Monasterio de Santa María de Huerta
Lugares cercanos a Benamira
Nueve siglos de historia junto al Jalón
El monasterio de Santa María la Real de Huerta debe su origen a una promesa: la que hizo el rey Alfonso VII durante el cerco de Coria de fundar un monasterio si la empresa terminaba con éxito. Para cumplirla trajo desde la abadía francesa de Berdoues, en Gascuña, a una comunidad de monjes cistercienses con su abad Rodulfo al frente, que hacia 1144 se instaló en un paraje llamado Cántabos, en el actual término de Fuentelmonge. Aquel primer emplazamiento resultó demasiado seco, y en 1162 la comunidad se trasladó a estas tierras fértiles junto al río Jalón — el mismo río que nace en Benamira — donde el monasterio ha permanecido desde entonces.
El edificio que hoy vemos comenzó a levantarse el 20 de marzo de 1179, cuando Alfonso VIII de Castilla colocó solemnemente la primera piedra. Eran tierras de frontera entre los reinos de Castilla y Aragón, y el monasterio creció deprisa gracias a la protección real y a las donaciones de la nobleza: los poderosos señores de Molina lo eligieron como panteón familiar, y también fueron bienhechores suyos los reyes aragoneses Alfonso II y Pedro II.
San Martín de Finojosa y el arzobispo Jiménez de Rada
Dos nombres marcan la edad dorada del monasterio. El primero es el de San Martín de Finojosa, su cuarto abad, el gran constructor que transformó el primitivo cenobio en un verdadero monasterio cisterciense; llegó a ser nombrado obispo de Sigüenza, pero renunció a la mitra para volver a morir entre sus monjes.
El segundo es su sobrino Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, canciller de Castilla e impulsor de la batalla de las Navas de Tolosa (1212), uno de los personajes más poderosos de la España del siglo XIII. Pese a regir la sede más importante del reino, dispuso en su testamento que lo enterraran aquí, en el monasterio de su familia. Sus restos y los de su tío descansan en sendas urnas de mármol a ambos lados del altar mayor, y en el relicario se conserva la pequeña imagen románica de la Virgen que, según la tradición, Jiménez de Rada llevaba en el arzón de su montura en las Navas de Tolosa.
La iglesia
La iglesia abacial es un magnífico ejemplo de la austeridad del Císter: tres naves, crucero y cinco capillas absidiales — la central semicircular y las otras cuatro rectangulares —, con muros desnudos reforzados por grandes contrafuertes. Se empezó por el ábside y quedó prácticamente terminada a comienzos del siglo XIII; las bóvedas de la nave central se rehicieron en 1632, y en el siglo XVIII se añadió la monumental reja que separa la clausura de la zona parroquial.
Preside la capilla mayor un gran retablo barroco realizado en 1766 por Félix Malo, de Calatayud. A sus lados, las urnas de mármol con los restos de Jiménez de Rada y de San Martín de Finojosa, y en los muros del presbiterio, grandes pinturas murales que evocan la batalla de las Navas de Tolosa. En el crucero se encuentran además los sepulcros de los duques de Medinaceli — cuya vinculación con estas tierras conoce bien quien haya leído la historia de Benamira — y dos sepulcros románicos de la familia Finojosa. El coro alto conserva una excelente sillería de nogal del siglo XVI.
El refectorio, la joya del monasterio
En el muro norte se halla la fachada del refectorio, del siglo XII, que presenta un frontón con rosetón y una puerta con arquivolta muy parecida a la puerta principal de la iglesia.
El refectorio es la obra maestra del monasterio. Se empezó a construir en 1215 a expensas de Martín Nuño de Finojosa, sobrino del abad Finojosa.
Se trata de una gran nave con bóvedas sexpartitas y con bellos ventanales de arco apuntado que proporcionan mucha luz a la estancia. En uno de los muros se construyó la escalera embutida en la pared, cubierta por bóveda en rampa, que da acceso a la tribuna o púlpito desde el que un monje leía a sus compañeros algún libro piadoso mientras comían.
El historiador español de arte Vicente Lampérez y Romea asegura que se trata del ejemplar más bello y amplio de todos los conocidos en España y que puede muy bien competir con los más hermosos de la Europa monástica. El historiador francés Elie Lambert hace unas declaraciones semejantes.
Este refectorio se comunica con una monumental cocina que tiene en el centro un inmenso hogar cuadrado, apoyado en cuatro arcos apuntados, interesantísimo ejemplar de tipo español.
Los claustros
Desde la iglesia se pasa al claustro de los Caballeros, del siglo XIII, llamado así porque en él recibieron sepultura familias de la nobleza y personajes ilustres, entre ellos los señores de Molina en su panteón. Es un ejemplo espléndido de claustro gótico cisterciense: sobrio, luminoso y de proporciones perfectas.
Sobre él se levantó en el siglo XVI (1533-1547) el claustro alto, de estilo plateresco, al que se sube por una magnífica escalera de honor construida hacia 1600. Sus galerías, de arcos rebajados y balaustres, están decoradas con medallones que dan nombre a cada una: la galería de Reyes, la de Apóstoles, la de Adalides y la de Profetas. Desde el claustro alto se accede a la antigua biblioteca, que llegó a guardar unos cuatro mil volúmenes, muchos de los cuales se conservan hoy en la Biblioteca Pública de Soria.
Un segundo claustro, el de la Hospedería, se construyó hacia 1582 en estilo herreriano; una de sus alas alojaba a los peregrinos que hacían el Camino de Santiago. Junto a él se conservan la cilla y el refectorio de conversos, de finales del siglo XII.
Decadencia y renacer
Con la Desamortización de 1833 los monjes fueron expulsados y el monasterio quedó reducido a iglesia parroquial. De la ruina total lo salvó Enrique de Aguilera y Gamboa, marqués de Cerralbo, que estudió e inventarió el monumento y difundió su historia; gracias en buena parte a su labor, en 1882 fue declarado Monumento Nacional, una de las primeras declaraciones de España. El siglo XX también dejó aquí su página más sombría: en 1939, tras la Guerra Civil, el recinto llegó a utilizarse durante unos meses como campo de prisioneros.
Desde 1930 habita de nuevo el monasterio una comunidad de monjes cistercienses, que mantiene viva la regla de San Bernardo entre estos muros. El monasterio puede visitarse; los horarios y tarifas actualizados están en su web oficial.
Fotografías: Jl FilpoC y Diego Delso (delso.photo), publicadas bajo licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.