palos de gasto. La hornacha podía con las legumbres más duras a la hora de cocer el puchero, a base del fuego lento que hace la paja apretada y del tiempo de toda una mañana. Otra porción de leña ocasional la formaban los palos de los garbanzos.
La mata de garbanzos limpia de hojas y de grano era lo último que quedaba en las eras, rematadas las tareas de la recolección. Estas matas secas y ásperas como bardas hacían cocer el caldero de los cochinos durante unos días. Todo tenía provecho.
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Algo está cambiando... la vista atrás hasta donde el recuerdo alcanza nos encontramos con la vieja idea del mundo asilvestrado y salvaje en el que cualquier ser vivo era un competidor para los otros seres vivos. La relación del hombre con los animales era la de un adversario contra otro; era la ley del más fuerte; un sentimiento de desprecio por parte de los racionales correspondido con el de temor por el resto de los animales.
El gato robaba los torreznos cuando un torrezno valía por cien caviares. Por contra gatos y perros desconfiaban de cualquier gesto o movimiento del amo y fuera de casa no cruzaban la calle sin exponerse a una pedrada en los costillares. Los animales de labor eran estimulados a punta de tralla. El primer enemigo del pastor eran las ovejas y viceversa. El hecho de estar vivo era motivo suficiente para perseguir y dar muerte a cualquier bicho.
Un divertimento de la chiquillería era buscar y destrozar nidos. Cuando un cazador mataba una zorra se sentía con derecho a un agradecimiento por parte de toda la vecindad y, con la prueba al hombro, llamaba a todas las puertas en requerimiento de una recompensa por haber eliminado a una alimaña, al mayor enemigo del gallinero. Actitudes muy primarias éstas cuando nuestra ocupación constante era satisfacer las necesidades más primarias también. No se nombraba la Ecología.
Nadie tenía conciencia de perjudicar con su actitud al medio ambiente. No había razón para cuidarlo. Cada ser natural se cuidaba a si mismo. Poniendo en juego sus facultades peculiares, cada especie burlaba a sus depredadores: la liebre, ligereza y mimetismo; el gato, sus garras y su paciencia; el conejo, timidez y fertilidad; la raposa, astucia y resistencia al hambre... poblaciones animales eran numerosas y nutridas.
El equilibrio en el ecosistema suponía el control de las especies y de tal control devenía el alimento para cada ser vivo en la cadena alimenticia. Ahora que nuestras necesidades no son tan acuciantes y primarias nos distraemos en actos que llamamos culturales; decimos estar sensibilizados con la Ecología; nos declaramos amigos de los animales y les echamos pan a las palomas en la ciudad. Pero cuando me dicen que la zorra se adentra en las calles a comer de la mano de los benamireños, el hecho me entristece.
Veo al animal entregado, rendido y con la guardia baja mendigar un bocado que ya ni su constancia ni su astucia le procuran. El hecho no es aislado porque conozco también el caso de la zorra que visita a diario a un hortelano entre sus lechugas y tomates para recibir algo que comer, difícil de obtener por sus medios. ¿Dónde queda el orgullo animal?
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A través de la vasta llanura nevada cabalga al paso el viajero. Cae la tarde y la noche no es buena compañera. Atando su cabalgadura al único arbusto que a la vista se ofrece, decide esperar al alba arrebujado en sus ropas sobre la nieve. Al despertar el nuevo día se encuentra en medio de un pueblo y su caballo pende colgado de la torre de la iglesia coronada por una raquítica higuera que en una de sus rendijas germinó.
La bonanza nocturna había hecho desaparecer la nieve que el día anterior cubría el poblado. De relatos disparatados como éste autores hay en la historia de la Literatura. La veta de humor del Perico, un personaje en Benamira, tenía mucho de esto: de esperpento, de imposible y desproporcionado y un algo de mordaz y sarcástico, tal que los relojes fritos y los elefantes zancudos de Dalí. En su vida fue pastor y sus relatos y cuentos de viva voz tenían invariablemente a la naturaleza como referencia. Se sonaba un caño de la nariz tapándose el otro y alguien se lo afeaba... - Mira que eres marrano, Perico. - Más guarro eres tú que te los metes en el bolsillo.
Respondía. Ya mayor y con sus piernas cansadas, si alguien le urgía en el camino para que fuera más deprisa, su respuesta era: - Pues aún me se otro paso más corto. Era cazador. Aún me parece ver sobre sus rodillas la escopeta de un solo caño, de gatillo externo y sin amartillar, al hallarse en reposo. Pero según contaba, los procedimientos que empleaba para cazar eran muy variados y curiosos. A los conejos con tabaco.
Ponía tabaco sobre una losa; venía el conejo, lo olía, le hacía estornudar y por la cabezada que se da al estornudar, se golpeaba de morros contra la losa, se aturdía y aprovechaba para cogerlo. A veces ponía garbanzos crudos. Los conejos cierran los ojos para masticar algo tan duro, como hace todo el mundo. Momento oportuno para echarles el guante. A las liebres con puntas cuartoneras. Esperaba a que la liebre, en su carrera, pasara por el pie de un chaparro.
En ese preciso instante le lanzaba una punta a las orejas y atravesándoselas, se quedaba clavada en el tronco. En una ocasión la liebre consiguió escapar, aún con la oreja perforada; pero al poco, estando encamada, le pasó por encima otra que huía; con tan buena suerte para el cazador que metió una pata por el agujero de la oreja de aquella; se enredaron y cobró dos piezas en un solo lance. Casualidades.
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Era el Perico ocurrente y socarrón. Al apacentar su rebaño por los aledaños de la carretera general y muchas veces su firma o marca -ignoro si sabía leer y escribir- le sirvió a la guardia civil como justificante de su presencia en el moto de la provincia, en tal día y a tal hora, según sus ordenanzas. El comentario irónico que repetía sobre el tráfico y los coches de la general era: "Todos llevan prisa, todos van corriendo"; en contraposición a la vida tranquila y de lento discurrir de los pastores. A menudo en las noches lóbregas de verano, después de poner los rebaños a salvo de la tormenta, los pastores que habían cerrado en la misma majada se reunían en una paridera para conllevar el momento, para combatir la soledad.
Allí los comentarios hacían referencia al mal aspecto de la tronada, a las peripecias para poner al ganado a cubierto o a la perra vida de los pastores en general. El Perico, por llevar la contraria, no maldecía su suerte ni se deshacía en imprecaciones contra los imponderables sino que fingía preocuparse por sus amos: "Lo siento por mis amos, decía. Yo, aquí a cubierto, tapado con la manta y acompañado...
Y ellos estarán ahora desnudos y solos, con lo que está cayendo." (Forma de manifestar, si no la guerra, si la tirantez fría y callada entre amos y criados ). En repetidas ocasiones le oí quejarse de que, para muchos, los pastores no son personas. Para ello argumentaba: "Con frecuencia alguien comenta que por tal o cual camino o paraje va un hombre. Y otro con vista más certera puntualiza: No, es un pastor." vez venían el Martín y la Juana de sembrar garbanzos en las lomas de Pinazo.
Al Perico le supo muy mal que pusieran aquellos garbanzos allí a contrañada, porque iba a ser el único fruto a guardar en sus careos desde la Higuera y un estorbo para todo el verano. Total que al pasar por donde se encontraba el Perico, allá por los anchos de Pinazo, llevando la yunta del ramal, se les cayó la ropa de la mula y no se dieron cuenta. Cuando la echaron de menos en las Cruces se volvieron a buscarla.
Entonces se encararon con el Perico por no haberles avisado. La respuesta fue: "Sí que me he dado cuenta, sí; pero he pensado para mi...estos llevarán idea de volver porque dejan aquí la ropa..." verano, en el pastoreo nocturno, con frecuencia algún ganado entraba en los sembrados causando un daño de menor o mayor cuantía; bien porque el pastor se dormía o bien por quedarse de conseja; sobre todo entre los jóvenes, que éramos malos perillanes.
Si no se declaraba el daño, la autoridad reunía a los pastores en la Casa-concejo para aclarar el asunto hallando al culpable. En una de estas situaciones, en las pesquisas e indagaciones que se hacen, el alcalde puntualiza "...porque el daño lo han hecho entre San Juán y San Pedro..." Y salta el Perico: "Pues ya tiene a los culpables; si lo han hecho entre esos dos ¿qué pintamos aquí nosotros?".
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Algo se cernía en el ambiente que tenía los ánimos inquietos. Los pastores llenaban sus botellas en la fuente del Zacho, camino de las parideras de sesteo y entre ellos, sólo silencios, frases cortadas y palabras de mal agüero. La inquietud y la preocupación se palpaban. Las bromas y pullas de otras tardes se hallaban ausentes, barridas por un mal presagio. Lucía el sol, pero un telón de nubes torvas, desde los altos de Esteras a la sierra Ministra, avanzaba lento pero inexorable como tapa cóncava que al deslizarse cierra la esfera a la luz de la tarde.
La noche se precipita. Tendida la oscuridad juega la naturaleza con sus criaturas con fuerzas desproporcionadas. El ambiente de aquella tarde-noche se me antoja como el interior de una de esas bolas de escaparate que para llamar la atención emiten rayos constantemente y en todas direcciones. Luces inocuas e inocentes éstas a diferencia del temible rayo fulminante y mortífero, que sin cesar, llenaba los espacios de luz cegadora en tanto que el trueno sobrecogedor conmovía la tierra bajo nuestros pies. Y la noche convertida en bola de fuego.
El ganado pacía con ansias desusadas entre horas de ayuno y barruntos de desgracia sin alejarse de la majada. A no tardar, el fragor horrísono de la galerna, herida por mil puñales de fuego, hizo prudente ponerse bajo teja. Al instante, agua a torrentes y trozos de hielo deformes superaron el peor de los presagios, con tal furia que, machacadas las tejas, nos salvamos de la pedregada, no del vendaval.
El fenómeno fue de tal magnitud que las consecuencias se hicieron preocupantes. A conocerlas se echaron al monte, a caballo, los más vigorosos y resueltos hombres del pueblo, con el afán de ver y recordar a pastores y rebaños sin esperar al alba. No hubo nada en ellos que lamentar. Se hizo el día y quedaron a la luz las secuelas del desastre: cuesta de Peñarrubias quedó sembrada de cuervos, urracas, conejos y pajarillos muertos. El monte mostraba el ramaje roto y los impactos del granizo en los troncos. Y los peones cumplieron a un tiempo, porque lo que faltaba por segar quedó bajo tierra. De los Hornos al mojón de Anguita hubo que barrer los tejados y poner teja nueva. Los yermos del Campo quedaron machacados y los ganaderos de Villaseca cedieron a Benamira todo el hondo de la Hoya del Moro para que pastaran nuestros rebaños. La fecha de la efemérides la dejamos a lápiz en la puerta del granero los que la sufrimos: El día 26 de julio de 1955 cayó la tronada más etc...
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Verano. Cae la tarde. Se descuelgan las sombras y al inundar la vega predisponen a los labriegos a dar de mano. Son éstas las horas amables del día en las que el placer del trabajo hecho y la proximidad del descanso reparador hacen surgir cantos expontáneos en el tajo, en la besana, en los caminos... labradores se retiran dejando la noche para las alimañas. Para las alimañas y el pastoreo; porque los pastores a estas horas hacen el camino al revés, dejan el pueblo para afrontar la noche. Con los últimos rayos de sol sueltan sus rebaños que se dirigen a los rastrojos, a los barbechos, a los prados, donde los pastos son frescos y hallan el agua para beber en fuentes, acequias y ríos.
El ganado se muestra activo buscándose la vida por vegas y dehesas y, a altas horas de la noche, abandonan el hondo para continuar su careo por los yermos. En tanto el pastor tiene que aguantar el tipo de pie en contra de todas las inclemencias : la soledad, el silencio, la oscuridad, los ruidos misteriosos, el sueño, el relente, la desorientación y los caprichos del rebaño. Es importante no perder las referencias, las estelares y las de tierra: el guiño de los luceros, las luces de los pueblos, de los coches por la cuesta de la Sierra, por la carretera de Molina, por los altos de Laina; el resplandor del faro del aeródromo de Zahorejas barriendo su área en abanico, el sonido de los cencerros el silbido del tren...
Una situación grave es andar desorientado. Ocurre al despertar tras una cabezada en parajes llanos, escasos de referencias y en las noches como boca de lobo. Los puntos cardinales se te antojan cambiados, la luna sale por poniente; una hondonada en si cóncava aparenta un montículo, saliente y convexo, en plena oscuridad. Por eso las noches de luna llena suponen un alivio. Las horas pasan lentas. ¡Que perezosas se mueven las estrellas!
Las estrellas son reloj y brújula en las tinieblas. El carro gira sobre si amarrado a la polar. Las tres Marías se ven allá en el cénit de la bóveda oscura. Salen las cabrillas y se alzan majestuosas añadiendo una nota de amenidad a la noche. La noche es profunda y misteriosa. Los sonidos se propagan con más nitidez y a mayor distancia que de día; así ocurría que unos campanillos y una zumba que se oían desde el alto del Campo en dirección al poniente, eran las borregas de los Eustaquiejos de Esteras en Montealto, nada menos.
Característico e inconfundible resultaba, en las noches serenas, el roncar de aquellos primeros camiones Pegaso, los Pegasillos, echando los bofes en la cuesta de las Vueltas o en los Pajuceros de Anguita. Era su sonar más que ruido, sonido timbrado en tonos armoniosos, menos molesto que el del resto de los motores. El relente de las horas profundas de la madrugada destempla el cuerpo que pide reposo y no se lo puede permitir. Un pajarillo invisible vuela y trina en medio de la oscuridad.
Es el ruiseñor que anuncia el alba. Los astilejos,tres luceros alineados como cetro vertical, acompañados por un cortejo de estrellas, también principales pero menos refulgentes, a modo de apoteosis o colofón en el alborear continuo de estrellas y constelaciones. Al fin el lucero del día, altivo y poderoso como ninguno, trae consigo los resplandores del amanecer. El pastor se dispone a comer el último torrezno estaízo y con pan de diez días al amor de una lumbre.
"Qué a gusto lo cambiaría por un café con leche bien caliente con pastas y luego un chochín", piensa en voz alta. Sale el sol. Las ovejas medio asestadas se dirigen a las majadas. El pastor las cierra echándoles una maldición y toma el camino de casa. /A: Se decía que una mula se asobinaba cuando se caía en una posición que no se podía valer de sus patas para levantarse y necesitaba ayuda. Normalmente se la prestaba el amo, pero no amablemente alzando de aquí y tirando de allá, sino con la tralla.
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Comieron el pan de sus manos y el de otros hornos menos familiares. De ambas aguas, las naturales de las fuentes naturales y la química de grifos y cañerías. De los aires limpios del campo y la polución del asfalto y la ciudad. De libertades por unos grados de certidumbre para años venideros dejando, en suma, de ser cabeza de ratón para convertirse en cola de león. De nuestros mayores que vivieron dos vidas, la campesina estrecha y dura mientras les fue posible y la urbana nueva, desconocida e incierta a edad tardía.
¿Fue suerte o desventura vivir los dos extremos? Aventando la cuestión para separar las ventajas de las penurias, en el montón del grano sólo queda el hecho de ver la luz al final del túnel, de ver nuevas formas de vida - no de disfrutarlas - y de llegar a tiempo para comprobar que la de sus hijos ha de ser una existencia más llevadera. En tanto que el país vivía inmerso en la llamada transición política, nuestras gentes habían iniciado, una década antes, su particular transición más radical y profunda, mas penosa e incierta que el simple cambio en las formas de gobierno de la nación. A ellos les tocó vivir la agonía del pueblo.
Una agonía natural ante el hecho de que la tierra no resistió una división más de las haciendas para que cada hijo viviera de lo heredado. No había pan para todos; así que detrás de ellos, nadie. Bien supieron adaptarse con rapidez a la mecanización del campo y ello les daba para vivir, lo cierto es que de él comía únicamente el matrimonio que quedaba en cada casa; los hijos ya estaban en la ciudad.
No había solución de continuidad, ni hacía falta porque cuatro máquinas suplieron a toda la población rural. Pero una agonía no es agradable. Es duro tomar la determinación de vaciar la casa de toda señal de vida y cerrarla; hacer caso omiso del valor que siempre dieron a sus cosas para abandonarlas de golpe; dejar el pueblo, lo conocido, lo familiar, el medio rural que dominaban, su autonomía...Y todo a cambio de una vivienda, en nada semejante a la casa natal, incrustada en una comunidad de vecinos hacinados, en un barrio desconocido en el que cada norma es una barrera, con un trabajo y un salario que da preocupaciones y priva de libertad.
Tener el cuerpo en la ciudad y el alma en el pueblo donde se nació no puede ser fuente de felicidad. No les tocó una buena época. Epoca de cambios. Cambios tan rápidos y profundos que resultaban brutales. Cambios que, si bien suponían modernidad, ésta se pagaba a un alto precio. Nuestros padres no se merecieron ni la vida estrecha y dura que dejaron atrás ni el desplazamiento y el desarraigo que vivieron en la ciudad.
Amén.
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En cierta ocasión mostraron un elefante a un grupo de invidentes. Después de palpar al animal se les pidió que lo describieran. Los que tocaron sus patas decían que un elefante tenía la forma de una columna redonda y resistente. Los que palparon su barriga, intentando abarcarla con ambos brazos, lo concebían como un voluminoso tonel, como una cuba. Otros dieron en tocar sus colmillos y lo tomaron por una bestia de largos cuernos.
Si era la trompa lo que tocaban decían que era una serpiente gruesa y poderosa. Si la oreja, que plano y extenso como hoja de lampazo; si la cola, fino y largo como una soga. Ninguno dio la idea aproximada de la anatomía del elefante por tomar la parte por el todo. De la misma manera yo me forjé en mi infancia una idea limitada del mundo con los elementos de juicio que tenía ante mi, en mi casa, en Benamira, en los pueblos del entorno.
El que no ha visto nada distinto no puede hacer comparaciones, ni determinar, por ende, qué es mejor o qué es peor. Yo no concebía mundos mejores que mi mundo; tierras más generosas que las mías, ni otras gentes que vivieran de manera más desahogada, gentes que no pasaran las mismas fatigas y estrecheces que mis mayores. Visión parcial, recortada en extremo y falsa en consecuencia como la de los ciegos del cuento.
Y ésta era la creencia generalizada entre los labriegos adultos que, dados a esa vida sin levantar la vista de los terrones, vivían conformes con una agricultura dedicada al monocultivo del cereal al siete por uno de rendimiento, practicando el barbecho porque no daba para más y con una ganadería siempre hambrienta. Años después, levantando el vuelo para ganarme la vida por otras latitudes, di en conocer tierras y lugares más afortunados en nada parecidos a mi Benamira natal.
Tierras tan fértiles que no necesitaban descansar, no se practicaba el barbecho, por tanto todas las épocas del año era tiempo de recolección. Tierras de cereal cosechado por vagones, tierras de olivares, de almendros, de viñedos, de frutales, de huerta con toda la gama de hortalizas desde el cacahuete a la sandía y, en fin, producciones todas en cantidades industriales. Para finalizar quiero citar dos hechos curiosos que contrariaban el orden de las cosas que de crío me había formado.
Que una planta de tomate crece muy alta (poniéndole testigos) y que dos dan fruto para el gasto de una familia; mientras que las que plantaba mi madre no pasaban de cuarenta centímetros y los cuatro tomates pequeños y desiguales nunca se ponían colorados. Y que los productos que a la chiquillería nos parecían más exóticos y delicados en la tierra de origen se les tenía por demás, eran tan abundantes que ni se recogían: higos, brevas, castañas, granadas, nísperos, cerezas, membrillos, caquis y otros
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La vida era difícil. En unos tiempos en los que todo había que hacerlo, sin más tecnología que el celo y la inventiva de las gentes, el bienestar de la familia, la calidad de vida de un pueblo tiene mucho que ver con la administración, el trabajo y los desvelos de los mayores; principalmente de la mujer -en todo tiempo se da un matriarcado subyacente. Yo viví esto desde el papel de hijo que es el más cómodo, el menos responsable y con una actitud egoísta como todos los hijos (que me sirvan, que me atiendan) y como el gozar una vida más o menos placentera está en función del número de necesidades y pequeños detalles que tengamos satisfechos, es a la madre a la que más debemos porque es la que vive y se desvela por la familia, olvidando adrede sus derechos en beneficio de los suyos. Por otra parte estábamos obligados a ser autosuficientes: si quieres pan háztelo, si necesitas carne críala, si legumbres u hortalizas cultívalas, etc.
Y la máquina para todo era la madre. Las manos de la mujer eran tan sabias, aglomeraban tan amplia gama de oficios que la hacían imprescindible. !Qué difícil resultaba ser madre de familia¡ de atender la casa con todo lo que eso conlleva, eran propias de las mujeres las siguientes parcelas de trabajo : -La cría de animales domésticos\ -El cuidado del huerto\ -Hacer el pan\ -Hacer la matanza y la conserva\ -La escarda\ -Ayudar en la era\ -Y otras labores puntuales como hacer jabón, teñir la ropa, hilar, hacer punto, zurcir y remendar, repostería y hasta primeros auxilios. En estas parcelas en las distintas tareas que las componen resulta una gama interminable de quehaceres a atender: desde matar un animal y aderezarlo hasta poner una lavativa; desde luchar contra las moscas a rehacer un colchón... hombre tenía sus tertulias y días libres.
Cuando el tiempo no lo permitía no salía al campo y pasaba el día vagueando; esto se expresaba con la frase \" en día de agua, taberna o fragua". Eran los lugares públicos a cubierto. A la taberna iban los jugadores del naipe y bebedores; en la fragua platicaban los ahorradores, de carácter ahorrador unos y por necesidad otros. Las mujeres no tenían dónde ir, ni en los días festivos remitían las obligaciones caseras.
El hecho de juntarse las vecinas a coser por las tardes al sol, cosiendo botones y repasando la ropa toda de la casa, se consideraba el"tiempo libre\" de la mujer. Y dentro de casa, en familia, en la mesa lo común era importunar a la madre constantemente: madre, mis calcetines; madre, pan; madre, un tenedor; como si todos estuvieran inválidos para moverse.
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El Cabezo de la Sierra Ministra se alza, encima de Torralba, en la divisoria de las aguas entre el Henares y el Jalón. Desde allí hacia el saliente y a mil doscientos metros de altitud se extiende un páramo que, en orden de alejamiento, comprende los parajes de Montealto, el Mediano, los altos de Esteras, el Monte, el Campo, Villaseca, los altos de Laina, de Maranchón, de Judes...\ altiplano, en otras edades macizo, se halla hoy hendido y horadado por profundos barrancos y valles, a modo de cortes al centro en una tarta nupcial, abiertos por la erosión de las aguas.
Por cada uno de ellos discurre permanente un arroyo o riachuelo que hizo posible el asentamiento de los pueblos que viven al amparo de sus vegas. Al oeste, al encuentro del Tajo, nacen el río Henares en el pueblo de Horna y el río Dulce en Bujarrabal. En dirección opuesta, hacia levante, desde Ambrona y Torralba baja el arroyo de la Mentirosa a unirse al Jalón en el prado de Fuencaliente. Las aguas del valle de Benamira y las del importante brazal que nace en Esteras conforman el nacimiento del río Jalón.
En Valdelmonte se inicia el gran surco que supone el barranco de Azcamellas y en el mojón de Villaseca comienza y se abre amplio y profundo el barranco de Sayona. Sigue después paralelo, amplio y rico en aguas el valle de Arbujuelo. Este valle no se va abriendo desde la nada como los anteriores sino que supone un hundimiento en el páramo, formando un escalón vertical, amplio y profundo que desemboca en Las Salinas.
Y tras un nuevo espinazo de cuestas empinadas, el valle de La Olmeda. Seguimos hacia levante y en lo más alto del páramo, en Laina y Ures, se inicia otra corriente de agua, el río Blanco, que baja por Velilla a unirse con el Jalón, no sin antes formar el salto de agua que alumbra a todos los pueblos cercanos hasta Benamira y Garbajosa. Curioso es el manantial que nace encima del pueblo de Ures por abundante, porque no hay ningún promontorio del cual aflore la corriente y porque en otros tiempos fue rico en cangrejos.
Por el sur, entre Maranchón y Ciruelos se va formando el Tajuña que pasa por Luzón y Anguita. Las aguas de los distintos nacederos de la Vega, en Benamira, como son el Maíllo, el Haza del Niño y los Tajones, se unen con el arroyo del Prado en Aguilar y van al Tajuña. Este recuento de corrientes fluviales es para resaltar la abundancia de aguas que afloran por estas tierras, hasta el punto de hacerlas insanas para el cultivo, y ello sin tener la orografía de la alta montaña, que sería depósito de nieves para alimentar a dichas corrientes, como ocurre en las fuentes del Moncayo.\ que el agua rezuma o mana por infinidad sitios y que en lo más alto de un paraje nazca una fuente, como la del Collado en Esteras.
La piedra caliza denominada toba abundante en la zona, la sima de Arbujuelo y la cueva, con agua en el fondo, descubierta en la puerta del Martín en Benamira ponen de manifiesto la abundancia de aguas subterráneas.
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(Continuación) donde crecen juncos y carderas nace agua o está a punto de brotar, a nada que los días vengan húmedos. De hecho todo el valle de Benamira es un humedal, a juzgar por el nombre genérico de "prado" que muchos parajes obstentan: praderas de las Yeguas, prados de Esteras, el prado Cerrado, las praderas del Zacho, el prado Redondo, el prado de la Higuera, el prado de Pinazo, el prado Estevilla.
Además otros nombres hacen referencia directa al agua: la Laguna, los Ojillos, el Ojuelo, los Juncares, el Ojo de la Cruzada, las Pontezuelas, las Tablas, el Caño, el Hontanar, las Lagunillas... capa freática debe hallarse tan somera que mana agua por todas partes. Las vegas, prados y dehesas están recorridos por una rez de acequias y calzadizos para dar salida a los distintos manantiales. Porque los prados citados fueron eso, prados, para ganado mayor (vacas y bueyes) arroturados después para dedicarlos al cereal.
Hoy son fincas de simienza poco sanas y fértiles en carrizos, brozas y malas yerbas. Un suelo arcilloso y abundante en yeso como es el de Benamira es, en buena medida, impermeable; las aguas no se filtran y dan lugar a barrizales duraderos y a fincas convertidas en humedales en los que no se puede entrar. He visto, y valga el ejemplo, todo Valdehambre sin poderlo barbechar en ninguna época del año. Y sirva también como testimonio en la actualidad el problema que supone el agua a la vía del AVE en la umbría de los Hornos.\ muy común una acequia como linde entre dos 'piazos' (en mayor medida antes de la Concentración y la mecanización del campo.
Antes de concentrar las tierras no hablábamos de fincas sino de 'piazos'). Esto que dicho así parece no tener mayor transcendencia, le suponía al labrador unos trabajos añadidos que eran los más penosos: desorillar, y la yunta que no arrimaba; hacer acequia cavando a pala dentro del agua; hacer calzadizos. Más que trabajos eran matahombres. Lo eran los drenajes subterráneos para sanear unas tierras. Eran zanjas profundas con un regato en el fondo, cubierto de piedra por donde discurría el agua con salida a otra vía principal y tapada después, procurando que no se cegase.
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(Continuación) no hay que retrotraerse a tiempos remotos para tener conocimiento de estas labores; porque aunque uno no es ya un mozuelo, tiene alguna experiencia en ellas. Me hallaba una mañana con mi padre haciendo calzadizo en la Puente Arriba. Yo acarreaba la piedra con los machos desde los gallineros de los Portales y él lo armaba. Había venido de vacaciones y me acababa de echar de novia a la que hoy es mi mujer.
Esperaba carta suya y no llegaba. ¡Qué angustia! Tanta como para no borrarse jamás de mi recuerdo. Cada viaje que hacía me pasaba por casa a ver si había llegado el cartero y nada, aquella mañana no recibí lo que tanto esperaba: aquellas líneas de cálidas palabras alimento del alma, bálsamo del ego y alago para el orgullo. Yo desfallecía. ¡Ya me ha 'dejau'! pensaba entre sudores; y no era el trabajo el que me acaloraba, precisamente. Tengo el capricho de hacer un recuento de los puntos y parajes que han sido siempre nacedero o afloramiento de aguas en todo el término de Benamira.
Escalones Juncares Cuesta de la Sierra bebedero del arial de la Cuesta de la Sierra Casillas Higuera fuente de los Huevos salitre Tablas Caño, en uno y otro cerrado fuente Vieja Maíllo haza del Niño colada de la Vega praderas del Zacho fuente del Zacho fuente del Revés Pontezuelas ojo de la Cruzada Calzadizos hoyo de la Higuera fuente de San Roque fuente de los Burros huerto del Anselmo Ojuelo laguna de Villaseca Lagunillas fuente de Villaseca barranco de Sayona Nacedero pradera del Horno fuente de las Turras los años lluviosos aparecían otros manantiales de forma accidental en Hontanar camino de los Arrieros Jaboneras Turrao Recuévano Asomaílla hoyo de la Pila Cerrajones Cocota de Sayona Caberas cerrada del Molar cuesta del Monje particularidad de nuestras tierras es que son divisorias de las dos grandes vertientes de la península: la mediterránea y la atlántica.
Y entre ambas se da una zona neutral, la gran llanada de Villaseca que no da salida a sus aguas constituyendo una cuenca endorreica. Curioso es que las aguas de lluvia que caen en parajes contiguos, por un metro más allá o más acá, vayan al Mediterráneo por el Ebro, unas y al Atlántico por el Tajo, otras. Esto ocurre en el alto de las Dehesillas, Entre el Cerezo y el Maíllo, entre el alto del Campo y la Hoyas.
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Si bien se mira, determinadas circunstancias dan origen a hechos con los que no parecen tener relación a primera vista y, sin embargo, estos son consecuencia de aquellas. Las circunstancias del terreno en Benamira explican el hecho del estancamiento en los sistemas de trabajo; el no experimentar ninguna mejora en ellos; ningún progreso que acortara tiempo y esfuerzos. ¿Cómo es posible que el sistema de acarreo haya sido siempre a lomos de caballería?
¿Cómo no evolucionó a las formas del transporte rodado, más lógicas y cómodas? ¿A los carros y galeras tan usados en otras partes? La carga a lomos de las mulas requería primero, unos aperos o artilugios bastante complicados: amugas, angueras, anguerillas, costales y serones. Segundo, un arte en saber pertrechar bien la carga porque si no se caía (pasar las sogas por debajo de los vencejos al cargar los fajos hacía que la carga reventara hacia arriba).
Tercero, saber engavillar támaras, aliagas y cambrones. Cuarto, hacer esfuerzos que no se correspondían con el escaso rendimiento conseguido. Resultaba desalentador que tras horas largas de camino, con la zozobra de la carga que se tuerce, al descargar al pie de la hacina veías dieciseis fajos de mies que no abultaban nada. Por los caminos principales por el fondo de las vegas y dehesas podían ser practicables con carros, las fincas no lo eran.
Como ya se dijo en otra parte, había una red de acequias y regatos bastante tupida; las suertes terminaban en empinados costerones; Los desniveles se salvaban con pronunciados ribazos; los caminos de los altos eran sendas de herradura y los suelos arcillosos daban lugar a frecuentes barrizales. Otro factor en contra era la situación de las eras. Se hallaban junto al pueblo y ambos, en una plataforma a la medida que ha formado el barranco de la Peñaza en su desembocadura.
Desde el valle a la plataforma hay un repecho bastante costoso de salvar por cualquier medio rodado. ¿Y por qué no trillaban en Las Puentes o en el Prado Cerrado a pie llano? Por dos razones; por no restar tierras a los huertos o a los cultivos en general y porque las eras se hubiesen inundado con demasiada frecuencia en los fuertes vendavales de estío. El terraplén de la carretera hace de presa, anegando las tierras de puente a puente. Dos carros he conocido en el pueblo; el del tio Pedrito y el del tio Cosme y eso porque eran taberneros y tenían tienda de comestibles.
Los usaban para el transporte de cubas y botos de vino y otras mercaderías. Nunca salían de la carretera y nunca se emplearon en otros menesteres por campos y caminos. Sus dueños saben de penalidades, de restallar de trallas y de reniegos para subir la cuesta del Gredal con el carro cargado y las mulas impotentes y remisas.
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En cada casa había un par de mulas, la yunta. En las más pudientes, una tercera de apoyo o yegua de cría y en otras, sólo una pollina. La mayor satisfación para estas bestias era pasar el día en la dula, campar a sus anchas por los prados libres de ramales y de bridas. Un día el dulero alejado del ganado, notó que formaba un círculo a modo de conciliábulo y que, en lugar de pacer, permanecían todas con la cabeza alta en actitud gesticulante.
Acercóse disimuladamente sin hacerse notar y oyó cómo platicaban, pareciéndole interesante lo que decían. "Pues yo, a nada que puedo, le suelto una coz al amo porque no nos tiene ninguna consideración". Decía la Falsa del tio Antoniejo. "El hombre es injusto; paga nuestro esfuerzo con trallazos y reniegos". Sentenciaba el Tordo del tio Miguel. "Y si uno es manso y dócil te cargas con los trabajos extras: llevar la ropa, la simiente, hacer de cabalgadura...".
Apostillaba el Noble del tio Robustiano. "Eso es verdad, intervino la Gallarda del Anselmo; el macho que tengo yo por pareja es un vaina, un cabaza hueca y, como no es de fiar, me cargan a mi con todo". "Los hombres son raros y contradictorios, declara la Roya del tio Pedrillo, tan pronto te dicen so como arre". Las mulas del tio Florencio, sólo piel y huesos, protestaban con un hilo de voz avergonzadas de su aspecto sarnoso:"Pues nuestro amo nos mata de hambre".
"A mi el herrero me pegó el otro día con el martillo en los costillares y aún me duele; y total por nada". Habló un macho mohíno resabiado. La yegua del tio Eustaquio se coloca en el centro y toma la palabra. "Pues si todas estais tan quejosas de vuestros amos ¿por qué no nos ponemos de acuerdo y dejamos de trabajar, se pongan como se pongan?". "¿Y la tralla?" Apunta alguien. "Esta lo ve fácil porque no le hacen trabajar a ella.
Mira que gorda y lustrosa está..." "Si el único trabajo que hace es parir...". Murmuraban otras aparte. "No hagáis eso; aconsejaba la burra del tio Sastre desde su carácter bonachón y apacible. Mirad que por las buenas conseguiráis más". Dos mulas romas que no se separaban de ella por enmadradas le daban la razón. "Las que estén de acuerdo conmigo que levanten el rabo y las que no, que lo metan entre las patas".
Ordenó la yegua. La votación dio como resultado paro total: ni yugo, ni albarda, ni aparejos, ni tiro, ni nada. Pero deshecho el grupo al volver cada animal a su casa, con la sola compañía de su par de costumbre en la soledad de la cuadra, ninguna yunta supo defender sus argumentos poniendo en práctica lo acordado. hechas para ser explotadas.
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El abuelo Antonio, el tio Antoniazo, ya entrado en años no se resignaba a echarse a una orilla de la vida para verla transcurrir pasivamente, sin mostrarse útil, como estatua de piedra "con todo lo que quedaba por hacer". A su gran corpachón le fallaban los pilares; las piernas cada vez más torpes se negaban a obedecer. Atendía al ganado y lo que le resultaba imposible era el camino a Carramonte, al Mediano o allá donde se encontrara el rebaño. Mi padre compró una burra ya vieja y de toda confianza en Aguilar, para que fuera a las parideras a caballo.
Y bien que le sirvió para moverse con mayor autonomía sin más esfuerzo que el de montar a lomos de ella. El pobre animal veía muy poco. Tenía sendas nubes en los ojos tan tupidas que se veían desde un trecho. Este defecto la tornó desconfiada y sus recelos, para nosotros inxeplicables, la llevaban a posiciones de tal obcecación en no obedecer las órdenes de su amo, que se hubiese dejado quemar viva antes de ceder en su postura.
Y ésta fue la causa de algunos altercados a mala cara entre ella y yo. Un día que la trajeron de Aguilar, al intentar meterla en la cuadra, no había manera. Dijo que no entraba y no entraba. Al principio lo tomamos como algo razonable al tratarse de unas instalaciones nuevas para ella, el corral con luz eléctrica, otra puerta al fondo con un escalón... Pues entró en volandas; cuatro o seis hombre la llevaron en vilo, como a un santo en su peana, hasta el interior de la cuadra. Lo mismo lo repitió en alguna otra ocasión.
En el prado de la Higuera fui incapaz de hacerle comprender que cruzar un regacho de nada se podía hacer sin alargar el paso siquiera. Por más razonamientos y demostraciones prácticas que le hice dijo que no lo pasaba y no lo cruzó. Volvimos a casa por el Mediano, por donde habíamos vanido, con la consiguiente pérdida de tiempo. Lo peor de estos casos es lo chasqueado que uno se queda ante tan ridícula circunstancia. Esa vez fuimos mi madre, mi tía Juliana y yo con la burra a Torralba a coger el tren para bajar a Arcos.
Se aproximaba la fiesta y había que hacer algunas compras. En Torralba todo el mundo era bien llegado a casa de Gregorio Atance, el Cangrejo. Era este hombre activo y polifacético agricultor, ganadero, tenía tienda de ultramarinos, carnicería, tahona y se dedicaba a la compra-venta de corderos. Gran persona el tio Gregorio. Su casa comprendía una serie de instalaciones a modo de alquería donde templaban sus cuerpos y reponían ánimos los que llegábamos a pie de otros lugares a coger el tren. El caso fue que intentamos meter la burra a una de aquellas cuadras y, como no era la suya , no quiso entrar.
Después de porfiar un rato tres contra uno, allí se quedó en un corral hasta la vuelta. Una noche volvíamos mi padre y yo de la paridera del Mediano; yo a caballo en la burra y mi padre a pie veinte metros por delante, por el alto del terraplèn de la fuente San Roque. En un momento dado mi padre volvió la cabeza y no vio a nadie; la burra y yo habíamos desaparecido. El animal, doblemente a ciegas, pisó en el vacío y bajamos rodando ambos dos al camino de abajo.
Gajes del oficio. Sin dar importancia a las arrugas del vestuario ni al polvo por la caída, proseguimos.
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En mis años de estudiante tenía yo compañeros de colegio con los que hablar del nivel económico alcanzado por las familias de una y otra parte me acomplejaba. Ellos hablaban de tractores, de caballos de vapor, bombas de inyección, de máquinas agrícolas de todas las clases, de hectáreas y medían las cosechas por vagones. En tanto en Benamira estábamos aún en la yunta y la fanega. Eran chicos de Almazán, de MOrón de Almazán, de Gómara, de Tejado o de otros lugares de la zona.
Zona agrícola ésta próspera y privilegiada en la provincia de Soria con un suelo fértil, una completa mecanización y un alto poder adquisitivo que hizo de estos labradores el mayor contingente de compradores de los inmuebles construídos en Soria capital en el último bum de expansión de las ciudades. Un recuerdo remoto e indeleble en mi memoria es el de una excursión por la zona de pinares debido a la gran admiración que me causó el aspecto cuidado y moderno de pueblos como Covaleda, Duruelo, Vinuesa o Salduero que, lejos del aire rural dominante en la provincia, mostraban sus calles pavimentadas con aceras y farolas; los bares eran cafeterías con grandes superficies acristaladas, muebles de formica, novedad de la época, y luces de neón.
Los edificios y fachadas de materiales nobles y cuidados denotaban solidez y reciedumbre. Los pueblos, a partir de la industria de la madera, respiraban bienestar y confor. Unos años después de apuntar en la memoria estos signos de prosperidad, volvíamos un grupo de Benamira de la Matanza que los fines de semana, en invierno, organiza de cara al público el hotel Virrey del Burgo de Osma (vale la pena conocerla) y paramos en Almazán.
Era un domingo y en uno de los bares de la plaza mayor no había nada más que cuatro personas jugando al guiñote. La sala les venía grande, así como la soledad que en el centro de Almazán se respiraba aquella tarde. Y ahora tengo en mis manos un periódico en el que un articulista pone de manifiesto que, si bien el Numancia está en primera división y tiene que vérselas con el Madrid y el Barcelona, no hay habitantes en toda la provincia para llenar un campo de fútbol de estos equipos.
"Que Soria está considerada técnicamente como zona desértica". Y pone en el pensamiento de los políticos la idea de que como el número de personas que viven en toda la provincia no es considerable, pues no las consideran; no vale la pena pensar en ellas. Triste realidad.
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(Continuación) triste... pero es realidad. Ésa es la impresión que saqué de un viaje que hice a Soria hace tres años. Iba por solicitar unos papeles en el Catastro pero quise aprovecharlo como viaje de recreo; por eso fui en el tren, no por carretera, con mi cámara al hombro y sin prisas. En el trayecto, con la nariz pegada a la ventanilla, las tierras y paisajes, por conocidos, me transportaban a mi infancia y con un cosquilleo en el alma hacía mis fotos: el castillo de Jadraque, Sigüenza y la catedral, la ermita de Quintanares, la estación de Torralba... aquí empezó la sensación de soledad y abandono, en Torralba.
La estación, que junto con el túnel fue en su día una gran obra, se hizo con los aires de un importante nudo ferroviario del que partían los trenes a Soria y Navarra. Hoy éste que me lleva es el único que circula siempre vacío y sufragado por la Comunidad de Castilla-León. En la estación, grande y hermosa, sobran todas sus dependencias y como pie de foto le tengo puesto: "De estación con pretensiones y altos fueros a humilde y olvidado apeadero" Soria tengo que decir que la impresión no fue mejor.
Y no lo digo por abundar o cargar las tintas sobre una idea preconcebida. Me pareció que todo le venía grande: los edificios públicos con su parafernalia de policías a la entrada y arco detector de metales; todo para cuatro o seis visitantes al día. La altura de los edificios y la angostura de las calles, en la zona de la plaza de toros por ejemplo, dan la sensación de ahogo, de querer calzarse unos zapatos demasiado pequeños.
Parece ser que todo lo nuevo se ha construído sin ampliar el casco urbano. Soria tiene edificios hermosos, como no los hay en otras capitales, llenos de historia y ricos en arte a los que uno no se cansa de admirar; y sin embargo los pude fotografiar sin que rompieran la armonía de los encuadres la presencia de transeúntes ni coches (la peste de las ciudades) que no vendrían a cuento. Las vistas muestran una ciudad solitaria. La calle Real es la más céntrica.
En ella se encontraban los talleres y profesiones de todos los gremios desde la Edad Media . Era el centro de toda la actividad artesanal de la ciudad. Pues bien, muerta la conocí en los años sesenta y muerta la vi en este viaje con todas las puertas cerradas, sin movimiento alguno y sin una paletada para darle un aire de grandeza por lo que fue o de modernidad que la ponga acorde con los tiempos. Al pie de estas fotos puse: pura, celta y goda, romana y moruna...\ ¿Dónde están tus moradores? menos son labradores, los más buscaron fortuna. Al tomar el tren de regreso me dio tiempo para enfocar un plano general de la estación.
Allí dormitaba el convoy que me había traído, hasta la hora del regreso a Madrid. Ningún ir y venir de viajeros, ninguna actividad ferroviaria y las hierbas y matojos creciendo entre las vías y las traviesas. ¿Qué fue de aquellos trajines de otros años? ¿De tus trenes sobre el Duero, de tus trenes madereros, tus rebaños?
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De tarde en tarde en nuestro vivir diario se nos manda cambiar el paso, como al soldado que en el desfile lo lleva contrario al de la formación. Y en los intentos de acompasarlo al nuevo ritmo nos mostramos torpes e inseguros. El último de los cambios a que me refiero se produjo con la supresión de la peseta y la implantación del euro en el año 2002. Con la peseta tan familiar y tan nuestra todo resultaba fácil y familiar a su vez: los chicos tenían la idea formada de la cantidad de chuches que entraban en una peseta de confites, de chufas o de cacahuetes.
El mozo conocía los caprichos que estaban al alcance de su bolsillo; si el chato de vino o la copa de coñac, la cajetilla de ideales o de "caldo de gallina", si la entrada al cine de butaca o de gallinero, etc. Y todos en general traducíamos en pesetas el kilo de patatas, el litro de aceite o el sello de correos. Lo hacíamos instintivamente, al momento y sin dificultad. De inmediato aplicábamos los conceptos de caro o barato; teníamos claro el salirnos o no de presupuesto; conocíamos la propina correcta a dar en cada momento porque, en el almacén de la memoria, de todas las cosas y asuntos pendía la etiqueta de su valor en pesetas. Con el euro y todo esto se derrumba.
Tenemos que trabajar en nuestras cabezas con unas estructuras nuevas que con el uso hay que ir consolidando y lo hacemos con lentitud, con dificultad y torpeza. Nos cuesta valorar las cosas; las cantidades pequeñas en euros son cantidades sustanciales en pesetas y nos engañamos nosotros mismos. Las monedas se nos van de las manos demasiado alegremente y nos quejamos, después, de un gasto mayor siendo que nuestros hábitos y nuestro tren de vida no han ido a mejor. Algo semejante ocurrió en Benamira cuando dejó de funcionar el horno público y el pan nos venía de fuera.
El cambio fue drástico y el desconocer las consecuencias hizo llevarse las manos a la cabeza a los cabeza de familia. En este caso, en la adaptación al cambio pueden considerarse dos vertientes. Una, fácil y cuesta abajo, por el descanso que supuso olvidar para siempre una serie de trabajos penosos y continuos: llevar el trigo a moler a carga a diez kilómetros de distancia, cerner, amasar, el acarreo a cuestas de la masa y los panes hasta o desde el horno, heñir y alimentar al horno de leña cuando el término municipal estaba repelado en extremo.
Y la segunda es la económica, la que podía traer la ruina a las casas. El tio Gregorio de Fuencaliente, como muy emprendedor que fue, puso una tahona en Torralba con la que abastecía de pan a toda la zona con su furgoneta verde y su hijo Mariano de conductor y expendedor. El pan que hacía no era ni barra ni hogaza; era un panecillo rechoncho en forma de huso, de unos trescientos gramos de peso, esponjoso y poco consistente; de los cuales cualquier tragapanes de la época se hubiera metido al coleto uno o dos de ellos en cualquier comida, de no tener en cuenta el gasto. Eso es lo que escandalizó a las gentes; que aquel pan no cundía; que cocido en el día y siempre tierno no paraba en la boca; que no valía para migas y sopas; que para el zurrón del pastor qué menos que un pan de estos y aún hará corto; otro tanto para la alforja de la yunta...Y la canalla que no deja de hacer viajes al cajón.
¿Cuánto pan necesitamos? ¡La ruina! Ningún cambio hacia adelante ha supuesto la ruina. Antes bien han servido para quitarnos de encima unos trabajos y unos usos que nos mantenían esclavizados. A medida que se han ido rompiendo moldes (los cántaros y la fuente pública, la despensa y la matanza, los baldes y el lavadero, el arado y la yunta, etc.) hemos conseguido un vivir más llevadero y por ende una sociedad más moderna y confortable.
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Por mucho que queramos a nuestro pueblo, hay que reconocer que con un clima ingrato y un suelo poco fértil la agricultura es ruinosa y la ganadería poco floreciente. A lo largo de toda su historia el asunto del dinero en Benamira fue un problema permanente de difícil solución. Esceptuando las cuatro familias más pudientes, las demás malvivían a base de privaciones y pidiendo prestado. Los bancos de hoy son las empresas levantadas por grupos o familias de prestamistas de ayer.
Para cantidades poco importantes, para una necesidad puntual o para terminar el año existía la figura del prestamista: el señor que prestaba en especie de lo que a él le sobraba. Y solía hacerlo con usura y alevosía. Con usura porque prestaban a unos intereses abusivos (cobrar dos fanegas por cada una prestada, por ejemplo) y con alevosía porque se cobraban en grano en la era, recién acribado sin dejarle llegar a las trojes y a la vista de todos.
Nadie podía esconder sus trampas. Un caso grave era reponer una mula que se moría; por el alto precio de una caballería y por la necesidad urgente de sustituírla; la yunta quedaba rota y las labores del campo sin hacer. Para tener este extremo cubierto los pueblos idearon un seguro, la Contrata, que los preservara de compras al fiado y de los usureros. Contrata era un acuerdo entre los labradores por el que se comprometían a comprar entre todos otra mula de las mismas características, pero sana, al labrador que perdía una.
Para ello se tasaba el valor de cada componente de la yunta con el fin de recibir, en justicia, el bien perdido. Incluso, en el caso de efermedad de importancia de una mula, un par de vecinos con el dueño la velaban día y noche. Quiero pensar que con esta precaución el pueblo veía cumplidos dos cometidos: solidarizarse con la familia que sufría el percance y evitar suspicacias sobre las causas de la muerte del animal. Para otras prestaciones de menor cuantía otra entidad, puramente local también, atendía a las necesidades de los vecinos, el Pósito.
Era éste un depósito de grano, legumbres, patatas y otros productos de los que poder disponer pagando un muy bajo alquiler. Se guardaban almacenados; pero como había mermas a causa del gorgojo, los ratones y la humedad el Pósito se hizo, al correr del tiempo, en dinero únicamente. El último rédito establecido antes de su estinción fue del 5%. Contrata y el Pósito, en su simplicidad, son ejemplos admirables de ayuda familiar y de proceder solidario.
Aspecto importante éste que hacía sentirse al individuo miembro del grupo arropado por él. Cuando el grupo es grande y el trato entre sus miembros no es personal estos conciertos no son posibles y el grupo se deshumaniza. Llegó el tiempo en el que estos servicios a nivel local se hicieron inviables. En tanto la iniciativa privada había creado los primeros montepíos para socorro y ayuda del público en general.
Concretamente funcionaron las Cajas de Ahorro de Ambrona y Medinaceli como montes de piedad sin ánimo de lucro. Rara era la casa de cualquier pueblo de la cabecera del Jalón que no tuviera sus trampas en Ambrona y Medinaceli; por dos razones, por el muy módico rédito que cobraban y porque nunca urgían a nadie a reintegrar el dinero, sin dejar por eso el usuario de solicitar nuevos empréstitos. Todo es producto de su tiempo, el final de estas obras llegó al ser absorbidas por la Caja Rural de Soria.
Entonces se le exigió a todo el mundo ponerse al día amortizando sus deudas en breve.
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A todo esto siempre hay un peor. Peor vivían los pastores con familia a su cargo, sin casa propia y sin más ingresos que la soldada. Peor aquellos que por sus taras físicas o la propia adversidad se declaraban indigentes y vivían de la caridad. Peor los llamados peones de la siega, murcianos, andaluces y extremeños que pasaban de mayo a septiembre doblados, agarrados a la hoz de sol a sol. Voy a hablar de los primeros. Una noche nos hallábamos el Sanroque y yo en el alto de los Posteros.
Acababan de retirar las ovejas de los rastrojos a los altos, como era la norma en el pastoreo nocturno, las mías desde el Val y las suyas desde el Arroyo y la Cañada. Llegados a este punto, el más alto del Mediano abierto al fresco de todos los aires, los ganados se aquietan y se tumban a altas horas de la noche. El Sanroque era un señor con una familia a sus espaldas, con muchas necesidades y su soldada de cuartal para cubrirlas.
Esta modalidad de pago se hacía en especie: una cantidad de cada uno de los alimentos básicos, harina para pan, patatas, legumbres; algún que otro enser, unas abarcas, una manta, etc. Más otra cantidad en dinero. (Seguramente que el término "cuartal" querrá expresar la cuarta parte de la soldada en especie). Por contra yo era un mozalbete despreocupado y con la osadía de decidir esto me gusta y esto no me gusta.
En aquellos momentos de tranquilidad, en la profundidad de la noche y por testigo las estrellas, se me ocurrió mirar en el zurrón qué me quedaba del avío que me había echado mi madre. Sólo llevaba un torrezno entre el pan de aquellos, todo tocino y poca corteza, que nada apetecían y que estábamos de ellos hasta donde se suele decir; e hice ademán de tirarlo con algún comentario despectivo. Pero no lo tiré porque me lo pidió suplicante el Sanroque que a su vez quiso indennizarme con unas ciruelas que había cogido por el Arroyo.
Yo, por deferencia, las tomé. Son instantáneas, flashes en la memoria de uno que ahí quedan imborrables, más por lo que tienen de penalidades que por su importancia en si. Otro es la pedrada que en otra ocasión le pegué nada menos que en la sién. Estábamos en el Arial de la Cuesta de la Sierra sentados en el suelo y me puse de pie para tirar una piedra a las ovejas que se iban a lo de Garbajosa; me salió por la culata y le di al Sanroque en la cabeza.
Todo en él fueron disculpas hacia mi. Sigo. Una mañana nos pusimos de broma todos los pastores después de cerrar a siesta y al entrar a la taberna alguien le quitó la gorra que acababa de estrenar y la pisoteó por hacer una gracia. A mi me dolió como si me hubiesen pisado las tripas. , pues éste era su nombre, sufría mucho de los pies. Aún me parece verlo moverse con dificultad por la Solana de la Higuera, tan empinada, sosteniéndose de pie a duras penas.
Para ayudarse se apoyaba en una vara larga como la de San José en el Portal de Belén y se hacía acompañar de un perro pastor. De aquí el apodo de "Sanroque", por lo de San Roque y el perro. El último que yo le conocí fue una perra vieja que compró en Jubera. Le costó un dinero porque estaba enseñada a guardar el ganado obedeciendo las órdenes del pastor. Recuerdo que presumía de ella haciendo demostraciones y porque guardaba los sembrados ella sola.
Bueno, pues le duró poco. Como a menudo estábamos en la carretera general en el Val, un mal nacido la mató con el coche haciendo por atropellarla, intencionadamente. Entonces vi al Sanroque llorar.
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Para hacer la recolección, con la rapidez y en el tiempo requeridos, se buscaban refuerzos en las personas de peones y agosteros. Peones eran los segadores, verdaderos profesionales de la hoz y agostero, el criado para la siega y la trilla durante el mes de agosto. La siega la hacían a mano gentes sin más medios para vivir que sus dos brazos. Comenzaban por mayo en su tierra; tierras fértiles y tempranas del sur de la península y recorrían las dos Castillas hasta que no quedaba una espiga en pie.
Terminaban en las provincias de Soria y Burgos, las más tardías, y aún había cuadrillas que se desplazaban después al Levante para continuar con el arroz. Recuerdo oir sus quejas de tener que justificar, de alguna manera, sus desplazamientos ante la Guardia Civil y de no tener ninguna reducción en el billete del tren cuando, alegaban ellos, su mejor certificado de pobreza y de buena conducta eran sus manos encallecidas y duras en extremo. Cada casa contrataba, de palabra, de dos a cuatro peones.
La siega duraba una docena de días a lo sumo; pero en tan corto periodo de tiempo se les daba el mayor tiento a las reservas para el año, a las conservas de la matanza. No se escatimaban medios para comer. Las comidas eran abundantes y suculentas como vamos a ver y las ollas y los clavos del cernedor-despensa quedaban vacíos. No se puede decir lo mismo de la cama, que no era otra que el pajar. Los peones y acarreadores se levantaban al amanecer.
Salían de casa camino del tajo en ayunas, únicamente con una copa de aguardiente en el cuerpo (algún bien se le atribuiría para hacer costumbre de este uso y a esas horas). Antes de salir el sol comían pan con cebolla para engañar el hambre hasta el almuerzo. La cazuela de migas bien untadas y acompañadas con uvas, seguida de otra de torreznos para almorzar era la primera dosis de energía del día; pero para aguantar el ritmo de la siega había que reponer esas energías a menudo.
A media mañana el agostero llegaba con los "bocaíllos" (el agostero hacía viaje tras viaje con las mulas llevando la mies a la era, al tiempo que suministraba todo lo necesario al tajo: comida, agua, tabaco, vencejos...). Los "bocaíllos" consistían en una perola de costillas, lomos y tallos en adobo combinados, regados con vino de calidad; calidad buena o mala acorde con la conciencia de los taberneros.
Al mediodía, la comida. El cocido con sus tres platos: la sopa, demasiado agitada por el traqueteo del camino; los garbanzos, bastante hechos por la tardanza; la carne, compuesta por tocino, güeña, gallina, restos del pernil y falda, pierna o cuello de cordero. Tras la comida se echaba una cabezada. Con el sol en la curva hacia el ocaso, merendaban. En la merienda la cocinera, el ama de casa, ponía arte e imaginación: carne guisada al vino, arroz de pollo o de conejo, costillas de cordero, tallos, jamón y postre.
El postre tampoco era simple; podía ser unas gachas dulces, buñuelos con miel, tostadas con vino y azúcar o leche frita. Un verano estuve de agostero con Anselmo Huerta, primo hermano de mi madre y en su casa oí por vez primera lo de la leche frita (no entendía yo como se podía freir la leche). La María, su mujer, si que sabía y la hacía muy rica. Puesto el sol se regresaba a casa. Se les recibía con la copa de aguardiente y la cena consistía en unas judías guisadas y un huevo duro. Dicho así parece que la vida del segador fuera fácil y regalada; pero no, aparte de lo duro que resultaba hacer el trabajo doblados desde el amanecer hasta el ocaso, en ninguna otra parte de su recorrido, apuesto, estaban los estómagos tan bien servidos.
Sea como fuere, el trabajo no se hacía a gusto a ninguna hora del día y lo expresaban así: "El saco vacío no se tiene y saco lleno no se dobla"
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Y hablando, como estamos, del nivel de vida de las distintas gentes que por un pueblo como Benamira podían desfilar, en el pie de la banasta encontramos los parias, los desheredados y menesterosos, los pobres de solemnidad que vivían de limosna. Unos iban de paso pidiendo de puerta en puerta y no se les volvía a ver; otros permanecían en la zona recorriendo los mismos pueblos con una determinada frecuencia, conocidos por todos, con su papel de pordioseros asumido y aceptado por los demás. Tiempo hubo en el que los pueblos aseguraban techo y cobijo al pobre para pasar la noche; no sé si por ordenanza local o por mandamiento de más altas esferas.
El caso es que al que le cogía la noche en el pueblo se presentaba al alguacil para que le procurara aposento y éste, por rigurosa adra, lo enviaba a la casa que le correspondía. El recibimiento y el trato dispensado habrá que pensar que sería según el carácter de los anfitriones; pudiendo ir desde sentarlo a su lumbre y a su mesa hasta mandarlo directamente al pajar sin más contemplaciones; pero nadie se negaba a recogerlo. Podía ocurrir que un indigente cayera enfermo y que necesitara asistencia médica; bueno, pues también por adra, un vecino lo trasladaba con una mula al pueblo más cercano donde se le pudiera asistir.
Este servicio recibía el nombre de "ir de bagaje". Con el tiempo crecen las suspicacias y la desconfianza. Las gentes se muestran menos voluntariosas y más reticentes a admitir a extraños en su casa. Hay que buscar otra solución. A alguien se le ocurrió levantar un techo permanente como asilo para estas gentes: "La casilla de los pobres" en la Colada junto a Las Puentes. Era ésta un casetón diáfano, sin ninguna división interior, con el suelo de tierra y paja y una chimenea para la salida de humos.
No recuerdo que tuviera ninguna ventana. Podemos imaginar el decoro y la higiene en la estancia. Si bien a los que estaba destinada no les importaba arrastrar su desaseo y su miseria personal, no estaban dispuestos a compartir la de los demás; por ello la mayoría no hacía uso de la casilla. Hay que añadir, además, que se hallaba siempre llena de pulgas. Fue peor el remedio que la enfermedad. El pobre al que los chicos temíamos como al "hombre del saco" era el Canelo.
Un pobre hombre tullido y cojitranco conocido por ese apodo, nunca por su nombre. Tenía mal carácter; nos metíamos con él y él con la chiquillería. Alguna vez llamaba a la escuela y con amenazas y grandes aspavientos hacia nosotros se quejaba a la maestra para que nos castigara. Un hecho que viene a corroborar la imposibilidad de compartir techo gentes tan liberales es el siguiente. De cuando en cuando llegaban familias de gitanos al pueblo; clanes enteros con todos sus miembros y sus reatas de caballerías y ocupaban la paridera que les venía bien, sin permiso ni licencia de nadie (eran los "ocupas" del momento).
Una paridera era el único techo capaz de cobijar a tan numerosa prole. Pues bien, en una ocasión sacando mi padre la basura de la paridera de Carramonte, no consiguió que las mulas entraran adentro para cargarlas como era la práctica. Y todo porque extrañaban el mal olor que habían dejado los gitanos.
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Otros personajes que en su deambular de pueblo en pueblo pasaban por Benamira ejerciendo sus oficios con sus industrias a cuestas fueron el cardador, el sillero, el componedor y lañador, el esquilador, los sogueros, el afilador, el capador, el retratista, los titiriteros y los venduriegos de todo tipo; algunos de ellos con mercancías ya tan olvidadas como la trementina, la pez, aceite negro, cera, almagre, aguarrás o piñas y estepas. Hablamos de "nuevas tecnologías" porque la eletrónica y la informática crean, con mayor celeridad que nunca, nuevas técnicas de trabajo a la vez que arrinconan otras viejas por lentas o menos prácticas (ej. la máquina de escribir).
Pero en todo tiempo se han producido cambios y avances, han surgido nuevas materias y máquinas, nuevas disciplinas y aprendizajes relegando a los archivos de la historia oficios y prácticas obsoletos porque otros sistemas los suplen. Es lo que ha ocurrido con los oficios arriba indicados, que han evolucionado o han desaparecido. Escribir sobre estos usos, sobre la vida en mi Benamira nunca olvidada, sobre sus tierras, montes, caminos y parajes me retrotrae a la infancia, me sitúo en ella y éste es mi juego.
CARDADOR.- Cardar la lana es una de las operaciones en el proceso para confeccionar una prenda (el proceso completo es lavar, desmotar, cardar, hilar, devanar y tricotar). Todas estas tareas las hacía el ama de casa con mucho esfuerzo, como lavar la lana hasta quitarle toda la mugre, o con tiempo y paciencia todas las demás. Sorprendente era la estampa de la lana tendida al sol porque se tendía sobre cualquier pared; sólo con tirarla contra ella se quedaba prendida.
Pero cardar era superior a sus fuerzas; lo tenía que hacer un hombre con la fuerza, la herramienta y la maña necesarias. Sus artes eran las cardas; dos grandes cepillos de 25 X 30 cm. de superficie erizados de dientes de acero. Una hacía de base y la otra se deslizaba sobre la primera. Con un juego de muñecas peculiar para voltear la lana dentro de aquellas fauces y varias pasadas quedaba desenredada, ahuecada, sutil, limpia y blanca como clara montada o copo de nieve dispuesta para la rueca.
SILLERO.- Los que venimos de tiempos más oscuros e inciertos, en los que no se conocía el plástico, las resinas sintéticas ni las fibras artificiales sabemos que todo el utillaje de una casa modesta se componía de las cuatro materias primas más comunes: madera, telas naturales, hierro y barro u otras de menor categoría. Concretamente las sillas eran de anea (inacha, entre nosotros). De tarde en tarde llegaba al pueblo el sillero a lomos de un burro que le ayudaba a hacer el camino, el hombre tenía una pierna de madera, y a llevar los enseres.
Pasaba un tiempro con nosotros porque comenzaba su tarea segando la anea en el río, allá donde encontraba tajo desde "El Prau Cerrau" hasta Las Tablas y El Caño. La dejaba tendida al sol y tenía que esperar a que se secara. Una vez seca la traía en haces al pueblo. Torciendo dos o tres hojas juntas formaba un cordón con el que tejía el asiento de las sillas a cuatro vertientes. Su lugar de trabajo era cualquier sitio al sol guardado de los aires.
Sentado en el suelo, con el fajo de anea al lado, el corro se lo hacían el montón de sillas desvencijadas, de todas las medidas y hechuras, que le traían para echarles culo.
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No era cuestión de tirar nada. Todo tenía arreglo o servía para otros menesteres. Un botijo roto servía para bebedero de las gallinas o tiesto para el geranio; una lata de conservas, para bebedero, comedero o medida en la distribución del pienso; una botella nunca se tiraba, era un útil escaso y se usaba hasta morir en el oficio; las ropas se arreglaban hasta quedar raídas en extremo; una cuerda, un alambre siempre tenían aplicación. La estrechez en el vivir me recuerda el comienzo de la película "Hijos de un dios menor".
Un piloto americano vuela explorando territorio africano por lo más profundo de la sabana. Se bebe una coca cola y tira la botella al vacío. Cae al suelo y la encuentra un indígena. La mira y la remira y no entiende qué puede ser aquello; pero comprueba que vale para horadar el suelo, vale para moler y guardar semillas, para contener agua, para romper frutos, se puede ver a su través, brilla y emite destellos, sirve para moldear el barro, etc., etc.
Un objeto de tanta utilidad y venido del cielo no puede ser sino don o dádiva de los dioses, piensa. Lo da a conocer a sus hermanos de tribu y pasa de mano en mano de unos a otros maravillados de aquel portento y todos lo quieren poseer. Y aquí empiezan los problemas. En su afán por ser su dueño nace la envidia y el egoismo, el engaño y las insidias. En un momento dado, uno le da un botellazo en la cabeza a otro y comprueban que también sirve para hacer el mal.
Los bajos sentimientos crecen como bola de nieve hasta dar origen a cruentas guerras fratricidas. Las piezas de un valor considerable como las sartenes de hierro con patas o sin ellas, las ollas y pucheros de porcelana, las tinajas, horzas y cocciones (grandes tinas de barro llamadas así porque en ellas se hacía la colada) se estañaban o se cosían con lañas, en el caso de la cerámica, cuando se horadaban por el uso o se harpaban.
El artesano entendido en estos menesteres era el componedor. También de tiempo en tiempo se personaban en el pueblo a pie y con toda su hacienda al hombro. Después de pregonar su llegada por las calles al grito de "¡Lañaooor y paragüeroooo!" se aposentaba en la plaza; encendía su fragua portátil, una lata con asa de alambre, y avivaba el fuego volteándola al aire. Con una gota de estaño derretido estañaba los poros en el metal y con un berbiquí perforador ponía lañas (grapas) al barro.
A todo esto, los recipientes compuestos no se tenían que salir. Una obra de arte. Como tal conservo yo un cocción con estos apaños. Los más creativos eran los hojalateros que recortaban las piezas de hojalata, les daban la curvatura adecuada y las unían con estaño en la elaboración de jarros, alcuzas, candiles, faroles, embudos, etc. Lo más caprichoso que yo he visto salir de sus manos era un anillo, un verdadero sello grabado con las iniciales del dueño, hecho en nuestra presencia de una perra gorda o una perra chica a base de martillo y maestría. El berbiquí era otra pieza original, digna de un museo y de una descripción que yo solamente muy somera puedo dar.
Era un eje recto con la broca en un extremo y un travesaño en cruz que, sujeto con dos correas al otro extremo del eje, formaban triángulo. Tirando del travesaño arriba y abajo en movimiento acompasado, las correas, en un enrollarse y desenrollarse al eje, le hacían girar.
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Si bien el grado de bienestar, las fuentes de la economía, los sistemas de trabajo en Benamira eran los que vengo desmenuzando para su conocimiento, la mujer atendía los quehaceres de la casa y sólo salía al campo en la escarda y a la era. No asi en otros puntos, sin salir de Soria, en los que se tenía por muy común la estampa de la mujer labrando con una yunta desigual y precaria formada por asno y mula. Se mostraba a mis ojos, tambien, la mujer gallega con la azada al hombro y la vaca del ramal, por la orilla de la carretera camino del minifundio, en mi primera visita a Galicia por los años 70.
¿Dónde estaban los hombres? La respuesta me la dio, en parte, la sobrecogedora procesión, mar adentro, que presencié en El Grove el día de la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores. Si impresionante se me antojó el desfile de embarcaciones siguiendo a la portadora de la imagen de la patrona en actitud silente pero rogando clemencia, me pareció, para los trabajadores del mar, trágico resultaba contemplar a las mujeres enlutadas que, desde la orilla y ya sin lágrimas, arrojaban al agua sus flores por aquellos que ya no habían de volver.
Respuesta a la misma pregunta era la caterva de gallegos que recorrían y pateaban la piel de toro con sus oficios a cuestas. Concretamente fieles a su cita en Benamira eran afiladores y sogueros. El afilador llegaba por cualquiera de los caminos principales empujando su carretilla; y anunciaba su presencia con el silbato múltiple de notas o bien haciendo la sirena con una lámina de acero en la piedra amoladora.
Variando la curvatura de la hoja metálica obtenía unas infexiones en los sonidos inconfundibles. La carretilla hacía de banco de trabajo. Para el camino rodaba sobre una rueda grande y ligera de llanta de hierro y radios de madera y se apoyaba en cuatro patas para afilar. El afilador la emplazaba en cada calle o plazuela; tras un toque de silbato, colocaba la polea desde la rueda , que así se convertía en motriz, al eje de las amoladoras.
Una tabla a modo de pedal con un tirante de cuerda a una manivela-cigüeñal hacía girar la rueda. Por qué aquel haz de chispas que se estrellaban contra los brazos desnudos y las ropas del hombre curtido no le inmutaban, siempre fue un misterio para los chiquillos que, absortos, le hacíamos corro. Si bien el grado de bienestar, las fuentes de la economía, los sistemas de trabajo en Benamira eran los que vengo desmenuzando para su conocimiento, la mujer atendía los quehaceres de la casa y sólo salía al campo en la escarda y a la era.
No asi en otros puntos, sin salir de Soria, en los que se tenía por muy común la estampa de la mujer labrando con una yunta desigual y precaria formada por asno y mula. se mostraba a mis ojos, tambien, la mujer gallega con la azada al hombro y la vaca del ramal, por la orilla de la carretera camino del minifundio, en mi primera visita a Galicia por los años 70. ¿Dónde estaban los hombres? respuesta me la dio, en parte, la sobrecogedora procesión, mar adentro, que presencié en El Grove el día de la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores.
Si impresionante se me antojó el desfile de embarcaciones siguiendo a la portadora de la imagen de la patrona en actitud silente pero rogando clemencia, me pareció, para los trabajadores del mar, trágico resultaba contemplar a las mujeres enlutadas que, desde la orilla y ya sin lágrimas, arrojaban al agua sus flores por aquellos que ya no habían de volver. Respuesta a la misma pregunta era la caterva de gallegos que recorrían y pateaban la piel de toro con sus oficios a cuestas.
Concretamente fieles a su cita en Benamira eran afiladores y sogueros. afilador llegaba por cualquiera de los caminos principales empujando su carretilla; y anunciaba su presencia con el silbato múltiple de notas o bien haciendo la sirena con una lámina de acero en la piedra amoladora. Variando la curvatura de la hoja metálica obtenía unas infexiones en los sonidos inconfundibles. carretilla hacía de banco de trabajo.
Para el camino rodaba sobre una rueda grande y ligera de llanta de hierro y radios de madera y se apoyaba en cuatro patas para afilar. El afilador la emplazaba en cada calle o plazuela; tras un toque de silbato, colocaba la polea desde la rueda , que así se convertía en motriz, al eje de las amoladoras. Una tabla a modo de pedal con un tirante de cuerda a una manivela-cigüeñal hacía girar la rueda. Porqué aquel haz de chispas que se estrellaban contra los brazos desnudos y las ropas del hombre curtido no le inmutaban, siempre fue un misterio para los chiquillos que, absortos, le hacíamos corro.
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En las tierras de más meollo y mayor componente orgánico, como son los huertos y el Ojuelo, se solían ver unas plantaciones espesas de cañas finas y rectas que hacían de la superficie sembrada un poliedro de dos metros de altura. Era el cáñamo, la materia prima para la confección de sogas, ramales, cinchas, sacos, zamarros, manguitos, etc. Hoy este cultivo estaría vigiladísimo si se hiciera con las licencias pertinentes o penado, si por libre, por tratarse de la cannabácea origen de los alucinógenos hachís y marihuana.
En éste como en todos los demás casos el mal está en el uso que se hace de ella, no es que la planta sea maligna. Los cañamones tostados, qué ricos, solían formar parte de las golosinas con que obsequiaba a la chiquillería la casa que celebraba un bautizo. Y de cáñamo eran las balas que disparaba un juguete, el "cuete" (cohete), que los críos nos hacíamos con un palo de saúco; una verdadera pistola de aire comprimido. El cáñamo se segaba a ras del suelo, se dejaba secar y se metía a remojar unos días al río.
Con esta operación se separaba la fibra de la cáscara. La caña es hueca y quebradiza de manera que, seca y en manojos, se machacaba en toda su longitud hasta quedar libre e íntegra la fibra después de soltar la parte leñosa. El manojo de fibra limpia recibía el nombre de maña y la parte basta que suelta al peinarla es la estopa o cañamazo. De la facilidad con que arde viene la frase hecha "dale estopa" con el significado de "prender fuego". Un artilugio simple y eficaz era la machaca del cáñamo: un tronco grueso de árbol de un metro de longitud.
Dos cortes de serrón a lo largo del mismo, convergentes en el centro del cilindro, desgajaban de él una cuña. La cuña se alojaba en y salía de su propio hueco accionada arriba y abajo por el operario que, a la vez, metía el cáñamo entre aquellas fauces y quedaba molido; salvo la fibra que resultaba irrompible. Esta pieza superior se hacía móvil y eficaz con un pasador a modo de bisagra en un extremo del tronco, con un asa al otro extremo y un perfil de hierro incrustado a lo largo de la arista interior que la hacía más rompedora. Cada casa que necesitaba acarreaderas, ramales para las cabezadas o las cinchas y senos para las angueras, con miras a las faenas veraniegas, hacía provisión de cáñamo y lo entregaba limpio, en mañas, a los sogueros.
Los artes de trabajo de estas gentes eran de lo más rudimentario: una tabla atravesada por una manivela terminada en gancho torcía el cáñamo para formar un cabo; y un sistema de cuatro manivelas torcía los cabos para formar cuerdas. Estos artejos se sostenían en unas tablas en T hincadas en el suelo con la altura apropiada para trabajar de pie. El artesano hacía girar uno de aquellos manubrios y torcía el cabo que otro formaba dosificando la fibra desplazándose cara atrás.
Los cabos hechos permanecían extendidos en el suelo entre dos estacas. Después se torcían de dos en dos, de tres en tres o de cuatro en cuatro para formar cuerdas más o menos gruesas y resistentes. Para ello enganchaban uno a cada manivela y accionaban las cuatro a la vez. Los cabos, torciéndose entre si, confluían en un punto en el que el soguero mantenía una pieza de madera en forma de piña con cuatro ranuras por las que se deslizaban.
Regulando este deslizamiento le daba a la soga el grado de torsión deseado.
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EL ESQUILADOR tio Lázaro venía de Alconchel de Ariza todos los años a esquilar las mulas. La memoria lo recuerda como un hombre tranquilo, paciente y constante cuya estampa irradiaba bondad. Invariablemente vestía su mono azul de tirantes cruzados, los fondillos descolgados y descoloridos y el moquero, a cuadros blancos y azules, mitad dentro y mitad fuera del bolsillo trasero. La boina en pico formando visera y el cigarro vacío olvidado en la comisura de los labios completaban su figura. A las caballerías de mitad para arriba.
Con unas tijeras especiales, pues tenían un corte perpendicular al otro, marcaba el ecuador del animal y cortaba el pelo de la parte superior con una máquina a dos manos; el resto no se esquilaba. Recortaba las crines, arreglaba la cola y recogía el pelo, suficientemente largo, para venderlo. Al final adornaba su labor trazando, en las ancas, un dibujo geométrico a base de líneas rectas, el ramo le llamaban, que venía a ser su sello personal. De vez en cuando un señor venido de fuera recorría las casas con una máquina portátil, limpia y reluciente hecha con algún metal noble resistente a la corrosión.
Este artesano, con los ingredientes que la dueña ponía a su disposición, elaboraba una masa de más calidad que la del pan, pues la enriquecía con aceite y huevos. Pasándola por entre dos cilindros de la máquina, hacía con ella unas cintas anchas y finas que apoyaba sobre los respaldos de unas sillas a lo largo del pasillo. Pasándola una segunda vez por entre dos rodillos estriados, la cortaban en hilos finos, los fideos.
CARTERO gran correcaminos fue el cartero rural, Estanislao Bonillo, el Cuatreño. Hombre alto, grande, desgarbado, curtido, cenceño, de faciones prominentes y dientes de caballo; cada zancada, metro y medio. Vivía en Medinaceli, arriba, en la del arco romano y subía a diario a la estación de Torralba a recoger el correo y repartirlo por todos estos pueblos de las fuentes del Jalón, desde Torralba a Arbujuelo.
Una caminata diaria de treinta kilómetros mal contados, con todas las condiciones climáticas imaginables. Calzaba albarcas todo el año y polainas y pellejos en tiempo de frío y humedades. Su indumentaria era la de un pastor; sólo le diferenciaba la gran cartera de cuero sobado y brillante por el uso. Le apodaban el Cuatreño por haber nacido cuatrillizo. Su carácter seco, el pronto brusco y el ser poco hablador terminaban de adornar su persona.
Sin embargo el que lo conocía sabía de él que era servicial y honrado: -Oye, Cuatreño, "traime una abuja pa coser albardas". Le encargaba alguien. -"Ves tú a comprala". Respondía. Y al día siguiente allí tenía la aguja.
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Unos arpegios a la guitarra van desgranando las notas que forman un delicado lecho a los versos del cantor, a las esencias del alma enamorada de su tierra, de lo suyo, de su entorno. Al sentir del poeta al natural, sin alardes, sin querer y sin proponérselo; pues no es más que un ser que siente y que deja fluír sus sentimientos y el halo sublime de lo poético le viene por añadidura. , Abel, por la inyección de lirismo y entusiasmo por la tierra que para mi supone el disco.
Gracias, muchas gracias. del cantor, de su prédica, de su jerga y su sencillez. de lo colosal, inmutable y duradero. un cerro en el lugar que fue mi cuna y orgulloso en las noches de luz besa la luna. como sultán de la testa coronada al débil, él en su alcazaba. montículos cárdenos de arenisca, el pie de praderas y hontanares salpicada la falda de rosales, su mole que el azul conquista. la presencia del gigante ahí a lo largo de los tiempos, al empuje de los vientos la pose, fijo el semblante.
¡Me fascina su poder impresionante! su pie se afanaron mis abuelos pacieron sus laderas los rebaños; semilla germinó año tras año sus faldas ocres de amplios vuelos. la cabecera de su valle es final y nacer de un nuevo tramo tierras labrantías, donde las manos que su labor el hambre acalle. él en las mil generaciones tragedias y los gozos del humano le afectan; contempla indiferente las acciones los vivos: desvelos y esfuerzos vanos los cuerpos avejentan. su lado todo pasa, y fluye, o mengua, o bulle el ser perecedero. , en cambio, permanece, constante, siglo es un instante, se inmuta ni perece.
Su existir es duradero. al colosal hermano. que a tu lado anduvieron uno más te tuvieron su vivir cotidiano. fuiste vecino, amigo, vigía, , gañán, aldeano, señor o villano de nuestros días. , castillo, del guerrero; , abrigo y solana andante friolero de rigor y pana. otros, repecho aleve de los vientos, en movimiento silbos, cellisca y nieve. tu eterno discurrir sido escudo o afrenta con el sentir alma del que te menta. las nostalgias de mi corazón encuentro admiración envidia sana hacia ti. me considero a mí, sentir es compasión. (De mi libro "POESÍA A PIE DE CALLE")
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El retratista era otro personaje particular y poco frecuente que aparecía por el pueblo en fiestas mayores, las fiestas de San Miguel. En las localidades cabecera de comarca se concentraban los servicios que los oficios o artes liberales prestaban, tales como la fotografía. Desde Benamira había que desplazarse a Sigüenza o a Arcos de Jalón para encontrarlos. Allá por el año 1950 mis padres quisieron hacerse el carnet de Familia Numerosa para acogerse a algún beneficio en el pago de tributos o de colegios.
Para ello necesitaban una fotografía del matrimonio con toda la prole ( cuatro era el número mínimo de hijos para que la familia se considerara numerosa ) y allá que nos desplazamos la familia al completo camino de Arcos. Esto que en si, hoy, no merecería ser citado, en su día supuso una jornada entera de viaje, dejar aparcadas las faenas diarias, los bichos aviados y la casa cerrada para ausentarse.
Bajamos andando a la Estación a coger el tren al amanecer y recuerdo que en los Boliches estaba de guardabarreras Bonifacio, el padre de Laura, sobrina del Martín y nos hizo entrar a la casilla a calentarnos las manos en la estufa de carbón (carbón de la Renfe, de los trenes de carbón). Conviene explicar que el terraplén sobre el que va la vía se formó no hace mucho con la tierra del túnel de Torralba.
Antes carretera y ferrocarril se cruzaban en un paso a nivel con barreras. Por otra parte he de decir que siempre ha andado por casa una foto anterior a la citada, de aquellas que se hacían a los niños como recuerdo de su paso por la escuela, con un mapa de fondo y algún libro sobre la mesa, como si de estudiantes aplicados se tratara. En ella aparecemos los tres hermanos sentados en un pupitre. Iban a la escuela Mariano y Jose y en la foto están repeinados (con la liendrera), la raya bien marcada (los últimos toques al pelo con saliva en la palma de la mano hacía de gomina), sonrientes, bien abrochados los cuellos de la camisa y del jersey (aquellos jerseis jaspeados que las madres conseguían mezclando lana blanca con lana negra) y con sendos libros en las manos.
Más guapos que un San Luis. La liendrera merece un comentario. Era un peine corto y ancho porque tenía púas por los dos lados. Púas finas y muy tupidas, tanto que no dejaban pasar las liendres. Yo, un mocosillo sin edad escolar aún, me hallaba por la plaza curioseando el evento y en un momento de inspiración mi padre me colocó, tal cual iba, entre mis hermanos cuando les tocó retratarse. Y así aparezco: despeinado de tres días, la cara con jorguines, los tirantes cruzados por encima del jersey y avergonzado, apoyada la cabeza sobre Mariano como resguardándome de algo.
Les rompí la pose. Una lástima. Quiero mostrar con esto que en alguna otra ocasión muy puntual hacía acto de presencia el fotógrafo en el pueblo. Donde se celebraban las fiestas mayores se desplazaba el retratista y no faltaban los familiares, los novios o amigos que quisieran retratarse juntos para dejar constancia del momento. El artesano conocía todo el proceso de la fotografía, en unos minutos entregaba la obra acabada.
La cámara oscura, las lentes convergentes, las placas de nitrato de plata, las distancias focales, los negativos y el revelado, en suma, no tenían secretos para él. Y todo ello con la máquina de fuelle y trípode de madera del que pendía un calderillo con agua, parte integrante del laboratorio. Inclinado sobre su máquina, se cubría con un trapo para conseguir la oscuridad necesaria y hacía el revelado; ponía los retratos en el agua e iban apareciendo las figuras sobre el papel.
Sólo había que esperar a que se orearan después.
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-¡Han venido los titiriteros!. ¿Vas a ir al teatro? . -Sí, al teatro de las sábanas blancas. Era tanto como decir que no, que se iba a la cama por no pagar la entrada.\ vez en cuando llegaban al pueblo los artistas de la legua y se anunciaban haciendo la ronda por las calles que la chiquillería alborozada les marcaba. La presencia de estos personajes, un tanto peculiares siempre, rompía la monotonía diaria y ponía un toque de color en la noche. El público acudía al salón del Concejo cada uno con su silla a pasar una velada distinta a las demás.
De la presteza en acudir dependía el ocupar plaza en el patio de butacas, de platea o del fondo sur. Más que representaciones teatrales eran piezas de baile, juegos malabares, o ejercicios con animales amaestrados. Así la memoria recuerda , en jirones, ver surgir una carta de la baraja, elegida al azar por el público, del interior de una naranja; o chamuscada, del cigarro del tio Julián; atravesarse las carnes con agujas calentadas con una llama; posturas o movimientos inusuales en un mono, una cabra o un buey.
Benamira vivió una familia de titiriteros. "Chispita" se hacía llamar el cabeza de familia. Al parecer eran buenos en el oficio y se ausentaban largas temporadas realizando sus turnés por los pueblos de la zona. Yo no los conocí. Estas gentes se circunscribieron a localidades de mayor número de habitantes, donde su trabajo les fuera más rentable, el Angel de las Herreras y el Chaornés de la Estación se dedicaron a hacer cine por estos pueblos.
El proyector era una máquina moderna e importante por su volumen que se emplazaba al fondo del salón sobre una columna amplia y resistente. De este periodo son las primeras películas con principio y fin que yo he visto, con títulos como El Sargento Yorck, Apartado de correos 1001, La Lola se va a los puertos, La Dolorosa...Y empezamos a conocer actores como Juan de Luna y José Bódalo. Con esto nos parecía, a mi y a los de mi edad, estar en la cresta de la modernidad sin salir de Benamira.
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LA HERIDA ...\ ...alboradas de verbena, en su esplendor. la grama una alfombra\ , encaje de brillo y sombras, de color. el tiempo no baraja tierra no muda el ser a la vista todo encaja.\ veo como era ayer. llanuras con los cerros, cuestas con los ribazos, aguas en las praderas,\ fuentes y sus regatos. valle con sus laderas, posteros en las cumbres, luna allá en el río, asomada entre las nubes. aljibes, las solanas, umbrías con desgana, dormidos chaparrales sus sombras fantasmales de musgo y liquen... álamo y el nogal su fronda al humedal. los sauces airosos los cauces aguas lentas\ se sumen afloran luego en ojuelos vida a los majuelos rosa, néctar y polen.
¡Ah, los paisajes de mi tierra! contemplo con fruición me dan la solución restañar nostalgias. alma se goza en ello reconocer su sello rememora su infancia. ...¡Ay, dolor! allá en la lejanía se rompe la armonía, se muda la color... ¡Un tajo! ¡Un corte descomunal alguna fuerza infernal hasta perder de vista! , terraplenes, en vez de eriales, por mitad hendidos las credenciales.\ de artificio, a plomada al aire el vestigio feroces dentelladas de algún maleficio. la herida se perfila estertores y colores , cárdenos, bermejos la tierra cruda y dura aflora y muestra de lejos abominable hendidura. temblor, nubes de polvo, paz del yermo revienta. estruendo horrísono turba el firmamento, suelo se remueve en sus cimientos la roca salta y se fragmenta. después con rechinar de hierros\ máquinas sin alma, de acero\ amontonan, aplanan, arrancan y muerden, entierran, horadan,\ todo lo pueden... alimañas corroen la tierra\ las sierras sus entrañas.
¿para qué? -me pregunto en vano- "pa na" -diría el villano- "pa" que corra un AVE no "pué" volar. hay derecho. que al menos se dijera Atlas coloso lo hiciera\ y por despecho. "POESÍA A PIE DE CALLE"
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El Benamira de mis recuerdos... Benamira que plasmé en el pregón de las fiestas ya no existe. El de las puertas abiertas todas al amanecer; el de las cuarenta y cinco columnas de humo al salir el sol; el de los caminos y campos animados por sus gentes y sus haciendas : yuntas, rebaños, parideras, palomares y colmenares cumplió su cometido y pasó. Existe el que hoy conocemos. Ese remanso de paz , como rezan unas baldosas a su entrada, con sus casas actualizadas pero vacías; sanatorio, solarium, balneario, estimulación y reposo para los que huyen el fin de semana del hacinapersonas que es la gran ciudad. El pueblo en su plenitud contó con sesenta y siete casas.
Yo las conocí todas en pie; diecisiete de ellas han desaparecido, sólo quedan los solares. Para que quede constancia de que existieron y llevado por la nostalgia de haberlas visto habitadas desapareciendo luego sin dejar rastro, quiero nombrarlas una a una. La de Juan García, frente a la del tío Cecilio. En ella nacieron Teófila, Martín, Raimunda, Emilio, Tomasa y Manolo. Un rumor me informa de que Laura, hija de Tomasa , que vive en Valencia había pensado levantarla. En esta casa vivió algún tiempo el pastor apodado "El Sanroque" ; en ella tuvo un hijo que nació muerto y a la chiquillería nos lo dejaron contemplar.
Un mortijuelo tan común entonces en cualquier familia y una imagen que no se me ha borrado jamás. Portegao. Le llamábamos así a la casa de la tía Andrea por el atrio techado que tenía a la entrada, lugar apropiado para juegos infantiles. Estaba en lo que hoy es el garaje de Conrado, pues eran familia. Andrea era viuda a causa de la guerra civil; su hijo Manolo García siempre ha residido en Madrid. La del tío Hipólito.
En ella nació la por todos conocida tía Basilisa ( hagamos votos para que nos dure muchos años ) y sus hermanos. Era grande, con un corral a la entrada recuadrado por una serie de dependencias anejas que le daban el aire de una verdadera alquería castellana, aspecto que ninguna otra casa del pueblo tenía . Una calle la separaba de la del tío Pedrito. Desde un año de gran sequía en el que cada vecino se procuró su pozo para sacar agua, siempre se vio en la cabecera del corral la bomba aspirante encaramada al tubo vertical por donde aspiraba el agua.
Era la bomba de hierro colado, accionada a mano, que aún se vende en las ferreterías como reliquia. La del tío Alejandro Benito, abuelo de Felisa, Constantino y Arturo. Es el solar enfrente de la casa de Anselmo y María ( q. e. p. d.). En ella vivió Bernardino, conductor de automóviles en Madrid que, caído en desgracia en la guerra civil, vino por estos pueblos a ganarse la vida de pastor, oficio que desconocía y que tuvo que aprender.
Todos lo conocimos por el apodo de El tío Madrileño. Tuvo cinco hijos, el pequeño, Daniel, de mi quinta. Esta familia se ha puesto de ejemplo a la hora de ponderar el hambre y las penurias que en aquel entonces una casa podía padecer. Continuará
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PREGÓN DE FIESTAS BENAMIRA 2005 ¡Hola Benamira! ¡Buenas noches, Benamira! toca a mi este año daros la bienvenida a estas fiestas de verano que hace unos años nacieron fruto del entusiasmo de todos, con lucidos festejos taurinos inclusive. presente pregón lo tomo como un privilegio y lo hago de todo corazón. . desde aquí a los hijos, a los nietos y biznietos de aquellas gentes que fueron y que son mi pueblo.
El pueblo que yo viví. El que llevo en la memoria. que hacía de Benamira un lugar vivo y autónomo ,como tantos otros, pero que para cada uno el suyo es el primero. que, recordada por sectores, es un deber nombrar a los chicuelos que daban vida a esta plaza con aquel carrusel largo y variado de juegos infantiles: la dola, los "teveos", el aeroplano, las cautivas, los cartones, el bote, el escondite, a la jaraba, al corro, a los pollos revolaos y tantos otros. un deber nombrar a los mozos y mozas. del pulso firme en la esteva, ellos.
Los de la mano dura en el juego de pelota. Centauros al galope en las mulas a pelo al guardar el grano en las trojes. Y entre quehacer y quehacer, prestos siempre al requiebro y la ocurrencia a la moza casadera... garridas, lozanas y hacendosas ellas. Sabiendo estar; guardando su lugar en todo momento, sin dejar por ello de realzar su figura; tanto como el buen gusto y la lozanía de los años mozos les permitían. los hombres con una familia a su cargo; pegados a la tierra con sus problemas al hombro siempre: sembrar y que quede para comer, procurar la matanza, el tiempo que no acompaña, la cosecha incierta... nuestras madres atadas a la casa, su puesto de trabajo con más tareas que días tiene el año.
Su símbolo podría muy bien ser la mujer con la cesta de ropa o el balde de cacharros a la cadera camino del lavadero, de la Cepilla, de los Chorrillos... o con la canasta de masa acuestas los días de horno. es el Benamira de mis recuerdos. Gentes con una personalidad tan definida que cada uno era una institución. Gente abierta y fanfarrona, trabajadora y festiva. Tanto que los pueblos limítrofes no perdían ocasión para acercarse aquí a pasar un día, una tarde, una noche de fiesta memorable. poco fuimos a visitar a mi tía Elvira a la residencia de Medinaceli y formamos tertulia con algunas residentes: Eugenia, de Esteras; una señora de Beltejar y otra de Arcos de Jalón, sobrina de la Adela de la Estación.
En un momento dado, hablando de la tierra y de nuestros pueblos, les dije, por chincharlas un poco, que los más jaques, juerguistas y fanfarrones fueron siempre los de Benamira. Y, ante mi sorpresa, se mostraron de acuerdo. del Benamira de las besanas largas como primaveras. de los caminos de herradura y motor a sangre. de los pastores orgullosos de sus rebaños de herrajes bien templados. cantar de la pelota hiriendo el frontón en las tardes domingueras. de la ronda en la calle, jaleada con palmas por los enamorados. de las miras siempre altas, no queriendo para sus hijos las condiciones de vida que el momento ofrecía. inconformismo le hizo chocar contra su propia incongruencia.
Pues incongruente fue buscar otros horizontes más generosos, más seguros, que dieran a los jóvenes unos medios de vida suficientes y un trabajo más cómodo, al tiempo que se procuraba un futuro para el pueblo, sustituyendo lo rústico por la mecanización del campo cuando ya no había solución. objetivos legítimos y dignos de encomio los dos, bien es verdad, y los dos cumplidos: los jóvenes nos marchamos todos sin quedar uno y los mayores consiguieron, removiendo Roma con Santiago, arrinconar el arado, la horca y el trillo para dar paso al tractor y la cosechadora.
¿quién lo había de continuar? había quién. chavales que conmigo probaron la dureza del campo en las ovejas. Aquellas mozas que pasaban el verano enmascaradas por eras y caminos, porque el moreno campesino no estaba bien visto, ya se habían ganado un puesto en la ciudad. estas gentes del pasado más próximo que he evocado con mis palabras quiero dedicar la alegría, el humor y la camaradería de estas fiestas.
Porque fueron las generaciones del cambio, del vivir azaroso, de la angustia y la incertidumbre... hagamos de estos festejos un homenaje para ellos. los que viven en el recuerdo; para los que ocupan un lugar permanente en nuestro pensamiento formando parte de nuestras vidas, sean estas fiestas un acto de reconocimiento... para los que aún podemos estrecharnos las manos, seguid mi consejo que dice así: verme tal cual soy. mi circunstancia gozar de la estancia fiestas, que se da hoy. el nudo y me desnudo aquesto que traigo puesto: mi cargo, de mi oficio, pérdidas, beneficios, Don o Señor de Tal. las prisas, malas leches, risas, de sandeces. pasar del madrugón, del no llego, maldecir, del atasco. decían los abuelos, ¡haría falta un bardasco! no aquel infelice , sin más luces ni miras, fuego allá en Saelices llega hasta Benamira. como es el pueblo, , sin más alardes; , como el agua clara; , como es la madre. fundidas nuestras almas por cosas ciertas, ¡Cargad pilas hasta el alba!
¡Vivid a tope las fiestas¡ ¡Vaya por ellos y vaya por nosotros! ¡Felices fiestas a todos¡